Esta imagen es una fotografía del archivo de Miguel Santos, mi suegro, también conocido como Santos el cartero, fotógrafo y administrativo de la Cooperativa de Regantes, antes de su jubilación. Aquí vemos la Calle Cigüela desde el Sur, entrando por la Calle Ancha. Ésta era una de las calles trazadas en el siglo XIV, casi paralela a la Calle Feria (más bien forma un arco rebajado), también orientada de Norte a Sur, y de mayor longitud. Una similar aparece en la publicación “Palma, un paseo único” de El Periódico de Palma del Río, álbum en colaboración con Saxoferreo, original de Jiménez y Linares, de principios de los sesenta.

La foto que expongo debe ser algo anterior, de finales de los cincuenta o muy primeros sesenta, pues todavía se conserva el cierre del balcón de la planta alta de la casa siguiente a la que tiene la publicidad de Philips, que, por cierto, aquí aparece en planta baja y en la foto posterior está en la alta, para verse mejor. Esta casa es la de “El Cuco”, uno de los hermanos Ruiz, que vendía electrodomésticos y era (y la empresa sigue siendo) distribuidor de gas butano. Más tarde modificó la planta baja para modernizar la tienda, aunque poco éxito a la vista de los artículos que todavía se pueden ver expuestos en su escaparate, como unas lamparillas de mesita de noche, que hemos visto durante años o una yogurtera, sin vender.
En esta imagen vemos las típicas casas con ventanas en planta baja con grandes rejas, y ventanas o balcones sobre la puerta principal, propias de la arquitectura popular que dominó en Palma, hasta la aparición de la arquitectura moderna en los años sesenta y setenta. Balcones, ventanas y rejas que sobrevuelan la calle o que directamente ocupan la acera en la planta baja, permitiendo la visión en perspectiva de frente y a ambos lados, con lo que se hacía preciso algún medio de protección, siendo las celosías de madera los más usados, como es el caso de la ventana de la izquierda de la foto.
Muchas de estas casas desaparecieron en los sesenta y setenta, como decía antes. En la esquina con la Calle Barbera, entonces Teniente Molero, por Antonio Molero Ruiz de Almodóvar (muerto en la División Azul), vemos unas casas típicamente populares de dos plantas que serían derribadas en los sesenta para hacer el primer “rascacielos” de Palma, con 8 o 9 plantas (no recuerdo ahora) (compruebo que, en realidad, son planta baja, 6 plantas de vivienda y azotea, con vivienda en ático), y con ascensor, que de niños subíamos (con el lógico enfado del portero del edificio) para llegar a la azotea y ver una perspectiva diferente del pueblo, desde el edificio más alto. Hoy es un monumento a la fealdad y el mal gusto, pues por sus dimensiones hace difícil y cara su conservación exterior, además de mantener en una umbría permanente a parte de esta calle con solera. En la otra esquina, siguiendo por la izquierda hacia el fondo, la casa que sería el comercio de Las Puritas, local bullicioso siempre, que ha respetado, aunque sea mínimamente la estructura original, solo alterada por la necesidad de abrir amplios escaparates en la planta baja. Al fondo, también a la izquierda, se ve la parte trasera del Hospital de San Sebastián con su gran ventana enrejada, que todavía existe. El edificio intermedio fue sustituido por el correspondiente bloque de pisos tan en boga en la época del Desarrollismo, del que otras veces he hablado.
Volviendo a la vertiente derecha de la calle, tal como la vemos en la fotografía, la señora del delantal aparece en la puerta de la casa de “El Cuco”. Esta fachada, salvo la parte de la tienda, mantiene en nuestros días su apariencia de entonces. Todas las edificaciones siguientes, hasta la esquina con la Calle Sánchez, han desparecido, salvo una, creo. La casa del balcón con el cierre acristalado corrió la misma suerte que muchas otras desgraciadamente y ahora hay un edificio de Telefónica, para sus aparatos de telefonía automática. Otras fueron derribadas antes, y en su lugar se edificaron bloques de pisos, como el que tiene la planta baja algo retranqueada, tal vez con la intención de facilitar el acceso a las cocheras en un tramo bastante estrecho de la calle, y que albergó uno de los pubs de más solera en mis años mozos. Algún solar queda aún sin edificar tras la entrada implacable de las máquinas excavadoras. Es el caso de la última casa, que hace esquina, y que vemos en la sombra. La anterior, también con abundancia de ventanas y balcones, era la casa donde estuvo la Notaría de Don Lionel Fernández Huertas (como para olvidar semejante nombre), que fue derribada junto a la que hace esquina con Calle Sánchez.
La Calle Sánchez, antes llamada Calle Ruiz y Navarro, tenía un rótulo de cerámica a la entrada con sus retratos, adornado con el yugo y las flechas. Éstos fueron palmeños muertos en la Guerra Civil. Unos amigos de juventudes comunistas, en los años de la transición decidieron acabar una noche con el cartel de exaltación de los mártires del franquismo, a base de martillazos. No se hablaba todavía de la ley de la Memoria Histórica y sus medidas. Fue tal el estruendo que los vecinos asustados llamaron a las autoridades y tuvieron que dejar apresuradamente sin terminar su misión. En el juicio les preguntaron, según me contaron, que si sabían cual era el símbolo que pretendían romper. Ellos contestaron que era el emblema de Falange. Y el togado les replicó airado que eran las armas de los Reyes Católicos. Yo les indiqué que sí, que originariamente fue símbolo de la unión de los dos reinos que regían Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, pero que en el rótulo estaban por ser emblema de FE y de las JONS. No se recuperó el mural original. Frente a esta vía la calle San Sebastián sirve de unión con la calle Feria en el lugar del conocido Hospital medieval.

Más adelante, pasada la confluencia, estaba, tras otra vivienda, la casa donde estuvo instalada la centralita de Telefónica, la única empresa de telefonía de la época. En la entrada de la vivienda, a la izquierda, se pasaba a una habitación donde una señorita, creo que apellidada Canto, ejercía de telefonista. Sentada frente a un panel y una mesa, iba conectando a los abonados con los otros con quien se quería hablar, insertando un cable con una clavija en el apartado del número correspondiente. Al descolgar el auricular esta señorita preguntaba siempre “¿número, por favor?”, y se le indicaba el del abonado con quien queríamos hablar. El de nuestra casa era el 14, “uno cuatro”, decíamos siempre, para no confundir. No hace mucho que esta casa quedó deshabitada, al fallecer esta señora, que fue la última moradora y que vivía sola. Creo que era familiar de un practicante que estuvo casado con una cuñada de mi padre, por parte de su primera esposa, y que vivieron muchos años en La Puebla de los Infantes, en la sierra norte de Sevilla, hasta que se fueron a Valencia. Cuando empezó el servicio automático, la compañía trasladó sus instalaciones a un bloque de los que se construyó al derribar una de las casas tradicionales de la margen izquierda, casi a la entrada por la calle Ancha.
Frente a la casa de la Telefónica estaba otro de los famosos inmuebles de la calle. En él estaba la Botica de Currito. Currito, o Curro, de nombre Francisco López Rodríguez, era familia de la primera mujer de mi padre, y su padre “desapareció” durante la Guerra, siendo cuidado en su niñez por otros familiares. Era ésta una botica pequeña, propiedad de las hermanas Leocadia y Carmela Chacón, en cuya oficina principal de la Calle Portada mi padre pasaba mucho tiempo prestando servicios y participando en las tertulias de la rebotica. Currito es persona simpática y amable, siempre servicial, y todavía lo vemos mucho con su mujer, y nos saluda con su voz risueña y nerviosa de siempre, a pesar de sus casi 80 años. Me encantaba ir a por los medicamentos que recetaban a mi familia pues su atención era estupenda y alguna vez podía incluso traerme una caja de pastillas Juanola. Muchos palmeños le agradecen que les sirviera con discreción los profilácticos que necesitaban, teniendo en cuenta que en aquella época no estaban bien vistos, que digamos. Fue nombrado Hijo predilecto de Palma del Río en junio de 2000, por sus muchos años al frente de esta farmacia y por ser también largo tiempo el masajista del club de fútbol local. El edificio que albergaba la botica fue, como muchos otros, derribado para situar allí otro más moderno. No se ve en la foto, pero no me he podido contener las ganas de citarlo, pues forma parte de una etapa entrañable de mi vida relacionada con la calle Cigüela a mediados del siglo pasado, momento que la imagen refleja perfectamente en una escena cotidiana de la época.