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martes, 5 de noviembre de 2019

Se nos fue Pepe, el doctor, el último de los Domínguez López



El miércoles 30 de octubre pasado, sobre las diez de la mañana, en Almuñécar (Granada), falleció mi hermano Pepe, José Domínguez López, el mayor de los varones. Había nacido el 8 de septiembre de 1935 en Palma del Río (Córdoba), con lo que, recientemente, había cumplido 84 años. El 20 de octubre publiqué la última entrada en el blog, sobre Rafael Nieto y sus bares. En ella incluí dos fotografías de la boda de Pepe con Elena, pues se celebró el banquete en el Cine San Miguel, cuyo ambigú regentaba Nieto. Me extrañó que mi cuñada no comentase nada. Algo raro debía pasar. Y, así, el sábado 26 me llamó Elena comunicándome el estado de Pepe y sus esfuerzos por asistirle en los que esperaban que iban a ser sus últimos días de vida.

José Domínguez Godoy y Soledad López Cabrera
Los padres de Pepe eran el practicante José Domínguez Godoy y Soledad López Cabrera, su primera esposa. Sus hermanos, Soledad Domínguez López, nacida el 22 de diciembre de 1933 en Palma del Río y fallecida el 7 de octubre de 1992 en Reconquista (Santa Fe), República Argentina; y Mari Carmen Domínguez López, nacida en Palma del Río el 1 de septiembre de 1945 y fallecida en Málaga el 18 de enero de 2013. Era, por tanto, el último de los Domínguez López que quedaba vivo hasta ahora. Tras el segundo matrimonio de mi padre, con Carmen Peso Nieto, tuvo dos hermanos más: Roberto Domínguez Peso (11 de enero de 1963) y un servidor, Francisco Javier Domínguez Peso (8 de noviembre de 1961).

Sole, Mari y Pepe
De muy niño, como párvulo, estuvo en el Colegio de la Inmaculada, el colegio de las monjas, donde coincidió con el canónigo archivero emérito de la Catedral de Córdoba, Manuel Nieto Cumplido, y tuvo como maestra a sor María Gracia, con la que también estuvimos en ese centro los menores. Después estudió en la escuela de Doña Julia, la teresiana que influyó en Sole para que entrara en su orden, a la que ayudaba la tía de mi mujer, Anita Santos. Posteriormente estuvo interno en un centro de los Salesianos, donde tuvo que repetir un curso, posiblemente debido a su afición y buen hacer en el fútbol, lo que provocó que mi padre no quisiese saber nada de estos docentes, y que los menores estudiásemos en el Colegio San Sebastián, tras cerrar el suyo Antonio G. Chaves. Más de una vez me contó la anécdota que le ocurrió cuando un amigo de nuestro padre le dijo que “hay que ver lo bien que juega al fútbol Pepito”. Papá le respondió seriamente que se equivocaba, que su hijo no jugaba al fútbol. Más tarde le llamó y le cayó una buena reprimenda. Su madre, mientras le consolaba, le dijo con gracia: “te han querido poner una corona, y ha terminado siendo una corona de espinas, como la de nuestro Señor”

Revista Guadalgenil de 17 de junio de 1961: Reseña con la vuelta de Sevilla a Palma de Pepe en las vacaciones de sus estudios de Medicina
Estudió Medicina en la Universidad de Sevilla, especializándose en Cardiología, profesión que le otorgó cierta fama de buen médico entre los paisanos, primero, que muchos lo conocían como “el médico el lechugo” (apodo familiar de los hermanos de mi padre, que tan poca gracia le hacía a este, pero que Pepe no despreció aparentemente por la publicidad que le daría entre los conocidos), y en general, también, siendo uno de los referentes de esta rama de la medicina en Córdoba y fuera de esta provincia. 

Visita a Santander, donde estaba Sole con las teresianas
Vivió de estudiante en Sevilla en un piso alquilado a un pariente de mi padre, al que llamábamos el tío Aurelio, con Mari, cuando ella se fue a estudiar en la primera promoción de Ayudantes Técnicos Sanitarios, continuando allí al terminar la carrera ya en sus primeros trabajos como doctor. En la capital hispalense coincidió con otros estudiantes palmeños, como Rafael Carrasco o Manolo Carmona.

Boda con Elena, en la ermita de Belén
Se casó con Elena Alconchel Cabezas, nacida en Santa Fe (Granada) pero criada en Palma del Río donde los padres se vinieron, con otros familiares, y pusieron una tienda en la antigua carretera de la Campana, hoy Avenida de Andalucía. Tuvieron dos hijos, Pepe, que, a su vez, tiene otros dos hijos, Pepe (con Margarita, su anterior pareja) y Álvaro (con la actual, María), y David, casado con Inmaculada, con dos hijas: Reyes y Fabiola.

Pepe y Sole de niños
Cuando nací yo en 1961, Pepe ya no vivía en Palma, sino en Sevilla, donde estudiaba, como tampoco vivía Sole, la mayor, que, como teresiana, se dedicaba a la enseñanza y recorrió varios destinos, hasta que, desde Málaga, se marchó a Argentina a principios de los años setenta. Mari, al casarse mi hermano, se trasladó a Málaga, donde todavía permanecía Sole, y allí haría toda su vida, trabajando en el Hospital Carlos Haya, casándose con Antonio Miguel Olmedo y teniendo una hija, Macarena.

El abuelo Pepe con sus nietos y otros familiares
Sin embargo Pepe no dejó de venir a la casa paterna, en la calle José de Mora, número 3, ya que durante unos años pasó consulta, primero los lunes y martes de cada semana, más tarde solo los lunes, para dejar solo la consulta de Córdoba un tiempo después, cuando ya residía allí tras su matrimonio. No faltaba casi ningún domingo a la cita en la vieja casa del “abuelo Pepe”, para traer a la familia y que nuestro padre disfrutara de sus nietos. Además, nos juntábamos, cuando era posible, en las vacaciones y coincidíamos todos los hermanos y hermanas en la casa paterna, y muchas veces también después, cuando mi padre vendió aquella casa y nos fuimos a vivir a un piso cerca del Ayuntamiento. Como anécdota, en una de esas visitas, Elena nos trajo unos tebeos y los acogimos con tanto entusiasmo, que, cuando oí reír a Roberto, al leer uno, salí corriendo de la cocina donde estaba preparando la merienda, y tropecé con el andador de mi sobrino Pepito, que estaba tras una cortina, y caí con tan mala suerte que me partí el brazo izquierdo. Mi padre y Pepe me socorrieron, entablillando el brazo y algún día más tarde él me llevó al hospital, entonces Princesa Sofía, para que lo escayolaran.

Pepe, con la bata de médico, nuestro padre, mi madre, Roberto y yo, en la antigua casa
Como siempre se dedicó a la medicina privada, pasaba consulta en Córdoba en su propia vivienda, un piso alquilado a un banco en la Avenida del Gran Capitán número 25, luego número 23, tras una renumeración de la calle. Intentó entrar en la sanidad pública, y me consultó sobre la posibilidad de acceder a un puesto vacante en el Servicio de Cardiología del Hospital Reina Sofía, pues alguien le había informado que, por sus méritos y curriculum, él podía hacerse con el puesto, cosa que no fue posible ya que estaba reservado a personal estatutario del Servicio Andaluz de Salud, y él no lo era. La última vez que precisó de sus servicios mi madre, que también fue su paciente, por sus problemas de corazón, fue en septiembre de 2000, desplazándome a su casa a por recetas, ya que estábamos de visita en casa de mi tía Ascensión, en Córdoba, durante las fiestas de la Fuensanta, y un mes después falleció de cáncer. Incluso yo también fui “paciente” suyo a temprana edad, pues ya sentía esos extrasístoles tan molestos, que hace algo más de dos años me diagnosticaron, tras mucho tiempo sin sentirlos. Recuerdo que dijo que no tenía nada grave, algo muy frecuente, como han confirmado luego los especialistas de la sanidad pública. 

Comida de Navidad, con todos los hermanos, y mis padres aún vivos
Se jubiló a los 70 años, cerrando su consulta en Córdoba y trasladándose a Almuñécar a vivir en la casa que años antes se habían comprado allí cuando, en compañía de otros médicos, adquirieron una finca y fundaron una empresa para producir y comercializar frutas subtropicales, típicas de la zona, empresa que no prosperó por la falta de agua. Estaba todavía en plenas condiciones físicas y mentales, a pesar de la edad, conservando su figura espigada y elegante de galán, como me demostró un día de 2007, en que se vino a Palma a la presentación de un libro, a la que asistió su amigo de la infancia, el canónigo Manolo Nieto, y se volvió para Almuñécar de madrugada, él solo en el coche, a pesar de haberle ofrecido yo que se quedase en el piso.

De paseo con su familia, Mari y Antonio, mis padres y los hermanos menores
Durante nuestra niñez le gustaba llevarnos en su coche de paseos por el campo o la sierra. También hizo muchas de las fotografías que forman parte del álbum familiar. Una vez que Roberto y yo fuimos con él a la sierra nos paramos de vuelta en la Venta de El gallo, a tomar un refresco. Hacía tanto calor que Roberto se bebió una coca cola de un solo trago... y luego eructó tan estruendosamente que casi se cae de espaldas. El camarero le amonestó con un prolongado “¡niñooooo!” y todos reímos un buen rato. Le recuerdo con varios coches, varios Renault (un Gordini, un R8, R12...), y tuvo también una moto Sanglas, como las de la Guardia Civil de tráfico. Con uno de los coches, volviendo una vez de noche a Palma, chocó con un campesino que iba con su burro en la carretera a oscuras. Afortunadamente no hubo consecuencias graves, pero aún conservo en la memoria el agujero en el capó blanco, donde se estrelló el burro atropellado, con un tornillo sobresaliendo.

En la antigua casa, con la tía Adelina y Carmeli, su familia, Mari y Antonio y nosotros “los niños”
Cuando pasaba consulta en casa, mis primos Juan y Sebastián (“Chanín”), hijos de mi tía Belén (que, por cierto, era la última hermana viva de mi madre y falleció en febrero pasado en Fuenlabrada) que venían mucho a casa a jugar con nosotros, tenían vedada la entrada, del ruido que montábamos y que molestaba en las dependencias de la consulta. Una vez, cuando se despedían, mi primo Juan dijo “hasta mañana” y mi madre le advirtió que tocaban visitas médicas, a lo que él respondió: “¡Ah, claro! Que no podemos venir, que viene tu tío, o tu hermano, o... (hecho un lío ya por los apellidos y las edades diferentes) ¡el tío que venga!”. Nos reímos también un buen rato. Más tarde, cuando éramos Roberto y yo algo más mayores, aprendimos a “dar los números”, o sea, las citas para los pacientes de Pepe, tanto a los que venían a casa a pedirla y se las dábamos en un papel que imprimíamos nosotros con un tampón y un sello, como a los que lo hacían por teléfono y apuntábamos todos en una agenda.

Elena, Matilde (su madre), Pepe, nuestro padre, y yo colándome en la foto
Pepe me acompañó cuando me saqué el DNI por primera vez. Como había trabajado de inspector médico de la Policía conocía al comisario de Córdoba de entonces y concertó la cita para que fuese el mismo comisario el que hiciese el trámite en su propio despacho, en una planta alta del edificio que hay frente a la Cruz Roja. Recuerdo que, esperando a que le trajesen los útiles para tomar las huellas y otras cosas, mi hermano se dio cuenta de que se había dejado los faros del coche encendidos. Entonces me dio las llaves para que bajara y los apagase. Eso hice, y al volver a entrar, el policía que estaba de guardia en la puerta me indicó que entrase por otra que había en el lateral. Al hacerlo me interceptaron dos agentes uniformados con un “¿dónde vas?”. Me asusté, les quise contar que venía con mi hermano, que era inspector, pero no me salía la palabra, de los nervios, y les dije algo así como “teniente” o “general médico”, con lo que se quedaron mirándome con cara muy seria. Pensé que iba a ser  detenido en ese momento, y, entonces, les dije que había venido “a hacerme el carnet de identidad” (con voz temblorosa). Se rieron y me dejaron pasar. Seguro que se habían compinchado todos para gastarme una broma. Como yo ya andaba en contactos con la izquierda clandestina de Palma por entonces, mi temor fue más que justificado, aunque todavía no me había dado a conocer como activista político. Afortunadamente.

En casa de Roberto, en Extremadura, en julio de 2010, reunión familiar
Pepe fue un gran aficionado a la Historia, coleccionista de antigüedades y apasionado de la numismática. Tenía predilección por el mundo romano antiguo y una colección de la que se deshizo hace años. Al conservar amistades en Palma, también compartía con ellos dichas aficiones, como  pasaba con Pepe Cuevas, al que conocía de los juegos de la niñez, y con Antonio Pérez, “Chanca”, cuyos familiares también fueron clientes de la consulta, entre los que se encontraban muchas personas humildes, a las que ayudó, desde los primeros tiempos de sanitario, como aquellos que vivían en los chozos de la Mesa de San Pedro, o los que buscaban remedio a sus males de corazón procedentes de otras zonas rurales y casi aisladas de la provincia. Una vez vino a Palma, ya jubilado, para proponer al Alcalde, Salvador Blanco, la edición de un libro que estaba preparando sobre la biografía del obispo de Cartagena de Indias, Dionisio de Santos, nacido en Palma del Río en el siglo XVI y que era poco conocido por sus paisanos (no sé si terminaría con aquel proyecto, pues no lo presentó). Ya en Almuñécar mantuvo frecuente contacto con el Club de Patrimonio de Motril. Con él yo sí podía hablar de política (algo vetado en el hogar familiar), aunque, más bien, era él el que lo hablaba casi todo, pues su locuacidad era prolija y famosa, y me influyó, tras algunas conversaciones, para derivar hacia la socialdemocracia. También me sirvió para informarme sobre nuestra extensa familia (nuestros abuelos paternos se casaron varias veces, procreando holgadamente además), aunque hayan quedado pendientes aspectos que hubiera querido que me clarificara y me informase más. 

Con Pepito en brazos, todo un padrazo
Como buen profesional era serio y severo en su trabajo, como su padre, pero al mismo tiempo, se distinguía por el gracejo heredado de su madre, su simpatía. Era chistoso, y parlanchín, y afectuoso con la clientela (pacientes y familia), familiares y amistades, ganándose la fama de persona cercana y excelente profesional de la medicina. Marcelino Canovaca me decía que tenían un pacto para cuando coincidían en las bodas: en cada celebración le tocaba charlar a uno de los dos, alternándose, de tan dicharacheros que eran. 

Fiesta del 84 cumpleaños, en Almuñécar. Foto de su hijo Pepe
Últimamente se comunicaba conmigo por correo electrónico, haciendo muchos comentarios a lo que publicaba yo en el blog en este formato porque no se encontraba cómodo publicando  directamente en el blog. Me ha ayudado mucho en la redacción de muchas entradas sobre Palma del Río y sus gentes, recordando cosas de su niñez y juventud, y aportando datos valiosos para completar mis escritos. Tras sus achaques, que comprobamos en el funeral de Mari, en Málaga, y el ictus que le impedía orientarse y posteriormente moverse, la comunicación se hizo menos frecuente. Sus padecimientos fueron similares a los que se llevaron a Mari hace seis años. Y la última vez que hablé con él fue el día de su onomástica. Ya le noté en varios momentos “como despistado”, pues me habló de cosas que, más bien, podrían haber formado parte de la conversación con otras personas. 

En mi boda, los tres hermanos varones. 2008
Mucha gente me preguntaba, al verme, por “el doctor”, familiares, amigos, antiguos pacientes, lo que era síntoma del cariño que le profesaban en Palma. Ya solo puedo contar algunos de los muchos recuerdos que tengo de él, como lo he hecho de las demás hermanas que ya no están. El último de los Domínguez López nos dejó, y siento tener que comunicarlo a quienes se interesaban por él. Se ha ido quedándose con las ganas de que el Ayuntamiento hubiese puesto el nombre de nuestro padre a una de las calles de Palma, a pesar de la petición de algunos vecinos. Un deseo que me expresó varias veces, como reconocimiento a la gran labor social que hizo, e hicieron los sanitarios que, como él, trabajaron por la salud de los palmeños en precarias condiciones tras la contienda civil. Sirvan, en este caso, estas breves líneas para que su recuerdo no se pierda en la memoria de los palmeños y de los que le conocieron en vida, y que esta forme parte del listado de personas señeras que esta hermosa tierra ha visto nacer.

jueves, 31 de agosto de 2017

El astronauta y otras sorpresas de la catedral de Salamanca


El año pasado, con motivo de una parada en Salamanca en nuestras vacaciones, comenté mi primera visita a esta ciudad, ya hace años, haciendo especial referencia a la rana que hay en la fachada de la Universidad. Como hemos vuelto por allí este año, me puse a buscar otro elemento famoso de la arquitectura local, que me quedó por ver el viaje pasado: el astronauta de la Catedral.


En  nuestro primer día del viaje de vacaciones visitamos la parte más conocida de Salamanca: la Universidad, el huerto de Calixto y Melibea, la Plaza Mayor, el convento de San Esteban, la casa Lis (Museo Art Nouveau y Art Deco)... y, por supuesto, la Catedral. O mejor dicho, las catedrales, pues son dos, la Catedral vieja (románica y gótica) y la Catedral nueva (gótica tardía, renacentista y barroca). Buscamos la vieja con empeño pues no veíamos nada más que la nueva, llegando a rodearla, hasta que un joven que nos ofrecía el menú de un restaurante nos indicó que ambas estaban unidas (la vieja era esa parte que nos mostraba una torre con un gallo de veleta, sobre el ábside claramente románico).


Entonces le preguntamos al joven por el astronauta y nos indicó su lugar exacto. "Además podréis ver más sorpresas" nos dijo. Así que partimos de nuevo hacia la plaza de Anaya, donde se abre ante nosotros la conocida como Puerta de Ramos. El año pasado la fotografié, pero no encontré al famoso navegante de las estrellas, que tanto asombra al visitante. Tampoco me percaté de los demás "intrusos".


Hay una liebre (como nos dijo el joven paisano), que muchos conocen como "el conejo de la suerte". Alguien se inventó que, si lo acariciabas, te traería la buena fortuna. Así que presenta un color diferente y está más pulida que las otras figuras de tanto pasarle la mano por encima.


Vemos también una langosta o cangrejo de río (hay diferentes versiones) en el mismo lateral. También un lince, una cigüeña y lo que unos llaman un dragón y otros un diablillo o duende: una figura antropomorfa que nos mira con sonrisa burlona y nos muestra el rabo enredado entre la espalda y sus piernas, y su trasero. Podría pasar como un adorno original, pero el cucurucho con varias bolas de helado que porta en su mano izquierda nos adelanta el origen de esta y las demás figuras de las que hablamos.


Y, si elevamos la mirada, junto a un toro, encontramos al ansiado astronauta. Se nos muestra como flotando en el espacio exterior, con su escafandra, su caso, los tubos de respiración y la mochila de aire. Las suelas de sus botas exhiben el dibujo que dejaron las huellas, que conocemos por las fotografías de la NASA, de los primeros pasos en el primer viaje a la Luna.


Para los turistas es algo asombroso y no paran de hacerle fotos (además de acariciar la liebre, por estar al alcance de la mano). Hay quien ha aventurado algún "viaje astral" del escultor de la puerta para justificar la presencia de un intruso tan del siglo XX en una puerta con varios siglos de antigüedad. Sin embargo el motivo es menos esotérico: en 1993 se restauró esta puerta, al mostrarse en esta ciudad la exposición "Las edades del Hombre", y el escultor incluyó elementos modernos, para dejar constancia de que eran fruto de esa restauración.


Algo que es hoy día norma para la recuperación de obras de arte históricas, y ha ocurrido en otros monumentos y otras ciudades, como se puede ver (aunque no muy bien) en la foto que saqué el año pasado en la Catedral de San Antolín de Palencia, donde una de las gárgolas restaurada muestra a un fotógrafo con su batón y su cámara de fuelle.


Por cierto, el astronauta de Salamanca también ha tenido que ser restaurado, pues en 2010 unos gamberros le arrancaron el brazo derecho. En la imagen se ve con claridad que es otra pieza añadida, en la que no apreciamos las arrugas del traje, ni el guante que le cubría la mano con las muescas de los dedos, como se ve en su mano izquierda. En fin, que el misterio se desveló esta vez. Y nos pudimos ir de la capital charra con la satisfacción de haber encontrado al viajante interestelar.

martes, 2 de mayo de 2017

Fundación y refundación del PSOE


El PSOE fue fundado en 1879, en Madrid, hace 138 años. Fue en la calle Tetuán, en el bar Casa Labra. Asistieron 25 personas: 16 tipógrafos, dos joyeros, un marmolista, un zapatero, cuatro médicos y un doctor en ciencias. El movimiento obrero era fundamentalmente anarquista en España, formando parte de la Primera Internacional, pero el mismo Karl Marx se ocupó de que su yerno, Paul Lafargue, intentase que las ideas socialistas se implantaran en nuestro país. Para ello contactó con algunas personas, entre ellas Pablo Iglesias. Éste, con ese grupo de veinticinco personas, fundó el Partido Socialista.


Vivimos momentos de incertidumbre. La crisis que padece el PSOE no parece que amaine. Es más, las primarias convocadas para elegir secretario general están dividiendo a la militancia, y dejando salir a la luz formas y mensajes que se salen de lo normal, llegándose incluso hasta el insulto y el enfrentamiento personal, especialmente en las redes sociales, ya que internet está amplificando el ruido provocado por estas disputas de poder. Yo, hace tiempo, propugné la refundación del PSOE, ya que considero que debemos dar un buen repaso al partido, para recuperar mensajes, programa de izquierdas y credibilidad, en lugar de caer en las luchas cainitas que estamos sufriendo. No ha sido el camino escogido. Y eso me tiene decepcionado. Hoy día, aniversario de la fundación, no sé si recuperaré la ilusión, pero sí recupero una imagen del verano pasado, cuando estuvimos en Casa Labra, el lugar donde nació el Partido Socialista. Al menos allí pasamos unos buenos ratos en nuestra visita a Madrid.

lunes, 10 de abril de 2017

El walkman o lorillo de mi juventud


En estos días se está moviendo un grupo de personas, de las que fueron a las excursiones de semana santa a la comunidad de Taizé, para revivir aquellos viajes en forma de un viaje cultural por las localizaciones que están relacionadas con literatos y artistas españoles. La idea surgió porque en uno de esos viajes se hizo una parada en Colliure (Francia), donde está enterrado Antonio Machado, tras huir al exilio. En aquel viaje, se dejó depositada una bandera con los colores de la República, que hicieron con una bandera oficial a la que añadieron un trozo morado abajo. El trozo lo consiguió mi hermano Roberto, cortando la cola del traje de nazareno de mi padre (un modelo antiguo, pues los actuales de esa cofradía no llevan esa cola), con la excusa de ponérselo algún día al salir en procesión (como hizo más de una vez, por cierto). Mi hermano fue a aquel viaje, yo no. Ni llegué a visitar Taizé. Solo hice el último viaje que se organizó, que fue a Italia, en 1982, sin pasar ya por ese lugar. En los anteriores, además de la visita a la comunidad (por cierto, creada por el protestante "hermano Roger"), se aprovechaba para hacer algo de turismo por los alrededores. Eso hizo que se apuntase mucha gente con el exclusivo interés de viajar a precios baratos, y no de participar en actos ecuménicos religiosos. Otros iban porque en aquel lugar se encontraba mucha gente, entre ellas de varias comunidades españolas, dando rienda suelta a los deseos de libertad que surgieron tras la muerte de Franco. Se terminó solo con el turismo, en ese viaje a Italia. La idea del nuevo viaje es partir de Granada y terminar en Colliure, visitando ciudades relacionadas con la cultura que aprendimos de jóvenes.

En el albergue de Roma (1982), el grupo de viajeros. Yo, de pie, el que tiene los brazos en jarras (Foto de Rafi García)

En una parada de aquel viaje a Italia, que hicimos en Andorra, compré un reproductor de cassette, que estaba de moda entonces, por su pequeño tamaño. Los había de diferentes tipos: solo reproductores, grabadores... Con el tiempo se fueron haciendo cada vez más pequeños, aunque los más extendidos eran los que usaban las cintas estándar, las mismas que para aparatos mayores. Lo que les hizo populares era que se podían usar caminando, cómodamente, de ahí el nombre de walkman, aunque nosotros lo conocíamos también como "lorillos".


Durante el viaje fuimos muchos los que disfrutamos de la música, individualmente, gracias a estos aparatos. Yo me llevé varias cintas de mis discos favoritos grabados para poder escuchar música, e, incluso, me compré un trabajo muy de éxito entonces: el ROCK & RÍOS, de Miguel Ríos. Recuerdo cómo un amigo, durante un trayecto en autobús, se volvió desde el respaldo de su asiento, riéndose a pierna suelta de nosotros. Le pregunté el motivo y me dijo que la mayoría estaba bailando, solos, sentados, cada uno a su aire, con los auriculares puestos, y el autobús estaba en silencio. Una escena muy cómica.


La calidad de sonido de estos aparatos era buena, para la técnica de la época, reproduciendo en estéreo, a través de auriculares pequeños (cascos). Y se podían colgar de una cinta, en bandolera, o con una pinza que llevaban en el estuche donde se guardaban, que servía para fijarlos al cinturón, por ejemplo. Te permitían correr, andar, y llevarte tu música donde quisieras, sin cargar con pesados y voluminosos aparatos. Más tarde se empezaron a usar con CDs, pero de esos no he tenido ninguno.


El que compré en Andorra (todavía no se habían extendido los bazares, propiedad de marroquíes, indios, y más tarde, chinos, que vendían más barato que los comercios especializados en aparatos electrónicos, por lo que merecía la pena aprovechar estos viajes para hacer compras) es el que reproduzco en las imágenes. Es muy ligero y de tamaño reducido. Se alimentaba a pilas, aunque tenía una toma para adaptador de corriente que empleé mucho. Tenía incluso un micrófono que te permitía grabar sonidos, como hacían los reporteros con sus aparatos en ruedas de prensa que veíamos en televisión. Mi hermano me hizo unos pequeños bafles con un altavoz cada uno en una caja de plástico, que me permitió disfrutar del aparato como equipo de música para ambiente, usándolo en mis tiempos de estudiante en los pisos de Córdoba en los que viví de alquiler con amigos. Con el tiempo se fue estropeando (la cabeza reproductora se iba desviando, empeorando el sonido), y, además, las cintas de cassette se han ido perdiendo con el paso a los formatos digitales. Pero todavía funciona. Ahora es solo una pieza de museo entre mis cachivaches viejos de la juventud.

martes, 28 de febrero de 2017

Andalucía, sus tradiciones y sus retos


Hace unos años, de viaje de vacaciones por el País Vasco, estuvimos en Bilbao, coincidiendo con la Aste Nagusia, la Semana Grande. Tras un buen paseo por el casco histórico, nos paramos junto a una carpa donde, con bastante público sentado delante, unos bertsolaris entonaban, compitiendo entre ellos, sus creaciones poéticas. 


Uno de nosotros me dijo "¡qué nacionalistas son esta gente!", tras ver cómo se desarrollaban las fiestas. Junto a la ría las txoznas vendían sus productos adornadas con pancartas, murales y emblemas de claro corte nacionalista. Las tascas rebosaban gente que bailaba y cantaba al son de músicas autóctonas, con instrumentos propios. Incluso unos grupos animaban las calles tocando melodías del lugar, ataviados con ropajes tradicionales y tocados con las clásicas txapelas.


Yo le contesté: "Estamos en sus fiestas tradicionales, así que las viven según sus tradiciones. Unos serán nacionalistas y otros no. Lo que pasa es que, para nosotros, son extrañas, porque no las vivimos en Andalucía así." Y continué poniendo un ejemplo de lo que a otros extrañaría. "Imagina que alguno de estos que están por aquí bajan a Palma, durante la feria. Verán mujeres camino del Paseo vestidas de gitana, cantando y haciendo palmas por sevillanas. Caballistas vestidos con sombrero de ala ancha, chaqueta corta y montando con su pareja, vestida de gitana, a la grupa. 


Cuando entren por el paseo, la música serán sevillanas, rumbas o flamenquito. Las casetas y los bares tendrán farolillos y banderines, con música también similar y estarán decoradas con elementos tradicionales (mantones de manila, abanicos, motivos taurinos, castañuelas, guitarras, etc.) ¡y hasta en las lonas y cortinajes predominarán los colores blanco y verde! los de la bandera de Andalucía, además de los socorridos lunares. El vasco que nunca haya venido a una feria dirá también: "¡qué nacionalistas son esta gente! ¡todo hace referencia a sus tradiciones!". Y unos lo serán y otros no, como pasa en su tierra."


Se quedó pensando mi acompañante y me contestó: "tienes razón". Cada uno ve las cosas según acostumbra a vivirlas, y si no es lo que ve corrientemente, le parecerá que lo ajeno que ve en su visita es fruto de de algún fanatismo o empecinamiento en lo indígena como el de los nacionalistas.


Los nacionalistas acostumbran a manipular la cultura popular para conseguir el apoyo a sus tesis a base de exprimir sentimientos, como los que provocan las tradiciones. Pero un pueblo es más que sus tradiciones. Y Andalucía tiene sus tradiciones muy arraigadas, sí, pero como país y como pueblo son algo mucho más rico e importante. Pensar en Andalucía no es quedarse en su folclore, su Rocío, sus ferias, su flamenco, su aceite de oliva o sus jamones ibéricos. Incluso estas tradiciones se han terminado convirtiendo en productos de consumo, muchas veces alejados de su raíz, como le pasa a parte de su gastronomía, como vemos en este letrero de un restaurante madrileño, de la Plaza Mayor.


Cuando hace 37 años, muchos andaluces nos movilizamos para tener una autonomía política de primera, no fue para defender y disfrutar de las tradiciones solamente. Fue para dar a un giro a la situación de postración que vivíamos, relegados a un papel secundario en España. Para tener un futuro mejor, con empleo de calidad, servicios públicos para todos y de calidad, para acabar con desigualdades sangrantes con otros territorios peninsulares. Hoy día, tras ese tiempo, muchas cosas han cambiado, pero otras no. Tenemos uno de los índices de paro más altos de España, y nuestra economía no encuentra nuevas salidas para nuevos sectores que den empleo. Nuestra sanidad y educación pasan por problemas, gracias a los recortes impuestos con los excusa de la crisis. Los servicios sociales están estancados, con un sistema de atención a la dependencia que no llega a todo el que lo necesita, por ejemplo. Hemos conseguido avances, pero hay retos graves e importantes, que hoy también hay que tener presentes, además de celebrar festivamente nuestro día como comunidad. 

Como yo no soy nacionalista, no voy a caer en la trampa del folclore. La cultura popular está muy bien, mas todo pueblo se merece mejorar sus condiciones de vida, se divierta con lo que se divierta, como hacen en el Norte y hacemos en el Sur. Un día como el de hoy debemos recordar, como aquel 28 de febrero de 1980, que Andalucía también se merece mejorar.

domingo, 12 de febrero de 2017

Mi familia materna, recuerdo de personas humildes y trabajadoras

Mi madre y tía Belén, en Céspedes

En varias entradas he hecho referencia a familiares cercanos míos, unas veces a los paternos y otras a los maternos. De estos últimos he hablado, por ejemplo, cuando comenté una foto veraniega en las huertas de El Higueral, también cuando hice referencia al pago de La Barqueta y su famosa barca para cruzar el Genil, o cuando escribí sobre la biografía de mi madre. Hoy quiero ampliar esas informaciones con fotografías de mis familiares por vía materna, unas publicadas ya y otras inéditas.

Los abuelos, Belén y Sebastián

Mis abuelos, los padres de mi madre, eran Sebastián Peso Almenara y Belén Nieto Caro. Vivieron en varias huertas, donde mi abuelo era el hortelano, el encargado de cuidar la huerta de otros propietarios. Por ejemplo en La Barqueta y en El Higueral, ambas ribereñas del río Genil. Mi abuelo murió antes de yo nacer y no sabemos donde descansan sus restos, pues se hundieron varios nichos, incluido el suyo, y la abuela no sabemos qué dispuso después. Ella murió un año después, aproximadamente, de nacer yo y está sepultada en el nicho de mi tío Curro y la tía María.

Tío Rafalito y tía Frasquita en la boda de Mari y Agustín

Mi madre tenía cinco hermanos, dos hermanos y tres hermanas. Mi tío Rafalito se fue joven a Madrid en busca de un trabajo mejor. Yo lo recuerdo como portero de un bloque de viviendas, hasta que se jubiló y  se trasladó a Palma, a un piso que se compró en la Barriada de San Francisco. Se había casado con "Frasquita", como la llamábamos, de la familia de los "Charlantines". y tuvo dos hijas, Belén, casada con Pepe, y Mª Carmen, casada con Agustín. Mi tío Rafalito se vino a Palma ya mayor, enfermó aquí (demencia senil) y murió en 1996. Sus hijas siguen viviendo en Madrid y mantengo contacto periódico, sobre todo, con Belén.

El tío Curro y la tía Maria, en su boda, junto a los hermanos Tirado, Curra y Pepito

El tío Francisco (Curro) siguió la tradición de su padre, siendo también hortelano. Recuerdo haber ido más de una vez, en los paseos que dábamos con mi madre en domingo, a la huerta de la familia de Fernando Tirado que tenían en el pago de El Corvo, donde vivían. Tenían un perro que nos gustaba a mi hermano Roberto y a mí. Más de una vez bajamos al río, incluso con la intención de pescar algo. Luego consiguió una parcela y una casa en el poblado de colonización del IRYDA de Céspedes (Hornachuelos), aunque mantenía unas habitaciones en la casa de la calle Muñoz donde vivió también mi madre de joven.

Con mis padres y mi hermano, y la tía María, en Céspedes

El tío Curro se casó con María Almenara y tuvo dos hijos, Curro, casado con Carmen, que vive en Céspedes, y Antonio, casado con Toñi, que viven en Posadas. Fue una persona muy querida entre los vecinos y el personal con quien trabajó. Murió en 1993, tras una penosa enfermedad y María falleció en 2010.

Tía Ascensión, con el tío Mariano y dos de sus hijas, pequeñas

De mi tía Ascensión ya apunté algo no hace mucho, con motivo del fallecimiento del abogado Rafael Sarazá, ya que aparecían en una foto que publicó la prensa diaria, junto a este conocido letrado cordobés. Ascensión estaba casada con Mariano Ramírez y tuvieron tres hijas, Sensi, Belén y Mariángeles. El tío Mariano era peón caminero y tenían una casa en la barriada de Los Mochos (Almodóvar del Río). Más de una visita recuerdo a la casa de peones camineros de Los Mochos, para hacer una parada de vuelta de algún viaje a Córdoba, cuando las carreteras no estaban en las mismas condiciones que hoy en día, y hacer un viaje así era algo penoso por el tiempo a emplear y los trazados irregulares. Su último destino fue Córdoba, residiendo en la zona de "El santuario", en el Barrio de la Fuensanta, donde todavía vive mi prima Sensi. Fallecieron mis tíos no hace mucho tiempo, y son los familiares con quienes mi madre mantuvo más contacto hasta su muerte,  por ser los más cercanos, habiéndose quedado en su piso muchas veces, sobre todo cuando las fiestas del barrio.

La tía Angelita

Tuve otra tía, Angelita, a la que conocí poco. Primero porque se había casado con un natural de Peñaflor (Sevilla) y vivían allí. Después, porque padecía diabetes y esa enfermedad le causó la muerte, siendo yo muy niño. La recuerdo, no obstante, con agrado, pues era muy cariñosa. Su marido dejó de tener contacto con nosotros tras el triste desenlace y por no tener hijos.

Tía Belén con Chanín, y mi madre con Roberto y conmigo
Y la última tía, hermana de mi madre, es Belén (como mi abuela). Belén era la última de los Peso Nieto que se fue de Palma. Vivía en la calle Muñoz, en la casa conocida como la "casa del Pollo" (por el apodo de su dueño), una casa de vecinos donde también vivió mi madre, tras dejar la huerta, y donde tenía unas habitaciones mi tío Curro, como ya he apuntado. Belén estaba casada con Jacinto Ruiz, y tiene dos hijos, Juan, casado con Asunción, y Sebastián ("Chanín"), casado con Paloma. De niños, por tener edades parejas (Juan es algo mayor que yo, y Sebastián como Roberto), éramos muy amigos y nos veíamos todas las semanas, ya porque fuésemos a su casa, ya porque ellos viniesen a la nuestra a jugar.

Los cuatro primos jugando en mi casa antigua

Coincidimos en el colegio de las Monjas, de párvulos, luego en la escuela de Antonio G. Chaves, y más tarde en el Colegio San Sebastián. Fue entonces cuando emigraron a Madrid. Mi tío Jacinto trabajaba en el campo, en lo que le salía, y probó suerte cuando un nutrido grupo de palmeños se marchó al País Vasco a trabajar, quedándose algunos a vivir allí (como una hermana de mi tío, o Anita Santos, la madrina de mi mujer). Recuerdo cuando volvió, cargado de regalos para la familia (una bicicleta, una escopeta, etc). Parecía que todo iba a ir bien, pero no fue así y no se quedó. Probaron más suerte en el centro peninsular, y fue entonces cuando se llevó a la familia a vivir a Madrid, concretamente a Leganés. Luego se trasladarían a Fuenlabrada.

Tía Belén y tío Jacinto, en casa de tío Curro (Céspedes), durante unas vacaciones

El tío Jacinto falleció hace algún tiempo, peleando contra el cáncer. Mi tía Belén, a pesar de sus achaques propios (es coja de nacimiento) y los lógicos de su avanzada edad (a punto de cumplir los 89 años este mes), todavía vive. La única de entre los hermanos y hermanas. En navidades, mi primo Juan me envió una foto con ella, cosa que me alegró mucho, por cierto.

Mi madre sosteniendo a uno de los hijos de Alonso Moreno de la Cova, en Horcajo

Todos los hermanos y hermanas de mi madre, ella incluida, fueron trabajadores, personas humildes, que tuvieron que dejar su pueblo natal, Palma del Río, para poder ganarse el sustento. También mi madre emigró durante un tiempo en Madrid y Horcajo de Santiago (Cuenca), estando al servicio de la familia Moreno de la Cova, aunque, al volver, se casase con un  palmeño, el practicante José Domínguez Godoy,  y terminase residiendo en nuestra ciudad. Les recuerdo con mucho cariño, con el que mi madre tenía hacia su familia y nos transmitió desde niños. Y, por supuesto, se merecen un recordatorio, como el de tantas personas sin fama que con su esfuerzo han contribuido a nuestro bienestar.