
La semana pasada terminábamos este recorrido, que estoy haciendo por las calles que ocupaban el paisaje urbano de mi infancia, en la calle Feria, con la casa de la familia Liñán. Esta calle recibe su nombre desde 1521, por la feria comercial que concedió el rey Juan II de Castilla a Martín Fernández Portocarrero, VI señor de la Villa, en 1451, origen de la actual feria de agosto, que se celebraba en esta vía principal del arrabal que se fue formando extramuros de la zona noble, y que daría lugar a la zona de extensión del casco posterior. Estas calles que organizaron este ensanche, se formaron al consolidarse la población, en torno a la calle Feria. Unas se situarían a la izquierda, como la Calle Cuerpo de Cristo, o San Sebastián, y otras ocupando la zona a la derecha, hasta la ribera del Genil (actual calle Río Seco), río que sirvió de defensa natural al castillo y recinto amurallado. A la derecha encontrábamos, saliendo desde la plaza del ayuntamiento, primero la calle Santo Domingo y luego la calle José de Mora, donde viví 20 años. Estas vías no las voy a comentar, como tampoco la calle Cuerpo de Cristo (a la izquierda), por ser vías de entidad suficiente y contar con edificios con historia y calidad merecedores de detenerse en otros artículos.
Si nos situamos, en el recorrido imaginario que terminábamos hace una semana, en la confluencia de San Sebastían con calle Feria, pasaremos por la calle José de Mora. Casi al final, a la derecha encontramos la calle Violante y Jorge. Un nombre que siempre me ha intrigado y que no alcanzo aún a conocer de su origen. De Violante solo me vienen a la memoria los versos de Lope de Vega, que aprendimos en la escuela, y con los que nos quería enseñar a componer un soneto (“Un soneto me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tal aprieto; / catorce versos dicen que es soneto; / burla burlando van los tres delante.”). El tal Jorge es una incógnita aún mayor. Si alguien sabe de su razón, que nos haga el favor de exponerlo, sea por comentario, o sea por otro medio. Se lo agradeceremos.

Esta calle era y es especial. Es una zona peatonal desde hace muchos años. A la derecha estaba el cine Salón Jerez, propiedad de la familia Jerez, hijos de Miguel Jerez y Jerez, médico titular e inspector local de sanidad a principios del XX, que vivían en la calle Santo Domingo. El cine estaba a espaldas de su casa, teniendo fachada en José de Mora. Este señor, además construyó el primer teatro del paseo, en la barriada de San Francisco, el que sería cine Coliseo España, origen del actual Teatro Coliseo. A la izquierda de la calle se situaban casas propias de la arquitectura popular palmeña del siglo XIX y XX, tal vez con origen anterior. Algunas eran casas de vecinos modestas, donde vivieron conocidos, como los Santos, Cuevas, o los “Chocheros”. Lo llamativo era la solería formada por grandes losas de piedra a lo largo de la calle, y los obstáculos que cerraban el paso a los vehículos, los famosos marmolillos, bloques de granito, que servían además para que los niños jugáramos saltándolos por encima. La imagen es de mala calidad, pero se aprecia lo que expongo.

Si bajamos a calle Río Seco por José de Mora, y giramos a la izquierda, pasando la casa de los “Civiquitos”, entrábamos en la calle
Boquete de Anghera (muchos escriben “Anguera”, mal). Esta calle recibe su nombre del accidente geográfico del norte de África que se hizo célebre por la
guerra de Marruecos, de principios del siglo XX, que relatara
Pedro Antonio de Alarcón. Al final, haciendo esquina nos topábamos con la ermita, cerrada años atrás, de la
Coronada. Hubo un hospital fundado en el siglo XVI,
el de Santa María de la Coronada, que convivió con el de la Caridad, y que se unió a los ya existentes el siglo anterior de San Bartolomé, Cuerpo de Dios, antecedente de la calle “Cuerpo de Cristo”, donde se situaba, y el que pervive hoy día, el Hospital de San Sebastián, en la vía del mismo nombre. Esta ermita formaba parte del conjunto hospitalario de St. María de la Coronada, que daría luego nombre a la calle que comunica Boquete de Anghera con calle Feria. En mi niñez pasaba mucho por allí, para comprar el pan, antes de ir al colegio, en la
panadería Higueras, situada en la calle Ponce, calle que comunica la calle Feria con el conjunto que vamos a comentar. La calle Coronada se llamó durante el franquismo Alférez Reyes, pero la gente la siguió conociendo por el nombre del hospital y la ermita que le sobrevivió.

Frente a la entrada de la ermita nos dirigimos por la
calle La Palma. Esta calle termina en la
calle Ponce, que, como decía, acaba en la calle Feria (José Antonio Primo de Rivera, durante la dictadura del General Franco) en su esquina izquierda, y en la calle Castelar, en su esquina derecha. Vecinos de mi niñez recuerdo a López, el carpintero de Río Seco, a cuya carpintería íbamos a recoger restos de madera para hacer juguetes artesanales. O Santos el de los huevos. O Palomero, el maestro albañil, al que mi padre le quitó un quiste graso de la cara, delante de la oreja, justo una semana antes de casarse (y se curó a tiempo), que aparece en la tercera de las fotos del segundo artículo sobre el
bar El latero.

Si nos giramos en el cruce de Ponce con La Palma, hacia la derecha, al final, como una prolongación coqueta, empezando por un hermoso arco, adornado con un mosaico cerámico que representa a la Purísima Concepción, aparece la calle calle Purísima, vía también peatonal, como lo es Violante y Jorge, como nos muestran sin discusión los dos marmolillos de granito que impiden el paso de carros o vehículos tanto aquí como al final, llegando ya a Río Seco.
Y desde esta esquina de la calle Ponce, dejando a la derecha la Purísima, penetraremos en otra de las calles con nombre curioso de este conjunto urbano, la calle Manga de Gabán. Tampoco conozco el motivo de tal denominación, pero siempre me ha hecho gracia. ¿Se imaginan una calle con el nombre de “pernil de pantalón” o "cuello de camisa”?. Una nota simpática de nuestro callejero palmeño. Esta calle termina en la calle Castelar unos metros más arriba de la calle Ponce, dibujando un arco desde su inicio hasta su final. Allí vivían, entre otros vecinos, Rafaela, la de la miel, amiga de mi familia, que tenía un puesto en la plaza de abastos, y su hermano “Chacoque”, que pudo ser torero y que todavía vive, a pesar de su delicada salud y su avanzada edad. O la madre de los Delgado, mis amigos Juan o Carmelo.

Todas estas calles estaban formadas por casas de estilo popular, encaladas, de una o dos plantas, sin muchos adornos, con sencillos balcones o ventanas enrejadas, como vemos en las fotografías. Sus pavimentos eran empedrados de piedra de río, típicos de aquí, que se han conservado más mal que bien en este tiempo, con muchos remiendos y baches, hasta que recientemente se han ido arreglando, volviéndose a urbanizar. Calles cortas y estrechas con trazados irregulares propios de viejos tiempos, con origen medieval. Sus vecinos no eran miembros de la sociedad más pudiente, tal vez por situarse ya casi en las afueras del antiguo arrabal, cerca del río. De la calle Feria, hacia el este, se acomodarían los vecinos más acaudalados, por ello las viviendas eran más suntuosas. Como las que hemos visitado ya en este recorrido imaginario y nostálgico. Y como las que nos quedan por ver de las calles José de Mora o Santo Domingo. Lo más llamativo, desde el punto de vista arquitectónico era la ermita de la Coronada, que se veía desde el huerto de mi antigua casa, casi perpendicular de una esquina a otra de la manzana. Recuerdo su veleta en forma de estrella, sobre la espadaña, blanco habitual de pedradas o disparos de carabina de aire comprimido, como juego de niños. La bóveda semiderruída visible desde mi casa, o las ruinas perceptibles desde la calle, a través de sus puertas. Vestigio de un pasado donde los hospitales de caridad suplían la ausencia de la moderna seguridad social.
Estas callecitas, cuyas edificaciones también han ido cambiando con el tiempo, eran mi medio habitual de desenvolvimiento. Donde vivían los amigos, donde pasábamos buenos ratos de visitas, donde jugábamos, el paso para ir a la compra o al colegio, por estar menos transitadas. Una parte de la historia de Palma que todavía queda presente en mis recuerdos como un trozo de mi historia particular.