jueves, 22 de septiembre de 2016

Equinoccio de otoño


Hemos llegado al equinoccio de otoño, la jornada en la que la noche y el día se igualan en duración, en el tránsito del verano al otoño. Ya estamos en una nueva estación.


Sigue haciendo calor, aunque las noches sean más frescas. El verano parece que se resiste a marchar, en estos días. El tiempo, no obstante, inexorable, nos llevará a una temporada diferente.


Es momento de cosecha, de almacenar los frutos que nos ha dado la naturaleza. Desde hace siglos, el día de hoy es propicio para agradecer a la madre Tierra que nos haya regalado el sustento para los días de frío que, a no mucho tardar, llegarán. Los viejos paganos celebraban esta fecha con agradecimiento a la Naturaleza, por la riqueza cosechada. Que empiece su descanso y nos proteja.

martes, 20 de septiembre de 2016

Ana Santos Enríquez, en el recuerdo


Mi suegro, Miguel Santos, tenía una hermana, una única hermana, Ana (de ahí el nombre de mi esposa). Ana Santos Enríquez vivía en el País Vasco, por eso hemos hecho varias visitas a esta comunidad en los últimos años. La primera vez que hablé con ella fue con motivo del viaje que hicimos a Lasarte-Oria, cuando la Federación de Casas de Andalucía en Euskadi dedicó su encuentro anual a Palma del Río. Fue en 2003, en un momento en que el ambiente en el País Vasco era muy diferente del actual, debido a la violencia política y el terrorismo. Mi cuñado Miguel me pidió que buscase a su "madrina", aunque no hizo falta, pues ella, con su marido, algunas hijas y yernos, fue en busca del alcalde y otros miembros de la delegación palmeña, y nos saludó, como hicieron otros palmeños emigrados, con mucho afecto.


Ana Santos emigró, como muchos palmeños y andaluces, para buscar el sustento fuera de nuestra tierra. Familiares míos directos e indirectos también han tenido que asentarse en otras tierras (Madrid, Barcelona, Extremadura...) e incluso algún tío mío probó suerte en el País Vasco en los años 60 o 70. Varios palmeños recalaron allí y allí siguen algunos viviendo, otros han vuelto ya mayores. Una de las hijas de Ana, Mª Ángeles, se fue a Gipuzkoa a trabajar, y luego, tras encontrar empleo, arrastró al resto de la familia. Ana estaba casada con Antonio Ruiz, que falleció hace algunos años. Y tenía tres hijas: Mª Ángeles ("Marian", casada con Antxon), Lolita (casada con Jose Mari) y Mari Carmen ("Mentxu", que estuvo casada con Emilio). También varios nietos (Gema, casada con Gerardo; Javier, pareja de Anna; Jorge, casado con Jaione; Silvia, pareja de Julio; Sara y Sergio) y algunos biznietos (Uxue y Naiara, de Gema y Gerardo), que hemos conocido en nuestros viajes, además de asistir a la boda de dos de los nietos (Gema y Jorge). En  nuestros encuentros siempre han sido muy cariñosos con nosotros, la familia andaluza, de la que ha presumido Ana entre sus amistades, cuando hemos estado allí. Siempre estuvo muy unida a su hermano, Miguel, pese a la distancia, pues su madre murió de pequeños y se criaron juntos con su abuela, y eso hizo que sus lazos fuesen mucho más fuertes. Cada semana hablaban por teléfono, como si viviesen uno al lado del otro.


Mi relación con Ana Santos Enríquez viene de lejos, sin saberlo hasta no hace mucho. Ana fue ayudante de Julia Pintor López, la maestra teresiana que tenía su escuela en la Calle Cigüela, en una casa donde tenía también mi tío Manolito su barbería. Ayudaba al aprendizaje de algunas materias, junto a otras chicas jóvenes. En esta escuela estuvieron mis hermanos Sole y Pepe. Cuando le presenté mi actual mujer a éste todavía se acordaba de su padre, "Santos el cartero", y de "Anita Santos", la que le dio clases. Entonces contó una anécdota. Según él recordaba, Anita (como la llama cariñosamente) tenía, en los tiempos de la escuela, un hermano que había estado en la División Azul. Entonces Anamari, mi mujer, le aclaró que no tenía más hermanos, solo Miguel, y éste no estuvo en Rusia, sino en la Guerra Civil, como combatiente del bando republicano. Pasado algún tiempo le preguntamos a "Anita", y, tras sonreír, nos dijo que lo que recordaba mi hermano era cuando les sorprendieron a varias jóvenes en la escuela con unas cartas que habían escrito a "unos amigos" (o novios) que se habían alistado. Como no querían que se enteraran de la verdad, porque eran casi niñas, lo que dijo ella es que era una carta para su hermano. Y el mío, durante muchos años, se ha creído la mentirijilla que dijeron para que no se escandalizasen, al descubrir las cartas "románticas". En Lasarte-Oria, en 2003, cuando la vi por primera vez, todavía se acordaba de mis hermanos. Así era el cariño que también les tuvo.


Ana Santos Enríquez falleció el viernes 16 pasado con 91 años. Había resistido las embestidas del cáncer y seguía siendo muy activa, incluso después de morir su esposo. Era de aspecto menudo, pero enérgica y resuelta. Aunque la edad no perdona, y en los últimos tiempos tuvo que ser ingresada en una residencia. Cuando hemos visitado Euskadi, Ana nos ha prestado su piso de Lasarte, compartiendo alguna vez morada con su gato Bolita, al que le dediqué una entrada cuando murió.


Siempre nos decía que estaba encantada de tener a su familia palmeña con ella. Y sus hijas y parientes también nos han demostrado siempre la alegría del encuentro familiar. Mi mujer dice que no pongo ninguna pega cuando se trata de ir al País Vasco, un territorio que me gusta, con unas gentes estupendas, a las que ellos nos han ayudado a conocer y a gozar de sus virtudes. Solo este año no tuvimos disponible su piso, ya que estaba alquilado, al ir varios de los miembros de su familia en nuestras vacaciones. Afortunadamente hemos podido tenerle cerca, aunque sea por última vez, ya postrada en su silla de ruedas, por la enfermedad neuronal que padecía y que se la iba a llevar. Al estar con ella, tal vez sin reconocernos, volvió a sonreír, como hacía siempre que nos veía. La sangre tira más que la enfermedad.


Su figura pequeña, pero de gran corazón. Su voz amable, con una mezcla entre el acento vasco y el palmeño, que nunca perdió, siempre quedará en nuestros recuerdos. Luchó mucho por su familia y pudo disfrutar muchos años de ella también. Se integró en la sociedad que le acogió, pero nunca olvidó sus raíces andaluzas y palmeñas. Su afecto, compartido por sus familiares más cercanos, no lo podremos olvidar. Descanse en paz.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La exposición de El Bosco, en el Museo del Padro


El Bosco era para mí, de niño, un pintor enigmático e inquietante. Las reproducciones de cuadros suyos, en libros, o como cromos coleccionables de álbumes, como El Jardín de las Delicias, pero, sobre todo otros, como La extracción de la piedra de la locura, con sus objetos ridículos, o Cristo con la cruz a cuestas, con sus rostros grotescos, caricaturescos y malvados, además de presentar anacronismos en la indumentaria, me hacían pensar en lo enrevesado que podía ser el espíritu de un pintor.


Fue más tarde, con la contemplación de obras de arte, y especialmente en COU, en el instituto, cuando conocí la pintura flamenca y me empezó a subyugar El Bosco. Una pintura detallista, hermosa, y a la vez creadora de un mundo aparentemente real, pero imaginario muchas veces. A Jheronimus van Aken, conocido como El Bosco, nos lo presentaron como un pintor imaginativo, creador de mundos sobrenaturales y de animales y seres humanos monstruosos, que usaba para enseñar un mensaje moral, en un momento en que la Edad Media sufre una gran crisis y la decadencia.


Su habilidad técnica es magistral. Su universo de figuras inagotable. Un vivero donde sembrar las semillas que crecerían a modo de estilos modernos, como el Surrealismo, muy posteriores a su época. El Bosco no es el artista que nos muestra su medio ambiente con motivo de las obras encargadas o por inspiración espontánea. Es el gran fabulador de imágenes, el creador nato de mundos y personajes sorprendentes, sin sujeción a los cánones imperantes en el mundo artístico, a pesar de estar plenamente integrado en el estilo flamenco de la pintura. Un pintor que creó escuela y un adelantado de su tiempo.


Este año se cumple el 500 aniversario de su muerte y el Museo del Prado, que ya dispone de varias obras suyas en la exposición permanente, ha organizado una exposición temporal, en el seno de una serie de actos conmemorativos. El sábado 10 estuvimos allí, sacando con bastante tiempo la entrada por internet, ya que la muestra finalizaba el 11 de septiembre, pero el éxito de público obtenido ha obligado a su prórroga hasta el 25. Un éxito que pudimos comprobar por el elevado número de personas de diferentes nacionalidades que nos dimo cita allí. Ese fue el único defecto que vimos: fuimos muchos los que entramos en cada turno, dificultando la visión de las obras, por tener que amontonarnos delante de cada una de ellas, algunas veces hasta con codazos y empujones.


Mereció la pena, pues además de volver a ver las obras ya expuestas en las salas del Museo de forma permanente, pudimos ver otras de otras pinacotecas, además de estudios de su producción, grabados, bocetos y pinturas salidas de su taller y de otros autores influenciados por el artista. Para terminar nos relajamos en la videoinstalación "El jardín infinito", que completó nuestra visita, para luego volver a las salas permanentes del Prado, una oportunidad más para disfrutar de la riqueza artística allí atesorada.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La cena de los idiotas


Ya sabéis que me gusta el teatro. Asisto a muchas representaciones, incluyo en el blog las críticas de las obras que presencio, e incluso he participado como alumno en cursos y como actor en algunas representaciones. Por eso, otra de las actividades que frecuento cuando visito Madrid es la de ir al teatro, ya sea un musical u otro tipo de obras. Este fin de semana pasado hemos estado en la capital de España, y, además de visitar museos (el motivo del viaje era ver la Exposición sobre el V Centenario de El Bosco, en el Museo del Prado), hemos estado en un teatro, en plena Gran Vía. La obra que vimos fue "La cena de los idiotas", de Francis Veber. 


Es ésta una obra de humor, con mensaje, pero sin cargar las tintas. En ella se cuenta la historia de unos amigos que se reúnen una vez en semana para cenar, y para divertirse tienen que traer cada uno de los comensales un invitado nuevo, un idiota del que reírse sin piedad. El que lleve el más idiota gana el concurso. Un famoso editor queda en su casa con el invitado "especial", un funcionario del Ministerio de Hacienda que se dedica a hacer maquetas con cerillas. El editor tiene lumbalgia y decide suspender la cena, pero todo se complica, porque la mujer se marcha y llama para comunicar que abandona al editor. El idiota decide ayudar. A partir de esto, todo se complica. Y, en definitiva, no llegamos a saber quién es más idiota de todos.


La obra, de 1993, tuvo una versión cinematográfica dirigida por el propio autor. Y en 2010 se realizó la versión americana del film.  Como obra teatral ha sido muy representada, también en España, con diverso elenco. Nosotros vimos la versión de Josema Yuste (el de Martes y Trece), interpretada por Ramón Langa (la conocida voz del doblaje de  Bruce Willis), Agustín Jiménez (el idiota), Santiago Urrialde (el inspector de Hacienda), Manu Badenes (el amigo de editor, al que le quitó la novia), Esperanza Lemos (la mujer del editor) y Natalia Ruiz (una amiga "ninfómana" y amante del esoterismo).


Nos lo pasamos muy bien, sobre todo teniendo en cuenta que dura una hora y tres cuartos, y no llegamos a mirar la hora (no se nos hizo larga precisamente), a pesar de estar en la primera fila (el teatro estaba lleno). No me sorprende que lleven siete temporadas en cartel. No siempre hay que ver obras vanguardistas o sesudas, donde se mezclen géneros o muchos medios técnicos. Con una presentación tradicional y con una obra de texto, bien interpretada, podemos pasar un buen rato. 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Sin tráfico en Madrid


No me he podido resistir. Tenía que publicar la foto que hice ayer a la salida del Museo Thyssen-Bornemisza. Era las tres de la tarde y no había tráfico alrededor de la fuente de Neptuno. Un lugar habitualmente lleno de tráfico, tanto rodado como humano, estaba así de vacío. El calor, claro, pensaremos. También por supuesto. Pero el vallado da una idea. Estaba toda la zona cortada al tráfico pues la última etapa de la Vuelta Ciclista a España 2016 pasaba por allí. Por allí y por el Paseo del Prado, la Gran Vía, Callao, Recoletos, Alcalá  y Cibeles. Justo donde nosotros nos movimos principalmente el fin de semana y donde teníamos el alojamiento, hasta ayer mismo. Para colmo la línea de metro que nos llevaría a la estación estaba cortada. Menos mal que hay cercanías de ferrocarril y pudimos llegar a tiempo a Atocha a coger nuestro tren de vuelta a casa. 


Además hubo otras pruebas en el mismo circuito, que obligaron a cerrarlo desde la madrugada: la Vuelta Junior, la Marcha de la Vuelta y la Madrid Challenge by la Vuelta (Carrera femenina). Después de comer pude hacer alguna foto de la prueba femenina. Buen colofón para la visita a Madrid.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La cabina telefónica


Había una película de medio metraje que se llamaba La cabina. Fue estrenada en TVE en 1972. Todo un fenómeno social. Recuerdo que en el colegio, mi compañero de pupitre me preguntó si "había visto la `gabina´" (así la llamaba él) porque estaban como asustados en su casa. Impactante. Trataba de un señor que se quedaba encerrado en una cabina de teléfonos, y todo lo que le sucedía después: agobios, miedos, incomprensión... Llegó a ser premiada y hasta censurada, porque alguien la entendió como una crítica al régimen de Franco. Y fue tan relevante que durante un tiempo mucha gente sintió miedo al entrar en una cabina telefónica callejera. Pero ésta no es la única anécdota que puedo contar sobre las cabinas telefónicas.


Yo usaba cabinas sobre todo, cuando era estudiante en Córdoba y tenia una amiga muy especial a la que no podía ver todos los días por motivos académicos. Buscaba entonces una cabina, bien pertrechado de monedas, para pelar la pava a distancia. Veía cómo el artilugio se tragaba inmisericorde las monedas, mientras pasaba el tiempo. Y muchas veces tenía que hacer cola y esperar, como otros esperaban, para entrar en el locutorio. Uno de ellos, una vez, me miró con cara de pocos amigos, mientras yo estaba dentro, así que tuve que cortar la conversación. Al salir me dijo, malhumorado, que las cabinas estaban para una urgencia no para eso (se supone que se había dado cuenta de que estaba ligando).


Mi sobrino Roberto, de niño, cuando aprendía a hablar, llamaba "feno" al teléfono. Algo que me hacía gracia. Una vez, al acercarnos a la cabina que había en la plaza del ayuntamiento, le pregunté que qué era eso. Se quedó mirando y pensando, y dijo "fónica". Evidentemente distinguía un teléfono de una cabina, aunque lo expresase a su manera.


Las cabinas españolas son diferentes de las rojas británicas, tan populares, pero no menos interesantes. De aluminio, con cristales (muchas veces usados comos soporte publicitario) y techadas, y con puertas, para protegerse del frío y la lluvia y facilitar intimidad de la conversación. Hoy casi son innecesarias por la generalización del uso del teléfono móvil. ¿Quién necesita un teléfono fijo cuando tenemos muchos móviles? ¿Quién quiere intimidad, si con el móvil nos movemos al hablar (¿nadie se ha preguntado por qué nos ponemos muchas veces de pie para contestar una llamada?) y además lo hacen muchos a voz en grito, como si quisiésemos que todo el mundo se enterase de qué hablamos?


En los últimos tiempos estaban siendo sustituidas por una especie de postes, con el aparato colgado a uno o ambos lados (hasta lo hay para minusválidos). Con un liviano techo y tablero, y a lo sumo algún cristal a ambos lados. Es raro ver una verdadera cabina, con cuatro lados cerrados, con puertas. Y parece que van a desaparecer , cuando termine este año, de nuestro paisaje urbano.


En uno de mis paseos matutinos de las vacaciones me he parado junto a una cabina telefónica, la única que he visto en mucho tiempo de este tipo en Palma del Río. Dañada por el vandalismo, como pasa en todas partes, para hacer puntería o sisar las monedas. Sin puerta. Tal vez olvidada. No sé cuánto durará, si se quedará como un resto arqueológico en nuestras calles. Por si acaso la retiran, según los planes, queda aquí su imagen para el recuerdo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

La primera calculadora que compré y usé


En busca de una cosa que no viene a cuento ahora mencionar, me encontré con mi vieja calculadora de bolsillo. La primera calculadora la compré en el viaje de fin de curso de octavo de EGB, mientras estudiaba en el Colegio San Sebastián, cuando fuimos a Ceuta. La mayoría se compró otros aparatos, debido a que entonces eran más baratos que en la península, debido a su diferente régimen fiscal. Por ejemplo, walkie talkies, con los que estuvimos dando la tabarra en el hotel de Algeciras, donde pernoctamos, tras el viaje al continente africano. Yo preferí algo más útil, en teoría. Luego he tenido otras calculadoras más completas (aunque sin llegar a calculadoras científicas, pues me incliné a estudiar letras) y otras que se hicieron necesarias cuando introdujeron el euro, para hacer las correspondencias de precios entre pesetas y la nueva moneda. Me serví de ésta los primeros años. 

Tenía (o, más bien, tiene) pocas funciones: sumar, restar, multiplicar, dividir, calcular tantos por ciento y raíces cuadradas, cambiar de positivo a negativo, y memoria. Es un modelo de bolsillo relativamente moderno para ser de finales de los 70 (la excursión la hicimos el verano de 1976). Dispone de una pantalla o display fluorescente de vacío color verde, no pantalla LCD o LED como las más modernas, un tipo de pantalla que se dejó de usar por gastar demasiada energía. Tiene las correspondientes teclas y una llave para encendido y apagado, además de una toma para adaptador de corriente alternativo, ya que se alimenta con dos pilas de 1.5 voltios. Venía con instrucciones (en inglés) y funda negra.

La marca era Logitech, pero no de la empresa suiza fundada en 1981, dedicada a componentes informáticos, que conocemos. Posiblemente fuese una empresa de Taiwan, como he visto en otras calculadoras antiguas. No tiene el rótulo que indica donde fue fabricada.


Está algo desgastada la carcasa, por su uso. Le he puesto pilas, y... ¡oh! todavía funciona (aunque defectuosamente). Al menos he sentido alegría al ver los números luminosos de color verde en su pantalla. Me ha traído un montón de recuerdos al haberla encontrado. 

viernes, 2 de septiembre de 2016

La foto del viernes: investidura fallida


-¿Tiene usted algunos esshhcaños para prestarme? Es que no me salen las cuentassshhh...

-Oiga, a mí no me mire, que yo no pinto nada en esta ceremonia. Que soy el ujier.

-Es que no me quieren, solo Albert. Pedro no me da sus votossshhh, ni el PNV, ni los catalanessshhh, ni los otros canariossshhh...

-Pues haberse trabajado el pacto.

-Si lo he hecho. Hemossshhh presionado a Sánchez hasta la extenuación. Mire cómo me ha ayudado Rafa Hernando, con cuanta "diplomacia", qué derroche de "humildad y flexibilidad".

-Presionando no se hacen amigos, presidente (en funciones).

-Pero ¿ussshhhted me votaría?

-¿Se acuerda que fue usted el que me congeló el sueldo? El lunes, además, mi hija, que estaba en los hoteles, se quedó otra vez en paro. Y... ya le he dicho que yo soy el ujier. Son los otros los que votan. Y hasta Rivera ya ha dicho que lo suyo se acaba hoy.

-¿Cómo? ¿Que Albert ya prefiere a otro?

-Eso parece. Ya estuvo antes con Sánchez y ustedes votaron en contra, así que lo dejaron. Y a usted no le ha prometido amor eterno, hombre.

(Silencio....)

-Mariano, sé fuerte.


miércoles, 31 de agosto de 2016

El pick up, nuestro primer tocadiscos.


Vivimos en un mundo donde la tecnología nos asombra cada día con nuevos aparatos que nos permiten ver imágenes, oír sonidos o leer textos en cualquier lugar, ya sea en directo o grabadas, llevando esos contenidos con nosotros o en el lugar que queramos. Los teléfonos se han convertido en pequeños ordenadores personales que nos facilitan la comunicación, además de disponer de documentos de todo tipo (gráficos, sonoros, etc). Y, por supuesto, nos permiten graban imágenes como fotografía o vídeo, además de reproducirlas. Por eso no es raro ver a personas escuchando su programa de radio preferido o un tema musical con su teléfono móvil. Esto ha cambiado desde hace unos pocos años a esta parte, a una velocidad de vértigo, que no deja de asombrarnos.

Por eso he sentido un pellizco al volver a ver el viejo tocadiscos que teníamos en casa. Mi padre lo compró, cuando era niño. Es del modelo "Philips all transistor", de los años 60. Un modelo compacto y transportable, que en aquellos tiempos se usó mucho en los guateques, y se lo conocía como "Pick up", o "picú", como lo llamaban muchos jóvenes de aquella época. El que se guardase como una caja de zapatos hacía fácil llevarlo de un lugar a otro, para escuchar los discos, y porque estaba alimentado a pilas. Era monoaural, es decir, el sonido iba por un solo canal (todavía no era estereofónico).

En la tapa de la caja estaba el altavoz, y tenía unas pestañas donde se enrollaba el cable que conectaba el altavoz con el plato giradiscos, que estaba en la otra parte de la caja. En esta otra zona había un brazo con la aguja y el plato donde se insertaba el disco de vinilo. Disponía de un eje y un adaptador de plástico, que nosotros llamábamos el quesito, por su forma parecida a un pequeño queso, que servía para usarlo con los discos sencillos, los que tenían uno o dos temas, según tuviese una o dos caras grabadas el disco.


Además tenía una palanca para adaptar la velocidad de reproducción a la que presentaba el disco correspondiente (45 revoluciones por minuto los sencillos o 33 los LPs, los larga duración, aunque éste tenía también otra velocidad para otros discos que pronto dejaron de usarse). Y un potenciómetro en forma de rueda con el que ajustar el volumen.

Mi padre nos compró unos discos de cuentos (recuerdo el de Mary Poppins, como uno de los primeros), como primeras adquisiciones. También con canciones infantiles. Y él lo usaba mucho para disfrutar de su colección de zarzuelas y otras obras. Más tarde, cuando le cogimos el gusto a la música moderna, mi hermano Roberto, el manitas de la electricidad, le hizo unos arreglos, como una entrada para adaptador de corriente, o la instalación de un transformador interno con el que conectar directamente a la red. También le colocó una salida para conectarlo a uno de los amplificadores que fabricaba y, así, obtener más potencia de sonido. Durante años ese fue el plato que usábamos en casa, hasta que me compré el equipo modular de música que todavía tengo, ya equipado con CD, con lo que el plato nuevo casi no lo he usado. Algo ya anticuado por el avance de las nuevas tecnologías. 

Ha merecido la pena, sin embargo de estar ya ajado por los años, desempolvar el viejo picú, el tocadiscos que nos permitió disfrutar de mi primara colección de discos.

martes, 30 de agosto de 2016

Adiós, Gene Wilder. Adiós doctor Fronkenstin


Gene Wilder no será recordado como un actor de primera categoría, pero ha protagonizado divertidísimas comedias que todos recordamos (Los productores, No me chilles, que no te veo, Willy Wonka y la fábrica de Chocolate, La mujer de rojo...). La que recuerdo con más cariño es El jovencito Frankenstein, una de las que dirigió Mel Brooks. Esta parodia del cine de terror, del conocido personaje de Mary Schelley, rodada en blanco y negro, en 1974, me encantó cuando la vi en el cine San Miguel, de Palma, además de hacerme reír muchas veces. En ella participó, además de un largo reparto de comediantes, otro cómico ya fallecido anteriormente, Marty Feldman, que hacía de Igor, el sirviente jorobado del castillo del científico loco abuelo del protagonista (interpretado por Wilder). Feldman, con su característica mirada de ojos exageradamente saltones, es el contrapunto perfecto para el médico que quiere olvidar el pasado familiar, aunque termine enredado en las mismas aventuras, pero con tono cómico, en lugar de terror. Esta escena donde Wilder se presenta como Frederick Frankenstein, en lugar de Frankenstein, y da lugar a un divertido diálogo, es una de las más destacables de la película. Veámosla como homenaje a Wilder por su reciente fallecimiento. Descanse en paz Doctor Fronkenstin.