Cuando escribí sobre el
Bar
El Latero, hice una pequeña inmersión en la calle Feria. Lo
mismo ocurrió cuando hablé de la famosa casa de Rosa
Liñán, o con la evocación
de la calle
San Sebastián, cuando
recordé el bar El zapaterillo.
Hoy, en la primera parte de este artículo, aporto algunas
impresiones más sobre esta importantísima calle palmeña en tiempos
de mi infancia.
Como
sabéis, viví en la calle José de Mora hasta febrero de 1981. De
niño, salir a la calle Feria (entonces, oficialmente, calle José
Antonio Primo de Rivera, aunque pocos la llamaban así) implicaba
pasar por “la esquina”, es decir el Bar de Manuel Lopera, el de
“los novios”, que hacía esquina por la derecha con mi calle, y
donde tomaba mi padre el aperitivo de medio día, y al que iba más
de una vez a buscarle, porque había algún aviso que atender, como
practicante. Este bar cerró bastante tiempo después de morir Manolo
y fue regentado en los últimos tiempos por uno de sus hijos, “el
chico”, que además fue jugador de los primeros equipos de
balonmano del ARS Club. El establecimiento ocupaba la primera planta
del edificio, siendo la vivienda la segunda planta, que sigue
ocupando Conchita Dugo, la viuda de Manolo. Frente al bar daba la
casa de Rosa Liñán, que al ser demolida dejó paso luego a la
llamada, por el pueblo, “casa blanca” (con cierta guasa), por
estar hecha su fachada de ladrillo visto de ese color.
Al
lado del antiguo bar, siguiendo por la derecha, encontrábamos y
encontramos aún, la casa de Godoy el sastre, hijo de
un primo de mi padre que tuvo también su sastrería en la acera de
enfrente, más cerca de la calle Barbera (entonces Teniente Molero,
como explico después). Recuerdo que este sastre, siendo ya muy
mayor, nos hizo unos pantalones a medida, a la antigua usanza, para
mi hermano Roberto y para mí, de lana, de la de aquella época, que
picaba horrores. Con él vivía una hija, creo, que era manca, tara
que tenía de nacimiento, al no haberse desarrollado correctamente un
brazo. La casa del sastre hijo, la siguiente al bar Los novios, forma
parte del mismo conjunto arquitectónico, conocido como la Casa
del Inquisidor.
Tiene un patio, protegido por el PGOU, que
comparte con la casa del bar. El patio, formado por doble arcada, en
dos plantas, como vemos en las fotografías, es de similares
características a otros patios de otras casas, con las que, seguro,
compartió estructura: la casa que fuera de Luis Rosa, casado
con María Jerez, que lindaba con el bar por la calle José de Mora,
y mi antigua casa. Cuando derribaron la casa de Luis Rosa pude ver
que las arcadas que tenía mi casa continuaban con las que había
allí, por un lado, y por el otro, con las del Bar y su vivienda.
Avanzando
nos encontramos con la droguería de “Navarrito” (como lo
llamaba mi padre). Es el que aparece en el centro de esta foto,
sirviendo de una jarra, y donde están mi suegro, a la izquierda,
Juan José, el zapatero, a su lado, y luego en sentido inverso, a la
derecha, Almenara, que trabajaba en la imprenta Higueras, de la que
hablaré en el próximo post, Salvador Caamaño, Agustín el otro
zapatero, y Manolo, el latero. La droguería fue fundada en 1951,
como indica el azulejo de la entrada y está regentada hoy por su
hijo Marcos, que la mantiene como uno de los negocios más prósperos
de la ciudad, y por supuesto, de la misma calle Feria, en la que es
un superviviente de honor. Esta droguería, de aspecto abigarrado,
con muchos artículos expuestos en el mostrador, las estanterías del
fondo, las paredes y el suelo del local, sigue conservando el mismo
sabor de antaño, garantía de que allí encontrabas la puntilla, la
pintura, el alambre o la cerradura que estabas buscando. En la
segunda planta vivía la familia, cuya mujer, junto con su hermana,
tenían una tienda de comestibles, en la misma calle, que
conocíamos como “Las Pulías”, feminizando en andaluz el
apellido Pulido, como hacen también los eslavos.
Seguidamente,
en el mismo edificio, propiedad de la familia Nieto (Rafael) y
Cumplido (Carmen) encontrábamos varios locales. Una muestra viva de
la existencia del paraíso terrenal: casa Pineda (“ca Pineda”),
de un hombre que me recordaba físicamente al actor que interpretaba
el maestro de la serie de TVE Crónicas de un pueblo. Aunque
también tuviera ayudantes, casi siempre niños, como Carlos, el
escayolista. Era una accesoria pequeñita, también repleta de
juguetes, chucherías (chicles, pipas, caramelos...), tebeos,
revistas, y todo tipo de artículos con los que soñaba jugar en mi
niñez: los típicos indios y vaqueros, casi siempre de plástico de
un solo color, pues los policromados eran más caros; coches de
juguete, camiones, grúas, barcos, guerreros medievales, caballos,
vacas, motos...un verdadero placer para los sentidos de un niño, y
un local temido por mis padres, ya que todos los días intentaba
sacarles una perra gorda, luego 50 céntimos y posteriormente una
peseta o un duro (los menos casos, claro) para gastarlos allí con el
juego más novedoso que tuvieran. Cuando Pineda falleció otras
personas mantuvieron vivo el establecimiento, hasta que lo cerraron
un día para que Vicente, nieto de Rafael y Carmen, pusiese una
tienda relacionada con los aparatos eléctricos, de efímera vida.
Le
seguía Tejidos “El barato”. Un comercio que contaba,
además de los ventanales, con escaparate en la acera de
enfrente, donde hicieron una vez los “Garrapato teatro” una obra
polémica, durante la Feria de Teatro, en la que se hartaban de
marisco, para escándalo e incomprensión de los viandantes. Allí
trabajó el anterior alcalde palmeño Salvador Blanco (y
también en la Ciudad del Betis) y un personaje que conocíamos de
muy joven por “Pepito”, José Victor Rodríguez,
dependiente y escaparatista, que se fue a Sevilla y fundo la firma
Victorio &
Luchino, con su marido José Luis Medina, importantes
artistas de la moda actualmente.
El
último local era la Zapatería El barato, de Pepe Nieto, hijo
de Rafalillo Nieto el del ambigú del cine San Miguel y con
“aguaúcho”
en el Paseo. El último negocio que permaneció abierto en el
edificio. La vivienda estaba en la segunda planta, donde residió
muchos años, ya viuda, Carmen Cumplido la viuda de Rafalillo, madre
de José, Curro, que fue director de CajaSur, Trini, la mujer del
maestro villa Vicente Navarro, y Manuel Nieto Cumplido, canónigo
archivero de la Catedral de Córdoba. Con ella vivió, al morir su
madre, Trini, mi amigo Federico, el actual Decano de la Facultad de
Ciencias del Trabajo de la Universidad de Córdoba.
Ya
haciendo esquina con la calle Coronada (entonces Alférez Reyes)
estaba la casa de Anita Reyes, cuyas traseras daban con el
huerto de mi casa y cuya azotea tenía un ático visible desde allí
también. Su familia se fue a Sevilla y luego la vendieron y está
deshabitada. Tiene esa casa un hermoso patio, muy cuidado hecho con
columnas de hierro, muy al estilo de principios del siglo XX, y
bellamente decorado con motivos andaluces (plantas, panoplias,
cerámica...).
En
la otro esquina siempre conocí el comercio de José Sánchez
Marcos, cuyos herederos, además de mantener este
establecimiento, de estilo moderno, regentaron la fábrica de prendas
de punto Mardy, desde 1955. Ahora lo usa una inmobiliaria.
Luego
estaba la “latería”, con el bar de Manolo. Foto Rueda,
antes de irse a la plaza del ayuntamiento era otro de los negocios
clásicos. Uno de los hijos del fotógrafo estuvo conmigo en el
instituto. Y creo recordar que uno de los hermanos Ceballos
tenía una tienda, haciendo esquina con la calle Ponce, donde, entre
otras cosas, hacían copias de llaves.
Volviendo
por la otra acera estuvo, entrando con la Calle Castelar, la
papelería Guzmán, que regentaba Pardo, un señor muy educado
y atento, al que también compraba algunas cosas, por ejemplo, la
prensa, hasta que cerró. Luego el Bar Espejito, famoso por
sus champiñones a la plancha, en cuyas habitaciones interiores
también nos reuníamos en la clandestinidad (simulando echar un buen
rato de ocio culinario) los miembros de la comisión de cultura de
las juventudes comunistas, allá por los años setenta.
Foto
Onieva era otro de los locales de tradición en esa acera, junto
a la tienda de Confecciones de Pérez Ávalos, donde antes hubo un
supermercado, el primero del que tengo recuerdos, donde
trabajó mi antigua vecina Loli Navarro. Le seguía Calzados “La
alicantina”, en un edificio de factura artística, con ventanas
con frisos y cornisas, que le daban cierto aire clásico.
Luego,
la casa de Francisco Ceballos, donde estuvo la tienda de
electricidad de Lopera y más tarde la oficina de seguros de su hijo
Raúl. En esa vivió la familia Molero, uno de cuyos miembros,
Antonio Molero, murió enfermo, tras ser capturado cuando combatía
en la División Azul. Y el ayuntamiento le honró nombrando a la
cercana Calle Barbera como Teniente Molero. Ahora esta casa es del
arquitecto César Egea, que la restauró, para ser su residencia.
Hubo
después una tienda, frente a la latería, que derribaron siendo niño
e hicieron el bloque donde estuvo el Banco de Andalucía,
antes de trasladarse a la esquina de la Avda de la Paz con Santa Ana.
Luego, haciendo esquina con la calle Barbera, la tienda de Antonio
Ruiz, “El cuco”, la Ciudad del Betis, que luego pasó a manos
de Pepe Tirado. Otro ejemplo de arquitectura con gusto en la calle.
De
pequeño tiraron la casa de la otra esquina e hicieron pisos y un
local, con una tienda de Jorge González, que puso después la bolera
de la calle Barbera, en el bajo del “rascacielos”. Luego fue el
Banco de Santander, una oficina de un consorcio de empleo de la
Junta, la Mancomunidad y los ayuntamientos de la comarca. Y ahora
está sin uso. Y ya nos encontrábamos con la sastrería y la
casa del sastre primo de mi padre, con el escaparate de El barato.
Ahora sustituido por un edificio de reciente construcción.
Seguía
y sigue la casa de la familia Caro Dugo, de bello estilo
popular tradicional, y tintes señoriales. Uno de cuyos hijos,
Francisco, es famoso por dedicarse a las relaciones públicas y ser
una de sus representadas la glamurosa modelo sevillana Nati
Abascal, la viuda del duque de Feria, según hemos visto varias
veces en los programas del corazón en la televisión.
Y
ya, para terminar este recorrido, recordaremos de nuevo la casa de la
maestra Rosarito Rodríguez, en cuya accesoria tenían la
zapatería Agustín y su hermano, Juan José, y en la esquina
con calle San Sebastián, la ya comentada Casa de Rosa Liñán.
Así que, por hoy, haremos un imaginario descanso, volviendo a
la calle José de Mora, número tres, para retomar el periplo
evocador por la calle Fería, ya en dirección a la plaza del
ayuntamiento, en el próximo capítulo.









4 comentarios:
Como te lo curras macho,tengo 35 años y hay locales a los que haces mención que no he conocido,pero leyendo esto he hecho retrospectiva y paseado en el tiempo y mi memoria...ca-pineda,madre mia!!y Angelita la del metro en la puerta de Sanchez Marcos...
Hijo mío anónimo, es que la veteranía es un grado, dicen. Como yo tengo 49 y me queda poco para los cincuenta años, he conocido bastantes cosas de esta calle. Incluso he tenido que resumir y no hablar de lo que no estaba seguro. El próximo artículo completará mis recuerdos de aquella época en el resto de la calle, en dirección a la plaza del ayuntamiento.
Lo es,lo es..Ya que vas a hablar proximamente de la parte donde,por mi edad,conoci calzados ortiz,etc.¿Sabes algo de las huellas de bala de la guerra civil que hay o habia en unas rejas?Me contaban de pequeño que estaban en una casa junto al hostal las palmeras.Por cierto,no te olvides del asador de pollos y los chitis rosa.
Algo sé de lo que me preguntas. Te responderé en el post.
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