miércoles, 2 de noviembre de 2011

Historias del cementerio


Se cuenta que hace tiempo unos amigos se apostaron que ninguno era capaz de ir al cementerio, durante la noche, a clavar un clavo o puntilla en la puerta, que sirviera de prueba de haber estado allí. Uno de ellos se hizo el valiente y fue, y como la oscuridad no permitía ver bien, cumplió la promesa con tanta celeridad que no se percató de que se prendió con el clavo la capa en la madera. Al intentar irse de vuelta al pueblo, quedó sujeto sin poder escapar y sin saber quién le retenía. Al día siguiente se lo encontraron muerto del gran susto. Esta es una leyenda popular que tiene diferentes versiones en muchos países de habla hispana, incluido el nuestro. No recuerdo bien si me la han contado también respecto de nuestro campo-santo local. Pero sí la historia de quien se ha quedado encerrado tras sus muros, al no darse cuenta de que iban a cerrar, y que intentaba que lo rescatasen llamando a los viandantes que pasaban por allí, tras las faenas del campo. Casi todos huían despavoridos, al oír las voces, o incluso su nombre, si el despistado les reconocía y les llamaba por él, creyendo que las mismísima parca les estaba invitando a ocupar ya su sepultura.


Estas son historias o relatos que se suelen contar por estas fechas, en que recordamos a nuestros difuntos y en las que tenemos la costumbre de visitar los cementerios. Mas no solo me referiré a leyendas tétricas hoy, sino a otras vicisitudes de nuestros recintos destinados al descanso de los restos de quienes un día poblaron nuestras tierras. 


Se sabe que en Palma del Río hubo varios lugares de enterramiento desde la Reconquista. Antes, cuando la población fue fundada por los musulmanes, también los hubo. Debido a las obras del puente nuevo sobre el Guadalquivir, y la conexión con la carretera, se encontró una necrópolis musulmana, próxima a los terrenos de El Baldío. Y seguro hubo entonces otros enterramientos en las primeras tierras edificadas dentro o alrededor del Recinto Amurallado. En él, posteriormente, junto a la iglesia gótica de Santa María (la que había en el solar de la actual Parroquia barroca de La Asunción) hubo un cementerio, respondiendo a la costumbre, presente en otros lugares, de situarlos en los templos o sus inmediaciones. Éste sería el cementerio más común. 


En el interior de la iglesia hay tumbas también, pero de personajes notables. Al cementerio se llegaría por el arco horadado en uno de los contrafuertes laterales, que se descubrió hace años. Todavía se ve, por la zona de la Mesa de San Pedro, el muro original, que tuvo su continuación con el que cierra el huerto-jardín del Palacio de los Portocarrero, cuando se incorporó este terreno a su recinto. 


Este cementerio estuvo cercano a los llamados “Corralones de Don Félix”, propiedad del cacique local Félix Moreno Ardanuy, donde fueron fusilados muchos palmeños el 27 de agosto de 1936, tras la toma de Palma por el ejército “nacional”. Cuando se hizo una excavación arqueológica en terrenos propiedad del Palacio, aparecieron balas, restos y prendas de ajuar militar. Algunos pensaron que eran restos de aquella matanza, pero botones de la época de la Guerra de la Independencia demostraron que eran de personas enterradas en el antiguo cementerio de la parroquia en aquellos tiempos. Además, los fusilados fueron trasladados al actual cementerio de San Juan Bautista, y reposan en una fosa común.


También hubo otros lugares de enterramiento en el Casco Histórico, durante siglos. El Convento de Santa Clara también tuvo el suyo, donde se daba sepultura a quienes vivían en régimen de clausura, aunque está datado en el siglo XX, y que fue desalojado al abandonar las monjas el convento en los años setenta. Posteriormente ha sido reconstruido la adquirir el ayuntamiento la propiedad de la parte donde se situaba. El coro bajo, junto a la iglesia, también sirvió para dar sepultura a las enclaustradas y a las más notables de las monjas que lo habitaron, como se pudo comprobar en una excavación, a cuyo frente estuvo Rafael Nieto Medina, que sacó a la luz restos vestidos con ropajes de la orden y adornos, como medallas y ornamento propio de las dignidades superiores. 


En la iglesia también hubo tumbas. El fundador del convento, el caballero veinticuatro de Córdoba, Don Juan Manosalbas, dispuso que se le enterrara allí, junto a su esposa. Ello ha dado lugar a otro relato, como la que comentaba al principio: la leyenda de la Dama Blanca. Esto tuvo su origen en la historia, presunta, de la fundación del convento, debida al arrepentimiento de este señor por el asesinato de su mujer, a la que creyó infiel. Fue fray Andrés de Guadalupe el que, en 1662, en su "Historia de la Santa Provincia de los Angeles" mencionó el hecho de que la fundación se debiera a ese arrepentimiento. Cosa que, ya en el siglo XVIII, fray Ambrosio de Torres en su "Palma Ilustrada" consideraría como hecho cierto, a pesar de que esta primera mujer fuese María Cabeza de Vaca, y la que le acompañara en su tumba fuese Leonor Verdugo. No parece muy creíble que se le permitiese semejante inhumación con la “beneficiada” por el uxoricidio. Para colmo, la llamada Dama Blanca, que se aparece de noche vagando por el convento y las murallas, según los y las que afirman que la han visto, se trataría de la primera mujer, la asesinada, cuyo cuerpo no descansaría en el monasterio. Que cada uno crea lo que quiera.


El Hospital de San Sebastián también tuvo su cementerio. Lo confirma la Bula del Papa Julio II, de 1508, donde se estipula el gobierno y patronazgo del establecimiento, solicitada por el conde de Palma, Luis Portocarrero y su esposa Leonor de Girón de la Vega. En el traslado de esta bula que se encuentra en el Archivo municipal, se recogen entre otras disposiciones, las que autorizan a enterrar allí a los pobres, los oficiales del Hospital y los criados, sin intervención de la parroquia. Esta institución tenía capellán nombrado por el Concejo municipal y los Condes, sin tutela del Obispado cordobés, del que quedaban no sujetos a su jurisdicción, cosa que dio lugar a numerosos pleitos. Un excelente trabajo de Rafael Nieto nos da cuenta de algunos sucesos en particular.


El Monasterio de San Francisco, cuyo origen está en ser enfermería del Convento de Santa María de los Ángeles y el de San Luis del Monte, y que se erigió junto a la ermita de la Virgen de Belén originaria, seguro que también tuvo su campo-santo. En su iglesia actual, del siglo XVII, vemos diversos enterramientos, por ejemplo los de la familia Gamero-Cívico. Allí, mandó el tercer conde de Palma, Luis Antonio Fernández Portocarrero, ser enterrado. La presencia de los franciscanos es lo que ha dado lugar a que se le conozca como parroquia de San Francisco, aunque no es su nombre oficial, ya que éste conserva la advocación a la virgen que deriva de la primitiva ermita de Belén, que allí se situaba. El convento de los dominicos, el de Santo Domingo, posiblemente también tuviera el suyo, aunque las múltiples reformas para adaptarlo a centro escolar no dejaran huella. 


Así llegamos a tiempos en que por motivos de higiene (epidemias frecuentes) y también por falta de espacio, el cementerio principal, el anejo a La Asunción, se trasladó a las afueras, donde está el actual jardín de El Parque. Allí estuvo hasta principios del siglo XX, cuando se situó donde está el actual. En los años ochenta, por motivo de unas lluvias torrenciales, el colector que une la Avenida de Santa Ana, con la glorieta de El Parque, reventó y se hundió. Como las lluvias no cesaban se hizo necesario achicar el agua hacia otras alcantarillas de las otras vías, para poder reparar la tubería. Se pidieron bombas para sacar el agua del socavón que se formó en la calle Parque. Más de una vez se atascaron las bombas, pues los restos óseos salían al exterior y averiaban las máquinas. Yo vi más de un hueso asomar entre las aguas pestilentes. Era la prueba evidente de la presencia del antiguo campo-santo.


El actual cementerio de San Juan Bautista es el que casi todos conocemos y que ayer, principalmente, fue visitado por muchos familiares en recuerdo de sus parientes difuntos. Ha cambiado mucho en los años que tiene. Se dice que la valla que lo rodeaba fue trasladada al Paseo Alfonso XIII, para edificar la que lo delimita. No creo que fuese la del cementerio de El Parque, porque las fotos de principios del siglo pasado y de la República no muestran ese vallado de ladrillo y reja. 

En él hay zonas ajardinadas, servicios, arboleda (incluidos los clásicos cipreses), además de tumbas excavadas en el suelo, nichos en edificios de varios pisos, panteones. Recientemente se le ha dotado de columbario, para depositar las urnas con los restos de las cremaciones, una costumbre en auge. Junto a él se está edificando un tanatorio-crematorio. Se ha ido ampliando y mejorando. De joven recuerdo haber ido de noche, en estas fechas. El ambiente creado por los farolillos funerarios, las velas y cirios o los braseros para poder pasar la noche al raso, velando a los difuntos, era sobrecogedor. Sobre todo teniendo en cuenta que entonces no había alumbrado público interior. Como sorprendente fue la imagen de una neblina brillante que vi también en aquellos tiempos, surgiendo por encima, entre los cipreses, una tarde que estábamos practicando deporte en las pistas del antiguo instituto de bachillerato. ¿Serían los legendarios fuegos fatuos?

Sobre el o los cementerios podríamos contar muchas cosas. Allí todo el mundo termina yendo alguna vez, como visitante o como “habitante”. Ceremonias multitudinarias o encuentros casi íntimos se han producido allí. Hasta la polémica ha surgido por su causa, como la instalación de la Cruz de los Caídos que había en la muralla, ya sin placas ensalzando el golpe del 18 de julio. U otras placas que cubrían las tumbas de quienes murieron a manos de los leales a la República y que fueron cambiadas, con el beneplácito de sus familiares, al hacer despectiva referencia a las “hordas marxistas”. Es también uno de esos servicios del que no nos acordamos o no queremos acordarnos, como me señalaba muchas veces, y con razón por la queja, Pepe Martín, el administrativo-encargado de nuestra necrópolis municipal.


El cementerio es normalmente un lugar tranquilo, cuyo silencio es roto casi exclusivamente por el canto de los pájaros o el murmullo de los visitantes, normalmente respetuoso. No tiene por qué ser un lugar tenebroso. Y también ha sido escenario de algunas bromas o anécdotas como la de la botella de vino y el catavino que recibía, en lugar de flores, el día de todos los santos, Agustín o su hermano Juan José, los zapateros de la calle Feria, y que conté el año pasado. Una simpática y amistosa muestra de afecto, o una leyenda más que sumar a los relatos que adornan este escrito.

Porque, aunque muchas veces pensemos lo contrario, los cementerios no son lugares muertos. Son lugares llenos de acontecimientos, de historias, repletos paradójicamente de mucha vida.

6 comentarios:

carmela dijo...

Pues llavas razón ,más de uno se ha quedado alli encerrado.Mira te voy a contar una anecdota.
Tenia yo unos 7 años ,y ya he cumplido73,habia una maestra en las escuelas del Parque(doña Araceli)corpulenta ella,siempre vestida de negro,con su moñoy creo recordar que tambien llevaba un velo de aquellos de luto.
Bueno, pues dicha maestra tenia por constumbre llevarnos cuando saliamos del colegio, algunas tardes,al cementerio.
Una de esas tardes se entretuvo mas de la cuenta y cuando fuimos a salir estaba cerrado.ya las tardes eran más cortas y casi no habia luz.La buena señora se montó en las rejas esas que habia antes y pasaba un cabrero y se puso a llamarlo.el pobre hombre al ver aquello alli montado tan negro,yo pienso que ni le dio tiempo a ver que era.Salio corriendo.
La historia termino que nuestras madres al ver que era de noche y no llegabamos(ibamos unas 5 niñas)empezaron abuscarnos y se dieron cuanta de la mania de dicha maestra en llevarnos al cementerio,asi que alli fueron a buscarnos pero con la mala sombra que tuvieron que venir al pueblo a buscar al ¨¨enterrao´que era como asi se le decia antes.Ya no recuerdo muy bien que ocurrió despues pero pienso que nuestras madres encima nos darian un buen tortazo......
.
PDT Mi gramatica no es muy buena pero *no di pa más*y no tengo un *negro^que me escriba.

SCHEVI dijo...

Vaya, vaya, Carmela, ya sabía yo que esa historia era real y no una leyenda.

María dijo...

Magnífica tu entrada y la anécdota de Carmela también.
Voy a tener que programar una visita a Palma del Río.

Saludos

SCHEVI dijo...

Muchas gracias, María. Ven cuando quieras. Aquí estaremos, porque durante unos meses, por las oposiciones, no podré moverme de aquí.

Saludos.

Anónimo dijo...

Fant'astico art'iculo paiasano. Gracias.

Francisco Javier Domínguez dijo...

De nada, anónimo paisano.