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domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

viernes, 7 de enero de 2022

El colmenero o apicultor


El uso de la miel y la cera, productos que nos proporcionan las abejas, está acreditado históricamente desde hace miles de años. Hay pinturas rupestres que muestran la recolección de la miel de las colmenas silvestres. Los antiguos egipcios ya usaban colmenas artificiales para criar abejas y obtener sus frutos. Y todas las civilizaciones cercanas han considerado a las abejas como aliados muy beneficiosos. Por tanto el oficio de apicultor es de gran antigüedad, y en nuestra tierra está también arraigado tradicionalmente.

Colmenas en huerta de La Pimentada, junto al antiguo embarcadero de la Barqueta (Foto del autor)

Palma del Río cuenta y ha contado desde siempre con colmenas y apicultores que han se han aprovechado de ellas. La cercanía de Hornachuelos, donde la apicultura tiene una gran presencia y valor, y nuestros cultivos y flora local han permitido que la producción de miel haya estado presente con cierta importancia. Las abejas polinizan la vegetación de sierra, como el tomillo, el romero, el castaño, la encina, el madroño, y también las plantas cultivadas, como el azahar de los naranjos y limoneros, tan abundantes en la zona. Y eso hace que produzcan diversos tipos de miel con diferentes sabores y propiedades. Otros productos son el propóleo, útil para combatir bacterias, virus u hongos, o la jalea real.

Rafael Lora, con Mariano Rosa Castiñeyra y alumnos de apicultura (Foto Museo Municipal)

Conozco a una persona que se dedicó a la apicultura, aunque lo dejó hace tiempo, Rafael Lora López. Su vocación viene de familia, pues a su madre la conocíamos en casa como Rafaela “la de la miel”. Rafaela tuvo un puesto en la plaza de abastos y en su casa la miel era algo fundamental. Todavía sus hijas elaboran algunas veces la meloja, un dulce de miel con cidra, parecido a la mermelada, que ya nos traían a casa cuando Rafaela la hacía en su casa de la “Calle Mangueta” (Manga de Gabán, en su denominación popular) y disfrutábamos de pequeños.

Interior de colmena (Foto Museo Municipal)

Rafael fue mancebo de botica en la Farmacia de Chacón, donde lo recomendó mi padre, el practicante José Domínguez Godoy, como más de una vez me ha recordado. Después se fue al Ejército del Aire. Y a su vuelta ejerció de colmenero, enseñando también a otras personas este oficio, y los secretos  de la cría de las abejas (como el emplear dos abejas reina en cada colmena, aumentando el rendimiento) y el proceso de extracción de la miel y la cera. En las fotografías encontramos una de sus clases prácticas, junto a Manuel Rosa Castiñeyra, que era el profesor teórico, y algunos alumnos de entonces. También tuvo una tienda de productos apícolas en la Avenida de la Paz e hizo de comentarista taurino en medios locales, afición a la tauromaquia que compartía con su tío materno Manuel López Cumplido, “Chacoque”, que fue becerrista en sus años mozos.

Desoperculando el panel de una colmena mediante un cuchillo o peine (Foto Museo Municipal)

En el Museo Municipal colaboró en el montaje del apartado dedicado a la miel, dentro de la sección de Usos y labores tradicionales, de donde proviene la mayoría de las fotografías expuestas en este artículo. También se ofreció en muchas ocasiones al Ayuntamiento, tanto para exponer y enseñar su trabajo, con verdadera pasión, e interesar a los jóvenes y los escolares en el oficio, como a retirar enjambres de abejas que se habían situado en cornisas, ventanas, u otros espacios habitados por los humanos, provocando la alerta entre los vecinos. 

Prensa para sacar la cera (Foto Museo Municipal)

Hoy día tenemos el problema de la disminución en el número de abejas en nuestros campos, problema a nivel mundial que se viene observando desde hace años, debido seguramente al cambio climático. Con ello la masa vegetal ve amenazada su existencia al disminuir la ayuda a la polinización, necesaria para su reproducción Un motivo más para luchar contra este inconveniente tan grave.

Colmena silvestre en edificio (Foto Museo Municipal)

Afortunadamente, hay más palmeños que sienten la pasión por las abejas y no faltan colmenas en nuestra localidad, así como productores y comercializadores de miel y otros derivados. Esperemos que este oficio tradicional no se pierda, por el servicio que, además, presta a la humanidad, para bien de todos.

(Entrada publicada en la web del Ateneo Científico y Artístico de Palma del Río)

lunes, 3 de febrero de 2020

Vuelta a La Puebla para la Candelaria


La fiesta de la Candelaria sigue viva, aunque en algunos lugares haya desaparecido o esté presente con menos vigor que en otros tiempos.  El aumento del nivel de vida, con la lógica mejora en nuestras poblaciones, en lo que a equipamiento urbano se refiere, ha hecho que cada vez haya menos candelas en nuestros pueblos, por los daños que el fuego provoca. Aun así, en algunos puntos de nuestro entorno, cada vez tiene más pujanza. Es el caso de La Puebla de los Infantes, población cercana a Palma del Río, en la Sierra Norte de Sevilla, a la que vamos casi todos los años desde hace una buena temporada, por motivos familiares. La celebración del Encuentro de Paramotores (este año en su 24 edición), además del empuje de los vecinos, potencia, sin duda, esta fiesta popular. El año pasado dediqué una entrada a la visita que realizamos para la Candelaria, y terminé con “El año que viene volveremos.” Así ha ocurrido.
Las candelas que hemos visto, mejor dicho los boliches (el montón de leña) y los muñecos que hemos visto para ser quemados en el fuego ritual, pues nos hemos desplazado por la tarde antes de que prendieran el fuego en cada barrio, han vuelto a tocar temas de actualidad. Muestro algunas fotografías de diferentes zonas.

La ecología y el futuro de nuestro planeta ha estado presente en buena parte de las candelas. Como esa donde hablaban irónicamente de lo limpias que están las aguas del pantano de José Torán (el embalse que está cerca, y donde se celebra la concentración de paramotores), en el que van a refugiarse animales marinos envenenados y atacados por los dichosos plásticos que contaminan las aguas de nuestro planeta.


También el calentamiento global tuvo su presencia en otra candela, incluso con la emisión de un vídeo en una pantalla, sobre este tema, que sirvió incluso para que los niños se concienciasen de este enorme problema a escala mundial.



Hubo recuerdos entrañables para profesiones antiguas, como la de las telefonistas que nos comunicaban antes de que la marcación automática se extendiera y generalizara. El letrero seguro que traerá muchos recuerdos a  los más mayores.



La exhumación de los restos del general Franco del Valle de los Caídos también tuvo su recuerdo en esta otra candela, comentada con el gracejo popular que caracteriza este tipo de fiestas.



Como popular es esta otra muestra de “mobiliario urbano”, que vimos de paso, entre candela y candela: una fuente callejera, que servía tanto para surtir de agua a la población como para que calmasen su sed los animales de transporte y carga que antaño eran útiles imprescindibles en poblaciones rurales como esta.




Las fogatas fueron prendidas, tras el paso del  jurado que valora y puntúa a las que entran en concurso (por cierto, este año, uno de ellos familiar de mi mujer), como muestra este vídeo, donde encienden el boliche por diversos puntos ayudados de un combustible guardado en una botella de plástico.



Como siempre, terminamos en la Candela de la Cruz, degustando (como en ocasiones anteriores) las exquisitas sopaipas con las que el vecindario de La Puebla repone fuerzas tras montar las candelas y con las que obsequian con generosa hospitalidad a todo el que se acerca para visitarles.

lunes, 4 de febrero de 2019

Candelarias 2019


Un año más hemos acudido puntuales a nuestra cita en el cercano municipio sevillano de La Puebla de los Infantes, situado en la Sierra Norte, y a pocos kilómetros de Palma del Río.


Y, como siempre, hemos dado un paseo por la tarde, todavía con luz solar, para ver los boliches donde se colocan los muñecos que serán pasto de las llamas al ser encendidas las candelas al anochecer.


La tarde fue muy fría, casi más que la noche. Por ello no vimos demasiados emplazamientos. Además de que encontrarnos con conocidos y familiares hizo que nos entretuviésemos más de la cuenta. Así que no muestro tantas fotografías como en años anteriores. Destaco la primera, por su emotividad, ya que hace referencia a los antiguos juegos de niños, como el diábolo, la comba, o los cromos. Algo ya superado por las nuevos juegos electrónicos.

Foto de Laura Velasco

También encontramos referencias de actualidad, como la hoguera que nos recordaba la marginación de la mujer o las agresiones que sufren las mujeres por el hecho de serlo. Algo que no debemos dejar de lado, pese a los intentos de algunos por acallar las reivindicaciones feministas y ocultar esta grave realidad social.

Foto de Laura Velasco
Las menciones a la agricultura también tuvieron su sitio, algo lógico en un pueblo fundamentalmente agrícola como es La Puebla, donde el olivo, sus productos y sus derivados tienen una presencia importante en su economía.


Justamente por eso nos llamó la atención un instrumento fundamental en el campo, como es el tractor, al que encontramos junto a la hoguera de la Cruz (a la que vamos todos los años por ser sus organizadores amigos de la tía Conchita y por participar en ella mi amigo de instituto, Pedro González Chincolla).



Un tractor de 1954, que había participado en una Ruta de Sierra Morena de Tractor Clásico, y al que grabé en este vídeo, donde su dueños nos muestras su sistema de encendido del motor. “Viejas tecnologías” al servicio del campo.


Después de degustar las famosas sopaipas y el chocolate que generosamente nos ofrecieron nuestros amigos cucharros, y tras cenar en El Guinda, volvimos a Palma a refugiarnos del frío invernal y nocturno, que en alguna medida las hogueras intentaron paliar, a pesar de la lluvia intensa que el viernes intentó fastidiar los preparativos. Y afortunadamente no lo consiguió. El año que viene volveremos.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Visitamos la Danza de Los Locos y el Baile del Oso, en Fuente Carreteros


Fuente Carreteros es un municipio cercano a Palma del Río. Hasta octubre de este año era una aldea de Fuente Palmera, en cuyo ayuntamiento trabajo como funcionario desde junio. Hoy día, con otros pueblos de Andalucía (dos cordobeses), Fuente Carreteros es municipio independiente, por decreto de la Junta de Andalucía

Monumento a la Danza de Los Locos y el Baile del Oso

Mi relación con este nuevo municipio viene de lejos. En el instituto de bachillerato compartí amistades y compañeros de allí, como Toñi Martínez, con quien mantuve amistad después de pasar por el centro. El primer alcalde democrático de Fuente Palmera es originario de Fuente Carreteros, Antonio Díaz Aguilar, una persona cercana y cariñosa, al que vi en noviembre pasado y nos saludamos efusivamente, pues mantenemos relación (ya menos frecuente) desde que fui elegido concejal en Palma del Río. Su hermano Francisco, otra estupenda persona, fue durante unos años alcalde pedáneo de la aldea y pude saludarlo el viernes pasado, cuando visitamos esta población.

Los Locos, el capitán de espadas, la loquilla y los músicos, en la plaza, delante de la iglesia


La fiesta más conocida y original de esta localidad es el llamado Baile o Danza de Los Locos, que tiene lugar el 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes. Es una tradición que muchos consideran traída por los colonos centroeuropeos que se asentaron en estas tierras con el llamado “Fuero de las nuevas poblaciones” de Andalucía y Sierra Morena, de 1767, otorgado por el rey Carlos III, y por el que se crearon los municipios de Fuente Palmera, La Carlota y San Sebastián de los Ballesteros, en Córdoba. En Sevilla y Jaén se crearon otros más. Ese mismo Día de los Inocentes se completan los bailes con el Baile del Oso, otra tradición exótica.

Foto de Diario Córdoba. Los Locos y la loquilla. Entre el público, el autor (con gafas de sol y gorra) y la familia


A Fuente Carreteros se le conoce por la aldea o el pueblo de los italianos, porque la mayoría de los que se asentaron allí provenían de la península italiana. Otros colonos llegaron a las tierras de Fuente Palmera desde Francia, Bélgica, Suiza, y Alemania. Muchos se encontraron un ambiente hostil y también muchos murieron a causa de las enfermedades contraídas en los despoblados que ocuparon, mientras que otros se quedaron mezclándose con colonos procedentes de otras partes de España, como Cataluña, Valencia, Badajoz o de la misma Andalucía. En los apellidos y la fisonomía de muchos colonos y carretereños se aprecia ese origen centroeuropeo (Hens, Morello, Yamuza, Beurno, Rossi, Dugo...) y español, pero foráneo (Castell, Tristell...). Y seguramente estas tradiciones que comentamos las trajeran los primeros de aquellas tierras lejanas.

Escopetero, loquilla bailando y locos


En Fuente Carreteros vivió muchos años una prima mía, hija de mi tía Amadora Valdés, Josefa Ardanuy Valdés, a la que conocíamos en casa por “Pepita”. Amadora era hermana mayor de mi padre, fruto de un matrimonio de mi abuela Adelina Godoy, anterior al que tuvo con mi abuelo José Domínguez. Por eso no coinciden los apellidos. Creo que en 2010 se fue a vivir a Gelves (Sevilla), y hace poco entablé amistad por el Facebook con uno de sus hijos, José Aguilar Ardanuy. Así que por parte familiar también he tenido vínculos con esta población.

Saludo, mientras que el escopetero hace un disparo


Pues, por sorprendente que parezca, y a pesar de tanta relación, nunca había visto en persona la Danza de los Locos, ni el Baile del Oso. Nunca había estado en Fuente Carreteros un 28 de diciembre. Hasta el viernes pasado, que me desplacé con Ana, mi mujer, y mis cuñadas Conchi y Lolita, y mi cuñado Ramón. Mi hermano Roberto con su familia (sobre todo cuando sus hijos eran más chicos) ha estado presenciando varios años esta fiesta, pero, por un motivo u otro, yo nunca les había acompañado. El viernes sí coincidimos Encarni, su mujer, con Rufina (la madre) y nosotros en la plaza del pueblo viendo los bailes.



Mucha gente de fuera se congregó allí el viernes, muchos palmeños incluidos. La Danza de los Locos está en trance de ser declarada, por la Junta de Andalucía, Bien de Interés Cultural, así que se sumaba un atractivo más para conocerla directamente. Además el pueblo tiene más razones para la alegría, ya que durante estos meses pasados se ha estado celebrando el 250 aniversario del Fuero de Las Nuevas Poblaciones, junto con otros municipios, y, como decía al principio, desde octubre alcanzaron un objetivo largamente perseguido, ser municipio independiente. Así que había ambiente justificado de fiesta.



Llegamos con tiempo para coger buen sitio en la Plaza Real y ver sin problemas las danzas. Nos ofrecieron roscos y pestiños unas amables paisanas, algunas ataviadas con vestimentas que evocaban los orígenes de los antiguos pobladores europeos. También unas copas de licor de anís. Y los disparos de lo que antes eran trabucos y ahora escopetas de cartuchos anunciaron el inicio del espectáculo folclórico ancestral. Una tradición que se recuperó a principios de los años ochenta del siglo pasado, gracias a la memoria de los ancianos del lugar, que no permitieron que se perdiera este elemento cultural tan interesante. Después se ofreció un potaje en la Casa Grande.

El oso y el domador entran en escena, mientras los locos saludan
Esta danza de los locos dicen que representa la matanza de los inocentes que ordenó Herodes y nos cuenta la Biblia. Las mujeres quieren ocultar y proteger a sus hijos (representados por la “loquilla”) y se vuelven locas por ello, por ello los danzantes visten de mujer, acompañados de músicos que tañen instrumentos como las guitarras, el pandero o la “carrasquiña”, originaria de la zona. El baile del oso se interpreta después de los Locos y en él vemos más claramente el origen centroeuropeo. Quien quiera profundizar en el origen, desarrollo y curiosidades de estas danzas puede hacerlo consultando esta página del Ayuntamiento carretereño. 

Pasos del baile, a la izquierda un escopetero
En fin, que echamos una buena mañana en esta población vecina, conociendo de primera mano estas costumbres ancestrales, curiosas y tan entrañables.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Décimo aniversario


Hace diez años empecé una aventura, la aventura de escribir en un blog. El blog se llamó Celtibético. Un 20 de noviembre (¡qué fecha para empezar algo nuevo!... y en libertad) comenzaba con estas palabras: "Hoy estreno este blog. Desde aquí publicaré mi "tablón de anuncios", como en los tiempos de la universidad. Espero que salga como aquellos.... Pero mejorado por los años." Me refería con lo del "tablón de anuncios" a la cartulina que colocaba periódicamente en la habitación que tenía en cada piso que compartí con amigos también estudiantes, cuando vivía en Córdoba, para cursar la carrera universitaria. Aquella cartulina se iba llenando de recortes de prensa o revistas, de anotaciones mías, de dibujos, de todo lo que se me ocurriese, o se le ocurriese a algunos de mis compañeros de piso, ya que incluso hay quien se atrevió a expresarse en aquel "periódico" tan personal. Y  digo "periódico", pues siempre adoptaba la forma de un periódico mural, con su cabecera y todo, que iba cambiando cada vez que empezaba uno nuevo. Recuerdo, por ejemplo "El PIS" (recortando la cabecera de El País), o "Scheavy Mettal" (jugando con mi apodo y el nombre de uno de mis estilos musicales preferidos). Con los años, internet me permitió hacer algo parecido, pero ya no circunscrito a las cuatro paredes de mi habitación, sino abierto al mundo, a quienes quisiesen asomarse a mi página para ver o leer lo que en ella yo iba publicando. 

Hoy el blog cumple 10 años. Un decenio repleto de publicaciones, unas mejores y otras no tanto. Aunque el último año en que nos encontramos ha sido el menos prolífico, ya que durante más de mes y medio (desde el 20 de mayo hasta principios de julio) tuve el blog bloqueado por problemas de identificación en la plataforma que lo aloja. Además de verme inmerso en plena vorágine de exámenes de oposiciones, cuya preparación me tiene entretenido desde hace bastante tiempo. 

Durante este año el blog "ha tenido un hijo", un nuevo "Celtibético", alojado en otra casa. Allí he vuelto a publicar entradas que en su momento fueron populares, y, además, he publicado otras nuevas, casi siempre dentro de la temática local, basada en mis recuerdos de juventud e infancia, que he llamado "Geografía evocadora palmeña". Por eso quiero celebrar este cumpleaños con otra aportación a los recuerdos. Una imagen más de la conocida antaño como Plaza del Guardia, a la que he dedicado varios trabajos. Una foto no ya con 10, sino con 58 años, de un autor del que he publicado otras antes, José de las Heras. Otra imagen más de un punto central en la geografía palmeña y su historia. Disfrútenla. 


jueves, 31 de agosto de 2017

El astronauta y otras sorpresas de la catedral de Salamanca


El año pasado, con motivo de una parada en Salamanca en nuestras vacaciones, comenté mi primera visita a esta ciudad, ya hace años, haciendo especial referencia a la rana que hay en la fachada de la Universidad. Como hemos vuelto por allí este año, me puse a buscar otro elemento famoso de la arquitectura local, que me quedó por ver el viaje pasado: el astronauta de la Catedral.


En  nuestro primer día del viaje de vacaciones visitamos la parte más conocida de Salamanca: la Universidad, el huerto de Calixto y Melibea, la Plaza Mayor, el convento de San Esteban, la casa Lis (Museo Art Nouveau y Art Deco)... y, por supuesto, la Catedral. O mejor dicho, las catedrales, pues son dos, la Catedral vieja (románica y gótica) y la Catedral nueva (gótica tardía, renacentista y barroca). Buscamos la vieja con empeño pues no veíamos nada más que la nueva, llegando a rodearla, hasta que un joven que nos ofrecía el menú de un restaurante nos indicó que ambas estaban unidas (la vieja era esa parte que nos mostraba una torre con un gallo de veleta, sobre el ábside claramente románico).


Entonces le preguntamos al joven por el astronauta y nos indicó su lugar exacto. "Además podréis ver más sorpresas" nos dijo. Así que partimos de nuevo hacia la plaza de Anaya, donde se abre ante nosotros la conocida como Puerta de Ramos. El año pasado la fotografié, pero no encontré al famoso navegante de las estrellas, que tanto asombra al visitante. Tampoco me percaté de los demás "intrusos".


Hay una liebre (como nos dijo el joven paisano), que muchos conocen como "el conejo de la suerte". Alguien se inventó que, si lo acariciabas, te traería la buena fortuna. Así que presenta un color diferente y está más pulida que las otras figuras de tanto pasarle la mano por encima.


Vemos también una langosta o cangrejo de río (hay diferentes versiones) en el mismo lateral. También un lince, una cigüeña y lo que unos llaman un dragón y otros un diablillo o duende: una figura antropomorfa que nos mira con sonrisa burlona y nos muestra el rabo enredado entre la espalda y sus piernas, y su trasero. Podría pasar como un adorno original, pero el cucurucho con varias bolas de helado que porta en su mano izquierda nos adelanta el origen de esta y las demás figuras de las que hablamos.


Y, si elevamos la mirada, junto a un toro, encontramos al ansiado astronauta. Se nos muestra como flotando en el espacio exterior, con su escafandra, su caso, los tubos de respiración y la mochila de aire. Las suelas de sus botas exhiben el dibujo que dejaron las huellas, que conocemos por las fotografías de la NASA, de los primeros pasos en el primer viaje a la Luna.


Para los turistas es algo asombroso y no paran de hacerle fotos (además de acariciar la liebre, por estar al alcance de la mano). Hay quien ha aventurado algún "viaje astral" del escultor de la puerta para justificar la presencia de un intruso tan del siglo XX en una puerta con varios siglos de antigüedad. Sin embargo el motivo es menos esotérico: en 1993 se restauró esta puerta, al mostrarse en esta ciudad la exposición "Las edades del Hombre", y el escultor incluyó elementos modernos, para dejar constancia de que eran fruto de esa restauración.


Algo que es hoy día norma para la recuperación de obras de arte históricas, y ha ocurrido en otros monumentos y otras ciudades, como se puede ver (aunque no muy bien) en la foto que saqué el año pasado en la Catedral de San Antolín de Palencia, donde una de las gárgolas restaurada muestra a un fotógrafo con su batón y su cámara de fuelle.


Por cierto, el astronauta de Salamanca también ha tenido que ser restaurado, pues en 2010 unos gamberros le arrancaron el brazo derecho. En la imagen se ve con claridad que es otra pieza añadida, en la que no apreciamos las arrugas del traje, ni el guante que le cubría la mano con las muescas de los dedos, como se ve en su mano izquierda. En fin, que el misterio se desveló esta vez. Y nos pudimos ir de la capital charra con la satisfacción de haber encontrado al viajante interestelar.