Me han regalado un auto-navegador para el coche. Un aparato de esos que funciona con un GPS y te sirve para orientarte y viajar por la ruta que te planifica hasta llegar a tu destino. La gente lo conoce habitualmente por una marca comercial, que no voy a reproducir para no hacerle publicidad gratuita, pero que suena a tambor africano y a bobo de grandes dimensiones. Lo probamos pronto en un viaje a Málaga, un trayecto conocido y recorrido en bastantes ocasiones. Conducía yo, por lo que mi señora se dedicó a configurarlo y a seguir la ruta.
Dicen que estos artilugios son muy útiles. No lo dudo. Lo que sí tengo también claro es que antes de ponerse en marcha hay que entenderlo bien. Lo primero que nos pasó fue que empezó a dirigirnos en idioma catalán. Una señora muy amable nos indicaba que giráramos a la derecha en la siguiente salida, por ejemplo, pero en la lengua que usa actualmente mi paisano (por cordobés) el “honorable president” de la Generalitat catalana, el señor Montilla (otro nombre muy de esta tierra). Mi señora consiguió cambiar de idioma y otra señora, también muy educada, ahora nos indica sus consejos por el altavoz ya en la lengua de Cervantes.
Como otros pasos previos ya los habíamos cumplimentado: horario, dirección de nuestro domicilio, tipo de mapa por donde desplazarse, etc. Lo que quedaba era incluir el destino. Te recomiendan que antes de salir planifiques la ruta, pero si no lo has hecho tienes dos opciones: ruta más rápida o ruta más corta. Aparentemente son parecidas, pero no, el aparatito puede llevarte por muy dispares recorridos hasta conseguir acercarte a tu destino final.
Para seguir leyendo visita La isla tuerta.
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