miércoles, 31 de agosto de 2016

El pick up, nuestro primer tocadiscos.


Vivimos en un mundo donde la tecnología nos asombra cada día con nuevos aparatos que nos permiten ver imágenes, oír sonidos o leer textos en cualquier lugar, ya sea en directo o grabadas, llevando esos contenidos con nosotros o en el lugar que queramos. Los teléfonos se han convertido en pequeños ordenadores personales que nos facilitan la comunicación, además de disponer de documentos de todo tipo (gráficos, sonoros, etc). Y, por supuesto, nos permiten graban imágenes como fotografía o vídeo, además de reproducirlas. Por eso no es raro ver a personas escuchando su programa de radio preferido o un tema musical con su teléfono móvil. Esto ha cambiado desde hace unos pocos años a esta parte, a una velocidad de vértigo, que no deja de asombrarnos.

Por eso he sentido un pellizco al volver a ver el viejo tocadiscos que teníamos en casa. Mi padre lo compró, cuando era niño. Es del modelo "Philips all transistor", de los años 60. Un modelo compacto y transportable, que en aquellos tiempos se usó mucho en los guateques, y se lo conocía como "Pick up", o "picú", como lo llamaban muchos jóvenes de aquella época. El que se guardase como una caja de zapatos hacía fácil llevarlo de un lugar a otro, para escuchar los discos, y porque estaba alimentado a pilas. Era monoaural, es decir, el sonido iba por un solo canal (todavía no era estereofónico).

En la tapa de la caja estaba el altavoz, y tenía unas pestañas donde se enrollaba el cable que conectaba el altavoz con el plato giradiscos, que estaba en la otra parte de la caja. En esta otra zona había un brazo con la aguja y el plato donde se insertaba el disco de vinilo. Disponía de un eje y un adaptador de plástico, que nosotros llamábamos el quesito, por su forma parecida a un pequeño queso, que servía para usarlo con los discos sencillos, los que tenían uno o dos temas, según tuviese una o dos caras grabadas el disco.


Además tenía una palanca para adaptar la velocidad de reproducción a la que presentaba el disco correspondiente (45 revoluciones por minuto los sencillos o 33 los LPs, los larga duración, aunque éste tenía también otra velocidad para otros discos que pronto dejaron de usarse). Y un potenciómetro en forma de rueda con el que ajustar el volumen.

Mi padre nos compró unos discos de cuentos (recuerdo el de Mary Poppins, como uno de los primeros), como primeras adquisiciones. También con canciones infantiles. Y él lo usaba mucho para disfrutar de su colección de zarzuelas y otras obras. Más tarde, cuando le cogimos el gusto a la música moderna, mi hermano Roberto, el manitas de la electricidad, le hizo unos arreglos, como una entrada para adaptador de corriente, o la instalación de un transformador interno con el que conectar directamente a la red. También le colocó una salida para conectarlo a uno de los amplificadores que fabricaba y, así, obtener más potencia de sonido. Durante años ese fue el plato que usábamos en casa, hasta que me compré el equipo modular de música que todavía tengo, ya equipado con CD, con lo que el plato nuevo casi no lo he usado. Algo ya anticuado por el avance de las nuevas tecnologías. 

Ha merecido la pena, sin embargo de estar ya ajado por los años, desempolvar el viejo picú, el tocadiscos que nos permitió disfrutar de mi primara colección de discos.

No hay comentarios: