En año pasado, cuando estuvimos en tierras vascas, alguien lamentó no haber tenido tiempo de visitar una sidrería. En nuestro reciente viaje al País Vasco ya lo consiguieron incluir como una parte más del programa de actos festivos alrededor de la boda a la que fuimos. Y digo actos festivos, pues en la actualidad en esa comunidad se entiende que ir a una sidrería es un acto social festivo, dotado de una liturgia especial.
Estuvimos en una sidrería, Aginaga, en Usurbil (Guipúzcoa), establecimiento que funciona todo el año a diferencia de la gran mayoría, pues no estábamos ya en temporada normal (de febrero a junio). Cuando nos hablaron de visitarla me imaginé un local oscuro, húmedo y tenebroso, lleno de toneles y suelo pegajoso con serrín. Pero no, éste es un local moderno, luminoso, grande, con los barriles apenas sobresaliendo por uno de sus muros, cálido y cómodo. Con grandes mesas alargadas, donde entraban un gran número de comensales, pese a que la mayoría acostumbran a servir de pie. Nada más entrar vimos los chuletones de buey que iban a ser asados a la parrilla, de un tamaño y espesor asombrosos. Pero hablaba al principio de la especial liturgia de este tipo de locales. Paso a contarla, ya que nos adiestraron, previamente a sentarnos, como eran las normas, reglas que nada en absoluto suponen un agobio cumplir.
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2 comentarios:
No paras quieto, pronto no quedará un ricón de España que no hayas visitado.
Alguno me falta todavía, pero ya se andará, jajajaja. Y no paro, no, concretamente este fin de semana ha tocado de nuevo Extremadura.
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