domingo, 20 de octubre de 2013

Yo soy español, el primer libro de historia para escolares de la posguerra


En los últimos años se ha puesto de moda cantar "Yo soy español, español, español" con la música de la popular canción rusa "Kalinka", sobre todo cuando nuestra selección de fútbol consigue triunfos, como los del Campeonato Mundial de Sudáfrica. Ironías nacionalistas. Una canción popularizada en la vieja Rusia comunista, ahora como himno de los nacionalistas españolistas. No me extraña la letra, pues responde al título de un libro de texto de la antigua biblioteca de párvulos de la posguerra española: Yo soy español, de Agustín Serrano de Haro. Este señor fue inspector de educación y publicó numerosas obras dedicadas a enderezar la enseñanza según la ideología dominante en el Franquismo. Como vemos, los lemas del pasado se repiten. 


Un ejemplar de este libro ha llegado a mis manos en días pasados. Está en mal estado pero conserva una buena parte del texto original. Es de los años 50, la 15ª edición, con lo que conserva todavía la redacción primigenia de 1943. Por ejemplo habla de que España está en paz, mientras que el resto del mundo está en guerra y "tenemos pan cuando hay fuera de España pueblos que se mueren de hambre. Y en nuestras ciudades y nuestros campos se siente la alegría de vivir y trabajar". Una falsificación que oculta las penurias y hasta el hambre de aquellos años, y una clara manipulación propagandística, que nos recuerda a la tan cacareada "recuperación" de la que habla el gobierno actual, a pesar del 25% de paro y los 3 millones de pobres que se alimentan gracias a la caridad y los ayuntamientos. 


El libro es de texto simple, adaptado a la mentalidad de niños de 6 años. Y con una buena carga ideológica, que recrea la historia en beneficio de los intereses patrióticos, según esa ideología fascista vigente entonces. Las ilustraciones, de José López Arjona, ayudan en esa labor. Veamos algunos ejemplos. En la segunda imagen nos muestran a la España (sic) prerromana como lo más hermoso y rico, siendo deseada por todos los pueblos que quieren conquistarla, incluso "algunos de los que vinieron eran muy ambiciosos y querían echar a los españoles (sic) y quedarse con los pueblos, con los campos y con las riquezas de España (sic), pero los españoles no se lo consintieron y los arrojaron al otros lado del mar."


Como continuación de la imagen anterior donde se recoge la invasión de los bárbaros como un castigo divino por lo "malos" que eran los romanos, en esta otra, tras convertirse en buenas personas los bárbaros, la iglesia se erige en el remedio de todos los males, pues se encarga de la educación, del vestido y del alimento de "los niños pobres y desamparados". Luego nos introducen en la invasión musulmana, de la que culpan a los judíos: "Había entonces en España muchos judíos. Y los judíos, que tampoco querían a los españoles, dijeron a los moros por dónde tenían que entrar para apoderarse de España." El antisemitismo (compartido con los nazis de la época) se deja ver en varios pasajes de la obra, cosa que en las últimas ediciones fue dulcificada. 


Ese odio a los judíos se estimulaba con historias como la de Santo Domingo de Val, un niño zaragozano del que acusan a los judíos de su muerte en forma de crucifixión. Esta leyenda es similar a la del Santo Niño de la Guardia, una de las historias que se inventaban con la intención de provocar el odio hacia las comunidades judías europeas en la Edad Media. 


Ni que decir tiene, que la reina que ordenó la expulsión de los judíos e introdujo la Inquisición en nuestras tierras, es alabada posteriormente, dándosele el título de "La reina de España", cuando Isabel era la reina de Castilla. "Era muy blanca y muy guapa, buena y humilde como una santa, y quería a España (sic) con todo su corazón." Como vemos se insiste en su color (raza) y en algunos de sus supuestos valores (que la historia contradice). Esta reina se nos ha puesto siempre con la "fundadora" de la España moderna, con la que entronca el régimen salido de la Guerra civil, según sus apologetas. Y este libro no iba a ser menos.


Tras ensalzar la vida medieval y glorificar el descubrimiento de América, se nos habla del Imperio, ese añorado esplendor de otros tiempos. Y también de sus enemigos, como Lutero, "un hombre muy malo", o los turcos, que "quedaron destrozados para siempre (sic)", tras la batalla de Lepanto. Las ilustraciones usan la bandera rojo y gualda como si fuese la enseña de entonces, cuando no apareció hasta Carlos III, pero, no importa, lo importante es que España era "la Princesa de las Naciones", y la bandera que recuperaron los rebeldes franquistas debía ocupar un lugar especial en las hazañas gloriosas.  


Más tarde, tras la guerra contra Napoleón, se introduce el problema de los enfrentamientos internos, al que titulan "Hermanos contra hermanos". Ya aparecen los dos bandos tradicionales, los que "amaban cada vez más las cosas de España y a los que gustaba mucho todo lo que venía del extranjero". "Por eso hubo en nuestra Patria muchas revoluciones y hasta una guerra muy larga, entre los carlistas que querían "Dios, Patria y Rey" y los liberales, que eran muy parecidos a los republicanos". No dejan pasar una oportunidad para buscar equivalencias con la guerra civil, como se ve. Y entonces el término "liberal" tenia el significado original, no el que le dan ahora los que añoran aquel régimen que ensalza la obra.


Y de golpe nos lleva a la época contemporánea, donde "los socialistas excitaban a los pobres contra los ricos." Los masones querían una revolución. "Y por no haber temor de Dios, había muy poca caridad y no se cumplían los mandamientos." "Por eso vino la República". Parece que el rey, al que ni se nombra, no se fue con el rabo entre las patas tras las elecciones municipales de 1931, sino que fue la falta de temor de Dios lo que provoca el cambio de régimen. No hacían otra cosa que quemar conventos e iglesias y pelear unos contra otros. Pero había "algunos hombres honrados y valientes", como José Antonio Primo de Rivera, y el General Franco, que se alzaron contra la República y triunfaron porque lo quiso Dios. Claro.


"Franco es el Caudillo de España; él manda y nosotros obedecemos." Es el primero de los españoles. 


Y termina con un "¡Soy español!", donde se afirma que "España es la misma ahora que antes y será la misma siempre. ¡España es eterna! ¡Y yo soy una parte de España!", con la simbología y los ademanes del fascismo. Algo que se ve y se escucha muy frecuentemente en estos días agitados que vivimos. No me extrañaría que un manual así se reimplantase en la educación gracias a la reforma educativa del ministro Wert, en lugar de la Educación para la Ciudadanía. Porque contra este adoctrinamiento, los que nos gobiernan nunca han protestado. Lo llevarán en su memoria, su conciencia y hasta en sus genes. 

4 comentarios:

Jesús Herrera Peña dijo...

Quizá Agustín Serrano de Haro vivió aquellos años con extraordinaria placidez, como dijo Jaime Mayor Oreja.
A resultas del suceso inventado del Santo Niño de La Guardia (Toledo), dicen algunos que fue el detonante para justificar e iniciar la expulsión de los judíos españoles.
Leyendo ese librito «Yo soy español» de Agustín Serrano de Haro, dan ganas de exclamar ¡tenemos voluntad de imperio! y ¡por el imperio hacia dios! y adiós...

Yo también soy español, ibérico y europeo. Es lógico.
Muy bueno tu artículo.

Francisco Javier Domínguez dijo...

Gracias Jesús. Este libro tiene la finalidad de hacer desear la vuelta del imperio, algo que todos los regímenes fascistas de la época deseaban. Para los falangistas España era su imperio, el imperio perdido, que debían recuperar. Algo grande, eterno, indestructible... Y los españoles los encargados de conseguir ese fin. Los que no quieran eso no son ni españoles.

Juana dijo...

Ay, ay, no me explico como he podido salir tan roja.

Francisco Javier Domínguez dijo...

Supongo, Juana, que te ha pasado como a los adolescentes: que mientras más le insisten los padres en algo, más ganas les dan de hacer lo contrario. Eso te habrá pasado con este tipo de "madre patria", jajaja.