Menudo lío de cosas tengo encima de la mesa, en casa y en el trabajo. Es costumbre de un servidor amontonar libros, revistas, carpetas, llaves, bolígrafos, calculadora, sobres, publicidad, blocs, lápices, libretas, fotografías, múltiples objetos y herramientas. A menudo tengo que “hacer limpieza” para poder encontrar algo. Algunas veces, cuando ordeno los habitantes involuntarios de mis mesas de trabajo, encuentro algunas cosas que son como hallazgos arqueológicos que maravillan a su descubridor. Menudo potaje.
Y eso es lo que me pasa hoy, que se mezclan objetos y obligaciones, tanto en casa como en mis quehaceres profesionales, hasta viajando. Como un gran potaje de diferentes ingredientes. No es para menos. Hasta la conciliación de la vida familiar y laboral es una exigencia para un hombre. Un hombre acostumbrado a las labores domésticas desde hace años, cuando vivía solo. Y que continúo ejerciendo también en la actualidad, tras el cambio de estado civil.
Volver del viaje fue el preludio de la recogida de la colada, ya seca, en la azotea. E inmediatamente, antes de repasar el correo y el estado de la red, a disponer el almuerzo de mañana. ¿Qué mejor en este estado que preparar un potaje?. Un guiso al estilo que aprendí en mi casa.
Para seguir leyendo visita La isla tuerta.
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