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lunes, 12 de mayo de 2025

Salud, más salud


Ayer, tras el paseo vespertino, le llevé a Ana la máquina de recortar la barba que uso habitualmente, para que me cortase el pelo, el poco pelo que me está quedando desde hace unos días. Me dijeron que se caería de repente, pero en mi caso no ha sido así, haciéndolo poco a poco y manteniendo unas greñas, que ya desagradaban. Así que, recorte y arreglado. 

Entre mediados y finales de noviembre del pasado año, empecé a sentir molestias al comer, en lo que yo pensaba era el estómago, como si me apretasen este cada vez que tragaba los alimentos. Las molestias se fueron tornando en dolores, cada vez más fuertes, en las semanas siguientes. Mi médico me recetó un par de tratamientos, que no daban resultado satisfactorio, así que me derivó al especialista de digestivo. Tuve cita el 12 de febrero. Me pidió dos pruebas, una endoscopia y una colonoscopia, pues repasando los resultados de un análisis anterior para la revisión de la trombosis que me diagnosticaron en febrero de 2024, vio que aparecía un marcador tumoral alto y era conveniente examinar también esta parte («para ir descartando»). 

El 27 de febrero me hicieron la colonoscopia en el Hospital Universitario Reina Sofía, sin resultados preocupantes (me quitaron un pequeño pólipo y me tomaron muestras de una posible úlcera ya cicatrizada). El 5 de marzo llegó el turno de la endoscopia y el resultado fue muy diferente: todavía con los efectos de la sedación, me comunicaron que habían encontrado algo «maligno» en el esófago, aunque faltase la confirmación con las biopsias. A partir de ahí mi caso pasaba a un equipo de especialistas para afrontar el problema. Y nos avisaron que me vería envuelto en una espiral de pruebas, consultas, etc. El 6 de marzo me entrevisté con la enfermera coordinadora, que me mandó unos análisis y me citó para una TAC para el lunes siguiente, coincidiendo con la eco-doppler que me hicieron para la revisión de la trombosis, enfermedad que persiste y que, por tanto, estoy simultaneando. El día 11 me vi con la enfermera y la especialista de digestivo, que me confirmó el cáncer de esófago, tras la TAC, y me avanzó que el miércoles 12 mi caso pasaba al equipo de tumores para acordar el tratamiento, y la derivación a Oncología. Eso sí, con la buena noticia de que estaba el tumor localizado y no aparecía extendido en los órganos de las proximidades. El 21 tuve la primera cita con la oncóloga, que, tras la exploración, me indicó el tratamiento previsto: 4 ciclos de quimioterapia, operación y otros cuatro ciclos de quimio. Además de la realización de un PET, cosa que se llevó a cabo el 26. El 27 estuve en el servicio de Endocrinología del Hospital, también. 

El 7 de abril, tras una extracción para análisis de sangre, tuve la segunda consulta en Oncología. Y por la tarde me instalaron un reservorio, un implante de acceso venoso central, conocido como un «Port-a-Cath», mediante cirugía en el Hospital Provincial. Eso permitió que el jueves 10 me diesen el primer ciclo de quimioterapia en Hospital de Día (la primera foto es de esa sesión, precisamente). Previamente, el día 9 tuve la primera cita con el cirujano que me operará, quien me indicó que debía perder peso y ponerme en forma, además de ir al rehabilitador para darme pautas de respiración (cosa que me toca mañana 12 de mayo). El cirujano me comentó las dificultades y riesgos de una intervención de este tipo, más aún cuando, como en mi caso, tomo anticoagulantes por la trombosis, un riesgo añadido a los demás. 

Desde entonces he tenido dos ciclos más de quimio, con los efectos secundarios correspondientes (astenia, diarrea, hipersensibilidad en manos y pies, caída del cabello, como comentaba al principio, debilidad, hongos y aftas bucales, hemorragias nasales…), pero no he dejado que estos efectos me hundiesen el ánimo y la moral. El mismo día de la endoscopia salí con la idea de que me tenía que curar. Desde que me prescribieron la colonoscopia ya empecé a sospechar sobre cáncer, con lo que estaba «sobre aviso». Pero, como le dije a la enfermera, ya no estamos como hace 30 años, cuando si te daban esta noticia, la pregunta al médico era cuánto tiempo te quedaba de vida. Afortunadamente y gracias a la ciencia, son muchísimos los cánceres que se curan (y he conocido más casos de esos entre personas conocidas, de los que me hubiera podido imaginar). Y, si hay que luchar, se lucha. Incluso yo mismo animé a mi mujer en ese momento de impacto emocional, y le dije que al día siguiente volvía al trabajo. No me iba a pasar el día en mi casa dándole vueltas a la cabeza y pensando en la mala suerte que había tenido. De hecho, hasta la operación de instalación del Port-a-Cath, no he estado en baja, y he acudido a trabajar casi con normalidad (solo faltando por la citas médicas), culminando el traspaso del trabajo pendiente a las compañeras de la Secretaría del Ayuntamiento de Fuente Palmera, donde soy funcionario, y cuyos compañeros y compañeras, tanto corporativos como empleados, han estado desde el primer momento apoyándome (cosa por la que les doy las gracias). Además empecé pronto a comunicar a familiares y amigos mi situación, lo que me ha permitido conversar y verbalizarla, ayudándome mucho a la hora de mantener el buen estado de ánimo, gracias al afecto demostrado por ellos. Y el buen ánimo cura. 

Mi familia, especialmente mi mujer, Ana, está siendo un apoyo fundamental en todos los sentidos. Me siento arropado y querido, cosa que, sin duda, incide en las posibilidades de curación. Es muy emocionante el sentir las buenas vibraciones que me transmiten, incluido el personal sanitario que me está atendiendo, cuya empatía y buen hacer son de mucho agradecer. Los efectos beneficiosos de la quimioterapia también los estoy notando desde hace algunos días. Ya no me duele al comer, y casi no tomo analgésicos. Buena señal.


Y si hay algo que me impulsa más a luchar, lo que me da más ganas de vivir, es ese afecto, al que se añade el de una personita que hace 21 meses se incorporó a nuestras vidas, y que tiene toda la suya por delante, nuestra nieta María. La que me llama «bubu», la que corre cuando nos ve al llegar a casa y nos abraza contenta. La que sonríe en mis brazos, cuando la cojo tras hacerme correr tras ella por el jardín. Esa a la que queremos con locura sus padres, abuelos, bisabuelos, tíos, primos y demás (hasta los perros). Como he dicho más de una vez, a mi nieta espero acompañarle de la mano cuando se gradúe en la Universidad, o donde ella quiera. Y voy a hacer todo lo que pueda, y más, para verlo. Me he preparado esta camiseta para ahora, cuando llegue a casa, recibirla como se merece. ¡Esta sí que es una inyección de vida!

Espero que pueda seguir escribiendo, aunque sea con menos dedicación y con más dificultades, como me ha pasado con mi colaboración anual en la revista de la Feria de Mayo de Palma del Río. Pero, esta batalla la vamos a ganar. Tendré salud, más salud ¡Viva la vida!

domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

domingo, 23 de junio de 2024

Salud


Cuando la pandemia del Covid 19 solía felicitar los cumpleaños y otras celebraciones deseando felicidad y salud. Lo segundo, obviamente por motivos lógicos, pues qué mejor deseo que no padecer una enfermedad, como la hasta entonces con repercusión desconocida, causada por un virus nuevo. Mi última entrada en el blog fue también felicitar, el 31 de diciembre pasado, por la entrada en el año nuevo, con una de las imágenes que capté hace años en una visita al Parque Nacional de Doñana, con una naturaleza hermosa. Entonces me sentía mal y esa imagen me reconfortaba de alguna manera. Por la tarde, cuando Ana, mi mujer, volvió de casa de las hermanas, donde habían estado preparando la tradicional cena de Nochevieja, me trajo un test del covid y di positivo. Otro año más, el segundo consecutivo, encerrados en casa, aquejado de la dichosa enfermedad, de la que, seguro, me contagié en la "tarde buena" del 24 de diciembre. Menudo comienzo de año. Tuvimos que improvisar una cena para los dos en mi casa y felicitar a la familia y amigos desde el WhatsApp.


Pero no ha sido este el único problema de salud. Como había ganado mucho peso en las Navidades y antes, y este año teníamos la boda de Anita y Miguel, volví a hacer ejercicio con la bicicleta estática que me había buscado hace unos años y con la que pretendía ponerme en forma. Vamos sumando años y cada vez es más difícil perder kilos y mantener la agilidad. Así que, con irregularidad, por cierto, me puse a "hacer kilómetros" por las tardes dentro de casa. Además me iba a venir bien para mi idea de disfrazarme en carnaval y pasar el Domingo de Piñata entero en la calle disfrazado, como en los viejos tiempos. A mediados de febrero empecé a sentir dolor en la pierna izquierda y mis varices se estaban inflamando. Ya el día 12 de febrero usé por última vez la bicicleta, pensando que me habría lesionado de tanto abusar en tiempo y supuestos kilómetros. El 18, Domingo de Piñata, salimos disfrazados, como había previsto, y por la noche, casi tenía que ir arrastrando la pierna por el dolor. El martes conseguí cita con el fisio para que me tratara el miércoles 21, afortunadamente, pues solo caminar y conducir eran un verdadero suplicio. Cuando me tumbé en la camilla me dijeron que eso no tenía pinta de lesión muscular ni de tendones, que parecía una flebitis. Me recomendaron acudir al especialista cardiovascular. De allí me fui a mi médico que, tras reconocerme, me indicó que fuese a urgencias al hospital Reina Sofía, que no esperase a pedir cita, ya que podría ser una tromboflebitis, y el riesgo de embolia, si se soltaba algún trombo y se desplazaba por la vena hasta, por ejemplo, un pulmón, podría tener consecuencias muy graves.

Eso hicimos, nos fuimos a urgencias y allí estuvimos toda la madrugada, haciéndome prueba tras prueba, hasta que en radiología, cuando me hicieron una ecografía, me confirmaron que tenía "un trombo enorme", y que me derivaban a medicina interna. Allí me reconocieron y me hicieron un informe para pedir cita en medicina externa del hospital, recetándome heparina e inyectándome la primera dosis. El informe decía: "Se objetiva contenido ecogénico en cayado que se extiende por safena mayor en todo su trayecto. Hallazgos en relación con extenso trombo."

El especialista de medicina interna, que me vio más de cuarenta días después, me confirmó la gravedad del asunto al afectar al cayado, una parte de la safena que comunica con otras venas internas, por donde se puede escapar algún trombo y alojarse en el pulmón y me cambió el tratamiento de anticoagulantes (estaba cansado de tanta inyección), dándome cita para finales de mayo, mandándome análisis y nueva ecografía previamente. Durante más de tres meses he estado de baja laboral, hasta el 31 de mayo, ya que de la ecografía posterior se deduce que tengo: "Trombosis completa de vena safena magna que comienza unos 6 cm distal al cayado y afecta a los tercios medio e inferior del muslo." Es decir, que sigo teniendo dos tercios de la safena con trombosis, aunque el cayado ya no esté afectado. Vamos, que sigo enfermo, aunque podamos haber salido de la zona de peligro, posiblemente, y ya pueda seguir "Dieta y régimen de vida normales." Con un tratamiento de anticoagulantes durante un año, y con revisión en diciembre.

Y en esto nos encontramos, con una enfermedad de larga duración, durante la que he perdido más de diez kilos de peso, por una dieta autoimpuesta, y por los numerosas caminatas que he hecho y debo seguir haciendo, ya que también es bueno para diluir el trombo. Por eso llevo sin publicar nada en lo que va de año, ya que son pocas las ganas que he tenido de escribir, con una baja de larga duración, con dolores, con miedo, con dificultades para moverme, desanimado. Aunque, por fin, estoy volviendo a la normalidad, pese a la enfermedad.


Ya Ana y Miguel se casaron a principios de junio, pidiéndome que les oficiase la ceremonia privada, que salió muy bien y muy emotiva, con su preciosa niña acompañándonos en un lugar muy hermoso. Luciendo yo "tipito" (lo que pude), y olvidando por un momento mis problemas de salud. Problemas que, desde ahora, espero, no me impidan seguir atendiendo el blog.

martes, 6 de junio de 2023

Las discotecas, de las pioneras a hoy día

Salón del Club Juvenil, con los aparatos de efectos luminosos que instaló la OJE. Foto del Archivo municipal.

La feria es sinónimo de fiesta, de diversión. Cuando éramos jóvenes las ferias eran un momento especialmente esperado para una diversión diferente. Aunque también durante las ferias algunas maneras de divertirnos, de disfrutar de las fiestas, coincidían con las que conocíamos durante el resto del año. Era el caso de las discotecas, de los bailes, que algunos de ellos trasladaban su sede en el verano hasta el Paseo para seguir funcionado al aire libre.

El Candil o Munsters Club. Entre otros, Antonio Peréz Limones, Conchi Vargas, Paqui Ruiz. Y Julio Lopera. Principios de los setenta. Foto de Manolín Fernández, cedida por Paqui Ruiz.

En invierno existió durante unos años el Mesón El Candil, en la Calle Cuerpo Cristo, que en verano se trasladaba, como hemos dicho, al Paseo. Lo fundó el cura Don Tomás, Tomás Pérez, sacerdote que dejó una profunda huella en Palma y que murió en Villafranca hace años. El Mesón El Candil ocupaba una casa antigua con un bonito patio, donde edificaron la sala de baile y la barra de bar, al que se entraba por un largo pasillo. Tenía árboles y el sabor de una casa típica de la arquitectura popular palmeña. En la planta alta había una vivienda donde se alojó la familia Lopera,  cuyos hijos fundaron la Imprenta Lopera con empleados de la antigua Imprenta de Leonardo Fijo. La discoteca tuvo varias épocas de vida, siendo gestionada por varias personas, entre otras, Antonio Pérez Limones y Manolín Fernández, los dos del grupo local de "música ligera" (como se decía entonces) Los Munsters, y con el nombre de Munsters Club fue conocida, desde entonces. Ahora permanece cerrada. 


Otra discoteca o baile frecuentado era el de la Organización Juvenil Española, que compartía el edificio anejo al Ayuntamiento, entrando por al calle Ruiz Muñoz, con la Escuela Unitaria de Niños dependiente del Consejo de Protección Escolar del Frente de Juventudes que dirigía Antonio García Chaves. El salón del edificio disponía de salas de juegos, de lecturas, de televisión, etc, y era la sede de la OJE, que ofrecía sus actividades como los campamentos, excursiones, actividades deportivas o la famosa banda de cornetas y tambores, y era usado los fines de semana como discoteca, a la que asistíamos dando los primeros pasos como jóvenes "bailongos" los amigos del barrio y del instituto. En la Transición Democrática se abrió allí el Club Juvenil, gestionado por diversas asociaciones juveniles y culturales. Sus bailes se siguieron desarrollando en el salón principal, ocupando los disc-jockeys una parte que se había cerrado con una valla de ladrillo y reja en el zaguán de la entrada por Ruiz Muñoz. Djs fueron, por ejemplo, Francisco Gómez, "Quiquín", y mi hermano Roberto, amantes de la música y los aparatos eléctricos. 


Elección de la reina de las fiestas. Entre otros, Juan Liñán, Emilia Reyes, Rafael Ceballos, M. Carmen Peso, Brígida Trujillo, Miguel Delgado, M. Victoria Peso, Antonio Delgado y Belén Flores. Atrás varios componentes de Los Munsters. Foto de Paqui Ruiz.

Volviendo a las ferias y a los veranos en general, estos bailes, que hemos comentado, se desarrollaban al aire libre en las dos casetas que había en el Paseo Alfonso XIII. El Mesón El Candil, luego Munsters Club, se trasladaba al final del Paseo a la izquierda. Recordamos sus muros blancos y su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros de la fachada, mirando al exterior. Durante la época de Don Tomás se realizó allí un concurso, entre jóvenes palmeñas, de reina de las fiestas, con sus damas de honor, durante varias ediciones de Feria.


Caseta de verano de la OJE, luego del Club Juvenil. Foto del Facebook de Pepe Ortega.

Enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil  celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras del Paseo de los años 90.


Entrada del Munsters Club en la Feria. Foto de Francisco Gómez, "Quiquín".

Más "bailes" de feria se celebraban en las dos casetas de obra que había, y cuyos edificios perviven, ya adaptados a los nuevos tiempos, como eran la Caseta de la Amistad, propiedad del ayuntamiento, a la izquierda, y la del Casino, o Círculo de Recreo, a la derecha, que era privada. También, ya en los años ochenta, el ayuntamiento se hizo con el Cine Coliseo España para destinarlo a caseta de Feria, que estuvo funcionando antes de hacer las obras del Teatro, como establecimiento de hostelería durante el verano, celebrándose diversos eventos festivos como conciertos musicales, teatro, cine, etc.


Componentes del grupo Los Munsters. Foto del Facebook de Paqui Ruiz.

Después de tener el Munsters Club, Antonio Pérez Limones fundó la Discoteca Tato´s. La gran discoteca de Palma. Famosa por sus bailes de carnaval, o de nochevieja. Y por los desfiles de modelos, bodas, conciertos y otros actos. Tenía dos pistas, la de “rápido” con música propiamente discotequera, con muchos efectos luminosos, a la que se bajaba por unos escalones y la de “lento”, donde sonaban baladas, para el “baile agarrado”, sin iluminación estridente, a fin de no molestar a las parejas danzantes, en la que aprovechábamos su oscuridad para escarceos erótico-festivos, fuera de miradas indiscretas. Además de la barra y los asientos y mesas repartidos por ambas zonas.


Entrega de premios deportivos de Radio Palma en la terraza de Tato´s. Foto de M. Muñoz Rojo.

Disponía de una terraza al aire libre ajardinada, que diseñó Pepe Bejarano, el pintor, como también el logo, el de perrito. Sus mesas y sillones eran de forja (que todavía podemos ver en la terraza de Los Cabezos), con otra barra de bar, muy adecuada para el verano, y una parte que luego cerraron con cristaleras para el invierno. Cuando se cerró se instaló allí un centro de diálisis.

En la calle Coronada, encontrábamos la discoteca Géminis, otra veterana, fundada por Rafael García Belmonte, que también fue Mesón, más tarde trasladado a la calle José de Mora, junto a la piscina que abrió en el antiguo solar de la casa que le vendió mi padre al principio de los años ochenta. Tuvo varias épocas, con otros gerentes, y ambientes (por ejemplo, fue disco-joven, en horarios vespertinos, sin servir alcohol, e incluso en horario nocturno abría desde los jueves). Ya cerró hace varios años.


Interior de la discoteca Géminis. Foto del Facebook de Paqui Méndez.

Otra muy conocida era la Discoteca Marathón, en la calle Barbera, de Iván Gamero. También tuvo varias direcciones, y una de ellas la llamaron Omaira durante un tiempo. 

Funcionaron además disco-pubs, como el Disco-pub Lord Byron, junto a la Pizzería Michelangelo, de Jesús Morales, dueño del pub del mismo nombre, pionero de los pubs en Palma y de muy grata memoria. Y otro en la calle Ana de Santiago. Además en la calle Río Seco funcionaron el Cubo´s (más tarde Coco Bongo) y El Patio (luego La Barraca).


Entrada actual del inmueble donde se ubicó el Mesón El candil. Foto del autor.

No podemos olvidar que durante los años sesenta causó sensación el fenómeno del guateque. Las fiestas que se organizaban en las casas, locales, cocheras, etc. para bailar, beber y ligar. Quien tenía un pick up (el "picú", el tocadiscos portátil) se convertía en el dj del baile y casi seguro ligaba pinchando los éxitos de la temporada, como los de Nino Bravo, Karina, Los Brincos, Camilo Sesto.... Más tarde la música disco dio un salto con la banda sonora de la película "Fiebre del sábado noche", o la música negra de la Tamla-Motown, sones populares que recuerdan el programa Aplauso de RTVE, con el gran José Luis Fradejas. Eran los tiempos del pantalón de campana, las solapas anchas, la melena, los colores rabiosos, los lunares en las camisas, la psicodelia, los collares (recuerdos de la era hippie, pero menos ostentosos), el funk, el soul, la música disco, cuyo precursor fue el Sonido Philadelphia. 

El fenómeno de las discotecas fue menguando con el tiempo. Abrieron la Orange en las inmediaciones del Paseo, que creo que es la única que resiste. El botellón y el acceso a la música por internet y con baratos medios de reproducción han hecho que estos negocios dejasen de ser rentables en nuestro municipio (no en las zonas costeras y de gran afluencia turística, ni en las ferias, con las disco-casetas que sí proliferan). También los que frecuentábamos estos establecimientos nos hemos hecho mayores y hemos cambiado nuestras costumbres de ocio. Pero no está mal haber echado la vista atrás y haber recordado estos espacios que un tiempo fueron lugar de encuentro y diversión cada fin de semana de nuestras vidas.

(Artículo publicado en la revista de Feria de Mayo de 2023)

viernes, 7 de enero de 2022

El colmenero o apicultor


El uso de la miel y la cera, productos que nos proporcionan las abejas, está acreditado históricamente desde hace miles de años. Hay pinturas rupestres que muestran la recolección de la miel de las colmenas silvestres. Los antiguos egipcios ya usaban colmenas artificiales para criar abejas y obtener sus frutos. Y todas las civilizaciones cercanas han considerado a las abejas como aliados muy beneficiosos. Por tanto el oficio de apicultor es de gran antigüedad, y en nuestra tierra está también arraigado tradicionalmente.

Colmenas en huerta de La Pimentada, junto al antiguo embarcadero de la Barqueta (Foto del autor)

Palma del Río cuenta y ha contado desde siempre con colmenas y apicultores que han se han aprovechado de ellas. La cercanía de Hornachuelos, donde la apicultura tiene una gran presencia y valor, y nuestros cultivos y flora local han permitido que la producción de miel haya estado presente con cierta importancia. Las abejas polinizan la vegetación de sierra, como el tomillo, el romero, el castaño, la encina, el madroño, y también las plantas cultivadas, como el azahar de los naranjos y limoneros, tan abundantes en la zona. Y eso hace que produzcan diversos tipos de miel con diferentes sabores y propiedades. Otros productos son el propóleo, útil para combatir bacterias, virus u hongos, o la jalea real.

Rafael Lora, con Mariano Rosa Castiñeyra y alumnos de apicultura (Foto Museo Municipal)

Conozco a una persona que se dedicó a la apicultura, aunque lo dejó hace tiempo, Rafael Lora López. Su vocación viene de familia, pues a su madre la conocíamos en casa como Rafaela “la de la miel”. Rafaela tuvo un puesto en la plaza de abastos y en su casa la miel era algo fundamental. Todavía sus hijas elaboran algunas veces la meloja, un dulce de miel con cidra, parecido a la mermelada, que ya nos traían a casa cuando Rafaela la hacía en su casa de la “Calle Mangueta” (Manga de Gabán, en su denominación popular) y disfrutábamos de pequeños.

Interior de colmena (Foto Museo Municipal)

Rafael fue mancebo de botica en la Farmacia de Chacón, donde lo recomendó mi padre, el practicante José Domínguez Godoy, como más de una vez me ha recordado. Después se fue al Ejército del Aire. Y a su vuelta ejerció de colmenero, enseñando también a otras personas este oficio, y los secretos  de la cría de las abejas (como el emplear dos abejas reina en cada colmena, aumentando el rendimiento) y el proceso de extracción de la miel y la cera. En las fotografías encontramos una de sus clases prácticas, junto a Manuel Rosa Castiñeyra, que era el profesor teórico, y algunos alumnos de entonces. También tuvo una tienda de productos apícolas en la Avenida de la Paz e hizo de comentarista taurino en medios locales, afición a la tauromaquia que compartía con su tío materno Manuel López Cumplido, “Chacoque”, que fue becerrista en sus años mozos.

Desoperculando el panel de una colmena mediante un cuchillo o peine (Foto Museo Municipal)

En el Museo Municipal colaboró en el montaje del apartado dedicado a la miel, dentro de la sección de Usos y labores tradicionales, de donde proviene la mayoría de las fotografías expuestas en este artículo. También se ofreció en muchas ocasiones al Ayuntamiento, tanto para exponer y enseñar su trabajo, con verdadera pasión, e interesar a los jóvenes y los escolares en el oficio, como a retirar enjambres de abejas que se habían situado en cornisas, ventanas, u otros espacios habitados por los humanos, provocando la alerta entre los vecinos. 

Prensa para sacar la cera (Foto Museo Municipal)

Hoy día tenemos el problema de la disminución en el número de abejas en nuestros campos, problema a nivel mundial que se viene observando desde hace años, debido seguramente al cambio climático. Con ello la masa vegetal ve amenazada su existencia al disminuir la ayuda a la polinización, necesaria para su reproducción Un motivo más para luchar contra este inconveniente tan grave.

Colmena silvestre en edificio (Foto Museo Municipal)

Afortunadamente, hay más palmeños que sienten la pasión por las abejas y no faltan colmenas en nuestra localidad, así como productores y comercializadores de miel y otros derivados. Esperemos que este oficio tradicional no se pierda, por el servicio que, además, presta a la humanidad, para bien de todos.

(Entrada publicada en la web del Ateneo Científico y Artístico de Palma del Río)

martes, 14 de abril de 2020

40 aniversario del pub Lord Byron, El Pub


Estamos en 2020, y en 1980 surgió el primer pub en Palma del Río, el Pub Lord Byron. En este año se cumple, por tanto, el cuarenta aniversario de su fundación (que fue concretamente el 14 de febrero de 1980). Estaba situado en la calle Ancha, en el bajo comercial de los pisos de la familia Morales. Se anunció como "English pub", un bar estilo inglés, en cuya decoración se recreaba una taberna típica del Reino Unido. Lo abrieron la familia Morales (los hermanos Jesús, Manolo, Mariano, Óscar y Cesar) aunque Jesús era quien se hizo cargo del establecimiento. Luego abrirían la Pizzería Michelangelo (Mariano), el Disco-Pub Lord Byron y la taberna (o bodeguita) Lord Byron (ambos Jesús), en la planta baja del Edificio Santiago, el que se hicieron en el barrio de Goya. Era un lugar de encuentro, una especie de club de amigos, donde hallar, además de diversión, complicidad, confianza y afecto entre los clientes y respecto de los que allí trabajaban. Una especie de Cheer`s (el de la serie de televisión) de Palma.

La familia morales en la Bodeguita o taberna Lord Byron (foto del Facebook familiar)

Debido a su éxito, posteriormente en Palma se abrieron muchos pubs: el Gardiner, el Decuma (luego, el pub Chico), el TXSKO, el Alamillos Street, el Tiziano, el Blandi (primero Azahara, el del “porcelanosa”), el Waikiki, el Túnel (después +kná), Venus, el Pelotazo (antes Rusticana), el Zulú (luego el del Mochu, el 127), el Cubo´s (más como disco-pub, luego Coco-bongo), el Patio, el Saratoga, cada uno con su estilo y personalidad... pero el Lord Byron no era un pub más, era “el pub” por antonomasia. Dio la campanada, y mantuvo su afluencia hasta su cierre, pasando a manos de otros gerentes, con otros nombres, tras el retiro de Jesús.

Jesús, en carnaval, con dos clientes disfrazados

El Lord Byron lo dirigía Jesús Morales, con su oronda y feliz corpulencia de maestro cervecero. Una anatomía resaltada de mofletes colorados, y amplia sonrisa, no escondida en su perenne barba. Todo simpatía y ganas de hacer amigos. Era como un Papá Noel tabernero, a la vez bonachón y picaruelo, que se podría pasear por Munich sirviendo cerveza para la concurrencia. Un Baco de pintura barroca. O escanciador de la hidromiel a los dioses del Walhala, mientras walkirias danzan y ríen el son de sus contagiosas carcajadas. Un personaje, sin duda.

Cenicero del décimo aniversario

Abrió en 1980, cuando acabábamos en el instituto y estuvimos en la inauguración, ya que uno de la pandilla, Manolo Pérez, es familia, primo. Costaba un cerveza un pastón (para nosotros, claro), pero empezaron siendo de tercio, no quintos, ni cañas (más tarde pondrían el grifo y el barril). Pensamos la primera vez que no volveríamos, pues estábamos acostumbrados a los precios del bar el Gallo o el Guerra, por ejemplo, precios para obreros y estudiantes, sin lujos, ni música, ni ambientes foráneos. Te ponían al principio un cuenco con maíz tostado y otros frutos secos (el “pienso”), un atractivo más. Progresivamente fue ampliando el “menú de comidas”: sandwiches, hamburguesas, perritos calientes... en su última etapa pusieron de moda las tostas, cuando instalaron cocina en el rincón derecho de la barra (donde estuvo la diana de dardos).

Manolo Morales, el “Tomizo” y una clienta

Al local se entraba por una puerta de madera, que asemejaba a una inglesa, con un letrero con la silueta del escritor británico colgado sobre ella, al estilo de los bares de aquellas tierras. Una jardinera con una hiedra y un ventana completaban la fachada. Por esa puerta se accedía al local, en una zona amplia con la pared del hueco de la escalera del edificio al fondo. A la izquierda estaba la barra, sobre una zona más elevada, con unas barandas de madera para proteger a los clientes del escalón. La zona central de la barra estaba retranqueada, para dejar el mismo ancho de pasillo sorteando el hueco de la escalera. Al penetrar nos encontrábamos con otro espacio cuadrangular a la derecha para mesas y bancos, como en el de la entrada, además de los servicios. Al fondo una puerta de emergencia y una ventana, cerca de la barra, donde hubo un juego de dardos y la televisión, más tarde. La decoración se componía, al principio, de láminas, tipo cacería del zorro, caballos y otras estampas decimonónicas inglesas, para completarse, tiempo después, con otros objetos. Un zócalo de madera recorría el local, y la barra tuvo más tarde, además de los estantes para los productos en la pared de atrás, otro armazón encima de la barra.

Jesús con otro cliente, e ilustre “tabernero” ya fallecido, Manolo Blasco

Un atractivo que tenía y que nos encantaba, es que se podía escuchar la música del momento, por supuesto en Lps de vinilo: Miguel Ríos, Orquesta Mondragón, Radio Futura... Incluso grabamos más de un disco para poder reproducirlo en nuestros cassettes. Jesús siempre tenía actualizada su discoteca, y con nuestra edad, aquello nos hizo frecuentar sus instalaciones, con el éxito de la movida.

Jesús con Rafa Limones, y “Altomira” el de los azulejos

Nos acostumbramos a ir todos los días y pasábamos muchas horas allí, aunque consumiésemos menos de lo que quisiese el dueño. Los sábados empezábamos la “jornada de fin de semana” allí y luego nos íbamos de discoteca (Tato´s, Omaira-Marathón, El candil...), para volver al pub a “echar la penúltima” antes de irnos para casa. Los fines de semana también nos citábamos al medio día, a echar la cervecita con los amigos. Durante los años que estuvo abierto, muchas amistades se fraguaron allí, también numerosas parejas se formaron (o rompieron) en el pub. En la barra se podía charlar, pues la música no era estridente y de alto volumen. Hasta los camareros se convirtieron en nuestros amigos. Varios pasaron a prestar sus servicios: Flores, Carmelo (tristemente ya fallecido), Antonio, un pariente de los Morales, el Viri (Rafael Cumplido), Tomizo ... y otros cuyos nombres ya no recuerdo.

Uno de los camareros, Flores

Otro atractivo que tenía eran los juegos, con los que amenizar las estancias: la máquinas recreativas, el billar americano, la diana de dardos, los juegos de mesa (dados, tres en raya...). Una excusa más para pasar largos ratos en compañía de amigas y amigos.

Otro de los camareros, Rafa Cumplido, el “Viri” (foto de su Facebook)

En los años que frecuenté ocurrieron muchas anécdotas, como no podía ser menos. Los primeros cubalibres, las primeras borracheras, los ligoteos. En las tardes de domingo Jesús bajaba el proyector de Super 8 y nos ponía películas. Por las noches cambiaba la temática hacia el cine de adultos (“aquí hay tema” decía Jesús riendo mientras hacía con su brazo un gesto que indicaba el tamaño del miembro del protagonista). Más tarde, con la adquisición de nuevas tecnologías, llegó el vídeo, continuando con las proyecciones, y además las grabaciones, como aquella, que repetimos una y otra vez, del concierto que dio Miguel Ríos en las Ramblas de Barcelona, cuando el campeonato mundial de fútbol de España de 1982, con el disco Rock & Ríos.

Jesús asomado a la ventana de la C/ Ancha, con unos clientes

A Jesús le gustaba sorprendernos. De vez en cuando aparecía con alguna botella singular, como las que contenían bebidas exóticas (con lagartos y cosas así). También recuerdo el ron de Rute, Virtuoso, que se podía beber sin mezclar con nada. Muchos recuerdos, seguro, que asomarán a las mentes de quienes pasaron por allí y lean estas humildes palabras, con motivo de las cuatro décadas transcurridas desde que apareció el Lord Byron en nuestras vidas.

Jesús en la fachada original

Como dije al principio, en Palma hubo una época donde se prodigaron muchos pubs, pero el Lord Byron fue, sigue siendo y será siempre (con artículo determinado y mayúsculas)... El Pub. Algo que, sin duda, merece la pena recordar.

domingo, 20 de octubre de 2019

Rafalillo Nieto, sus bares y el ambigú



Retomamos los paseos por nuestros recuerdos de otros tiempos relacionados con la diversión, el ocio y las relaciones sociales, o sea, con los bares de Palma del Río. Y no podía faltar uno de los profesionales de la hostelería que conocí en mi infancia: Rafael Nieto Rodríguez, al que mi padre llamaba Rafalillo Nieto. Rafael vivía con su mujer, Carmen Cumplido, en la calle Feria, en la planta alta de un edificio donde se situaba, en su planta baja, el comercio de textiles El barato, la zapatería de Pepe Nieto y la accesoria que, al abrir sus puertas, nos sumergía en un mundo de ilusiones, por los juguetes que se vendían allí, además de las revistas y tebeos, y las chucherías, y que regentaba Pineda.


En el centro Rafael y Carmen, junto a Virginia y camareros empleados

Pepe Nieto era uno de los hijos de Rafael y Carmen, padre de nuestro amigo Rafa Nieto, que demasiado pronto abandonó una vida con un futuro espléndido de historiador por delante, por una repentina enfermedad. También Rafael y Carmen tuvieron otros hijos, como Curro, que fue director de la oficina local de CajaSur, el canónigo archivero de la Catedral de Córdoba e hijo predilecto de Palma del RíoManuel (y también compañero de estudios de mi hermano Pepe en el Colegio de la Inmaculada, el colegio de las Monjas), y Trini, la madre de mi amigo Federico, el catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Córdoba, que ostenta la medalla de la ciudad desde 2018.


Trini Nieto Cumplido

Trini estaba casada con Vicente Navarro, “maestro de la villa” del Ayuntamiento palmeño. Tuvieron cuatro hijos, Carmen (que viven en Cádiz y está casada con Javier, con quien conviví algún tiempo cuando era estudiante en Córdoba, y tenía las fotos que hoy publico en esta entrada, y me pasó Federico), Vicente (“Ferre”, que tuvo un comercio de aparatos eléctricos en la accesoria cuando cerró Pineda y otra familia que mantuvo el puesto), Rafael (“Rafalito”, que se fue a Sevilla y tuvo un hijo futbolista en el Betis, Rafael Navarro Mazuecos, ahora en el Deportivo Alavés) y Federico. Por desgracia, Trini murió a temprana edad y de Federico se hicieron cargo sus abuelos maternos. La recuerdo como una mujer simpática y cariñosa. Y creo que la última vez que la vi fue cuando asistió a la consulta de mi hermano mayor, en la casa de la calle José de Mora. Una pena.


Federico el día de Andalucía de 2018, medalla de la ciudad

Siempre he tenido relación con esta familia, pues vivíamos cerca, y estuve en la escuela de Antonio García Chaves con Federico y sus hermanos varones. A Carmen, la mujer de Rafael, la recuerdo como el típico ejemplo de “la abuela”. Siempre era amable con nosotros y nos trataba como de la familia, cuando íbamos a su casa. A Rafalillo (perdonadme la licencia) lo recuerdo con su sempiterno cigarrillo, asomado a la puerta de su casa, y, como no, tras la barra del Cine San Miguel.


Publicidad de la revista Guadalgenil

Rafael tuvo un bar, el bar Mezquita, en la calle Portá (la calle Queipo de Llano, entonces) y un aguaúcho o quiosco en el Paseo, donde alguna vez nos llevó mi padre a tomar algún aperitivo, pues era asiduo del establecimiento. Recuerdo escuchar las interpretaciones musicales de la Banda municipal de música, que dirigía el maestro Ángel Martínez de Chomón, desde la terraza, algo que se perdió, desgraciadamente, hace mucho tiempo. Otro establecimiento que contribuía a que los veranos y, como no, las ferias de Palma tuviesen su complemento hostelero conveniente.


Rafalillo, con unos clientes

Pero, como he recordado antes, también tuvo a su cargo el ambigú, del cine San Miguel, la barra donde vendían las chucherías típicas, y muchos espectadores esperaban el inicio de la sesión de cine tomando un refrigerio, o en los descansos entre sesión y sesión, o si la película era de muy largo metraje, como Los diez mandamientos” o Lo que el viento se llevó”, lo que obligaba a hacer un intermedio, que aprovechaban muchos para tomar algo.


Sala de proyección del cine San Miguel, con el hall al fondo, poco antes de ser demolido el edificio. (Foto de Carmelo Expósito)

El ambigú estaba situado a la derecha del hall o vestíbulo del cine, previo a la sala de proyección, en una plataforma a la que se accedía por unos escalones, junto a la escalera del “gallinero” y de unas terrazas que comunicaban con el cinema Jardín, el cine de verano contiguo al cine de invierno.


Elena con la familia Doblas

El cine San Miguel, ubicado en la calle Alamillos, otra añorada instalación palmeña, desapareció hace tiempo, para dejar paso a un grupo de casas, tras llevar varios años cerrado, y que solo se abrió en varias ocasiones para el concurso de murgas de los Carnavales. Sus dependencias también sirvieron para servir numerosos banquetes de bodas. Mi hermano Pepe, cuando se casó con Elena, siendo yo niño, también celebró su banquete de bodas en este Cine. En las fotos que publico se ve a unos familiares de Málaga, los Doblas, en esas terrazas a las que me refería anteriormente.


Pepe con los Doblas

No recuerdo cuándo se jubiló Rafael Nieto, supongo que cuando cerró el cine. Lo que sí recuerdo es que falleció antes que Carmen, y esta, para no quedar sola en su casa, se fue a Córdoba con su hijo Manolo, el sacerdote, falleciendo ya muy mayor. Su funeral fue todo un acontecimiento en Palma.


Rafael, a la izquierda, de nuevo con la clientela del bar

Una vez más recordamos esos lugares donde nuestros paisanos echaban sus buenos ratos de ocio, y a un gran profesional que los atendió, que, aunque nos quede lejos su recuerdo, también merece su sitio en esta historia entrañable de los palmeños que nos alegraron la vida con su esfuerzo.