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jueves, 5 de junio de 2025

Los diteros


Como otros años anteriores, publico mi correspondiente artículo para la revista de la Feria de Mayo:

En la posguerra España vivió grandes penurias económicas y de todo tipo. El aislamiento de nuestro país, bajo una dictadura, se agravó por la colaboración del régimen de Franco con las potencias del Eje Alemania-Italia, perdedoras de la Segunda Guerra Mundial, con lo que no pudimos aprovecharnos de la ayuda del Plan Marshall, que se aprobó por los Estados Unidos para la reconstrucción de Europa occidental tras esa atroz guerra. España optó por una política autárquica y proteccionista, que, entre otras cosas, impuso el racionamiento de los bienes de primera necesidad en los primeros años del Franquismo. La imagen de la cartilla de racionamiento, a nombre de mi abuela materna, Belén Nieto, es un recuerdo de aquellos tiempos de escasez.


Las clases humildes tenían acceso muy limitado a determinados bienes, y como no funcionaban las tarjetas de crédito, ni los bancos prestaban fácilmente, la única manera que muchos tenían para adquirir algunos bienes, como ropa, calzado, menaje de cocina (ollas, sartenes, paletas...), mantelerías, toallas y demás, era pagando a plazos, sistema que la mayoría de los comercios de aquella época tampoco se podían permitir. Hubo entonces una profesión, el ditero, o la ditera, porque también hubo mujeres, que vendían a cargo de un proveedor o adquirían bienes para revender cobrando a plazos, con cantidades pequeñas, a las que sumaban su porcentaje de beneficio. Estos diteros beneficiaron a muchas personas que, de esta manera, podían hacerse con mercancías, que, de otra manera, nunca podrían haber estado al alcance su mano. Para colmo garantizaban los pagos nada más que con la palabra del cliente, con lo que asumían el riesgo de las operaciones.


Los diteros iban casa por casa ofreciendo sus mercaderías, primero, y luego cobrando la dita, que, como lo define el Diccionario de la Real Academia, es un “Pago a plazos, en pequeñas cantidades, fijadas por el comerciante o por el cliente y, en ocasiones, con incremento del interés sin el conocimiento de este.” La deuda la anotaban en hojas por cada cliente donde escribían los pagos o los justificaban con un sello por cada pago, y esas hojas las añadían a un libro formado por unas tapas, generalmente de madera o hule, cosidas con unos largos tornillos sujetos por palomillas, alcanzando casi siempre un gran grosor, como vemos en la imagen, sacada de internet, en la que aparece en medio del grupo un ditero con su mazo de hojas, y sus ayudantes, uno de ellos con mantas en el hombro y en el suelo con un gran canasto cargado de mercancía para la venta. 



Tras la venta, el ditero o la ditera pasaba periódicamente casa por casa a cobrar esas pequeñas cantidades con las que se iban pagando. O, al menos, lo intentaban, ya que no era infrecuente que el deudor o la deudora (ya que generalmente eran las amas de casa las que se acogían a esta forma de adquirir bienes de primera necesidad o imprescindibles para el ajuar doméstico) no hiciese frente al pago, poniendo todo tipo de excusas para demorar la satisfacción del plazo correspondiente. Se cuentan muchas anécdotas al respecto, como la de responder al ditero, cuando llamaba a la puerta nombrando a la señora, con un “no está”, cuando era reconocible la voz de la interpelada como la de la misma deudora. Incluso se daba el caso de que ese deudor se escondía tras una puerta o una cortina dejando entrever sus pies, y teniendo el ditero que hacer como si no se hubiese percatado de ello. Hojeando la revista Guadalgenil del 31 de enero de 1960, encontré un artículo de Rafael Carrasco Torres, donde cuenta una de esas anécdotas donde relata estas situaciones, cuyo texto reproduzco: “Días pasados llegó a una casa de pisos el cobrador de una sociedad de entierros y cuando el cobrador desde abajo repetía el nombre de una presunta beneficiaria, que no quería darse por enterada, haciéndose la sorda, una vecina le aclaraba: ¡Los muertos, mi “arma”! A lo que ella, malhumorada, respondió: ¡Los tuyos, “so esaboría”!”


Este sistema fue muy habitual en Andalucía y, también, como no, en Palma del Río, donde el pago por plazos, o la dita, también se empleó incluso por personas acomodadas, para conseguir, por ejemplo, ropa como trajes de chaqueta y corbata, muy usados entre los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Ni que decir tiene que electrodomésticos, como aparatos de radio o lavadoras, también fueron adquiridos mediante esta forma de pago a plazos. E incluso yo he conocido a personas que vendían joyas de oro o plata, producidas en los conocidos y famosos talleres cordobeses, cobrando a dita el precio de las alhajas, a los clientes habituales y que eran de fiar.



En el programa “Tal como somos” de Canal Sur Televisión, en uno de los espacios que dedicaron a Palma del Río, en 1996, además de otros personajes de la vida social palmeña, como por ejemplo, mi suegro Miguel Santos Enríquez, que fue entrevistado en relación al libro “Motegrafía palmeña”, sobre los motes o apodos que él recopiló relativos a paisanos de nuestra ciudad, también fue entrevistada María López Postigo, que, junto con su marido, Eduardo, ejerció la profesión de ditera en Palma, tras trasladarse ambos desde Málaga en 1953. A ellos los conocí, pues con María y otros alumnos coincidí representando una obra de teatro montada por el Taller de Teatro del Centro de Educación de Adultos Al-Sadif, el “Farsón de la Niña Araña”, una de las “Farsas Maravillosas” de Alfonso Zurro, de la compañía La Jácara de Sevilla. En esta entrevista también contó algunas anécdotas graciosas de las que vivieron mientras ejercieron de diteros.


Que duda cabe, que los diteros facilitaron la mejora de las condiciones de vida, sobre todo de los más humildes, en unos tiempos en los que todavía no se había impuesto la sociedad de consumo actual, y en los que el nivel de vida era más bajo. En los años sesenta y setenta, con la mejora de las condiciones económicas, por la apertura de nuestro país al mundo occidental, y los acuerdos con los Estados Unidos, con su ayuda correspondiente, el nivel de vida subió, con los  planes de desarrollo y la extensión de la financiación. La letra de cambio, con el famoso treinta, sesenta y noventa, fue sustituyendo al sistema de dita para acceder a más bienes. Los comercios comenzaron a emplear la venta a plazos, y el crédito bancario se extendió. Los medios “modernos” como el cheque y la tarjeta de crédito se fueron generalizando, como también aumentó la producción y variedad de las mercaderías. La venta casa por casa se empezó a emplear para otros productos más “de calidad”, como las entonces célebres y muy ansiadas enciclopedias, o más lujosos y caros, como los cosméticos. Esto hizo que la profesión de ditero o ditera fuese menguando, y muchos de ellos se instalaron en establecimientos o comercios fijos, abandonado el peregrinar casa por casa. Hasta llegar a desaparecer como desapareció el estraperlo o la cartilla de racionamiento de la que hablaba al principio del artículo.



Los diteros y las diteras merecen un recuerdo, entre romántico y entrañable y agradecido, ya que ayudaron muy mucho a mucha gente, aunque para algunos su sola presencia provocase el miedo a no poder hacer frente a sus deudas y otros los considerasen unos personajes nada simpáticos. Algo realmente, en muchos casos, lejos de la realidad. Su sacrificio, con jornadas de sol a sol, visitando diariamente casa a casa para entregar bienes y para cobrar las deudas, también se merece el reconocimiento, aunque, afortunadamente, ya no sea una profesión tan necesaria con antaño.

domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

martes, 6 de junio de 2023

Las discotecas, de las pioneras a hoy día

Salón del Club Juvenil, con los aparatos de efectos luminosos que instaló la OJE. Foto del Archivo municipal.

La feria es sinónimo de fiesta, de diversión. Cuando éramos jóvenes las ferias eran un momento especialmente esperado para una diversión diferente. Aunque también durante las ferias algunas maneras de divertirnos, de disfrutar de las fiestas, coincidían con las que conocíamos durante el resto del año. Era el caso de las discotecas, de los bailes, que algunos de ellos trasladaban su sede en el verano hasta el Paseo para seguir funcionado al aire libre.

El Candil o Munsters Club. Entre otros, Antonio Peréz Limones, Conchi Vargas, Paqui Ruiz. Y Julio Lopera. Principios de los setenta. Foto de Manolín Fernández, cedida por Paqui Ruiz.

En invierno existió durante unos años el Mesón El Candil, en la Calle Cuerpo Cristo, que en verano se trasladaba, como hemos dicho, al Paseo. Lo fundó el cura Don Tomás, Tomás Pérez, sacerdote que dejó una profunda huella en Palma y que murió en Villafranca hace años. El Mesón El Candil ocupaba una casa antigua con un bonito patio, donde edificaron la sala de baile y la barra de bar, al que se entraba por un largo pasillo. Tenía árboles y el sabor de una casa típica de la arquitectura popular palmeña. En la planta alta había una vivienda donde se alojó la familia Lopera,  cuyos hijos fundaron la Imprenta Lopera con empleados de la antigua Imprenta de Leonardo Fijo. La discoteca tuvo varias épocas de vida, siendo gestionada por varias personas, entre otras, Antonio Pérez Limones y Manolín Fernández, los dos del grupo local de "música ligera" (como se decía entonces) Los Munsters, y con el nombre de Munsters Club fue conocida, desde entonces. Ahora permanece cerrada. 


Otra discoteca o baile frecuentado era el de la Organización Juvenil Española, que compartía el edificio anejo al Ayuntamiento, entrando por al calle Ruiz Muñoz, con la Escuela Unitaria de Niños dependiente del Consejo de Protección Escolar del Frente de Juventudes que dirigía Antonio García Chaves. El salón del edificio disponía de salas de juegos, de lecturas, de televisión, etc, y era la sede de la OJE, que ofrecía sus actividades como los campamentos, excursiones, actividades deportivas o la famosa banda de cornetas y tambores, y era usado los fines de semana como discoteca, a la que asistíamos dando los primeros pasos como jóvenes "bailongos" los amigos del barrio y del instituto. En la Transición Democrática se abrió allí el Club Juvenil, gestionado por diversas asociaciones juveniles y culturales. Sus bailes se siguieron desarrollando en el salón principal, ocupando los disc-jockeys una parte que se había cerrado con una valla de ladrillo y reja en el zaguán de la entrada por Ruiz Muñoz. Djs fueron, por ejemplo, Francisco Gómez, "Quiquín", y mi hermano Roberto, amantes de la música y los aparatos eléctricos. 


Elección de la reina de las fiestas. Entre otros, Juan Liñán, Emilia Reyes, Rafael Ceballos, M. Carmen Peso, Brígida Trujillo, Miguel Delgado, M. Victoria Peso, Antonio Delgado y Belén Flores. Atrás varios componentes de Los Munsters. Foto de Paqui Ruiz.

Volviendo a las ferias y a los veranos en general, estos bailes, que hemos comentado, se desarrollaban al aire libre en las dos casetas que había en el Paseo Alfonso XIII. El Mesón El Candil, luego Munsters Club, se trasladaba al final del Paseo a la izquierda. Recordamos sus muros blancos y su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros de la fachada, mirando al exterior. Durante la época de Don Tomás se realizó allí un concurso, entre jóvenes palmeñas, de reina de las fiestas, con sus damas de honor, durante varias ediciones de Feria.


Caseta de verano de la OJE, luego del Club Juvenil. Foto del Facebook de Pepe Ortega.

Enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil  celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras del Paseo de los años 90.


Entrada del Munsters Club en la Feria. Foto de Francisco Gómez, "Quiquín".

Más "bailes" de feria se celebraban en las dos casetas de obra que había, y cuyos edificios perviven, ya adaptados a los nuevos tiempos, como eran la Caseta de la Amistad, propiedad del ayuntamiento, a la izquierda, y la del Casino, o Círculo de Recreo, a la derecha, que era privada. También, ya en los años ochenta, el ayuntamiento se hizo con el Cine Coliseo España para destinarlo a caseta de Feria, que estuvo funcionando antes de hacer las obras del Teatro, como establecimiento de hostelería durante el verano, celebrándose diversos eventos festivos como conciertos musicales, teatro, cine, etc.


Componentes del grupo Los Munsters. Foto del Facebook de Paqui Ruiz.

Después de tener el Munsters Club, Antonio Pérez Limones fundó la Discoteca Tato´s. La gran discoteca de Palma. Famosa por sus bailes de carnaval, o de nochevieja. Y por los desfiles de modelos, bodas, conciertos y otros actos. Tenía dos pistas, la de “rápido” con música propiamente discotequera, con muchos efectos luminosos, a la que se bajaba por unos escalones y la de “lento”, donde sonaban baladas, para el “baile agarrado”, sin iluminación estridente, a fin de no molestar a las parejas danzantes, en la que aprovechábamos su oscuridad para escarceos erótico-festivos, fuera de miradas indiscretas. Además de la barra y los asientos y mesas repartidos por ambas zonas.


Entrega de premios deportivos de Radio Palma en la terraza de Tato´s. Foto de M. Muñoz Rojo.

Disponía de una terraza al aire libre ajardinada, que diseñó Pepe Bejarano, el pintor, como también el logo, el de perrito. Sus mesas y sillones eran de forja (que todavía podemos ver en la terraza de Los Cabezos), con otra barra de bar, muy adecuada para el verano, y una parte que luego cerraron con cristaleras para el invierno. Cuando se cerró se instaló allí un centro de diálisis.

En la calle Coronada, encontrábamos la discoteca Géminis, otra veterana, fundada por Rafael García Belmonte, que también fue Mesón, más tarde trasladado a la calle José de Mora, junto a la piscina que abrió en el antiguo solar de la casa que le vendió mi padre al principio de los años ochenta. Tuvo varias épocas, con otros gerentes, y ambientes (por ejemplo, fue disco-joven, en horarios vespertinos, sin servir alcohol, e incluso en horario nocturno abría desde los jueves). Ya cerró hace varios años.


Interior de la discoteca Géminis. Foto del Facebook de Paqui Méndez.

Otra muy conocida era la Discoteca Marathón, en la calle Barbera, de Iván Gamero. También tuvo varias direcciones, y una de ellas la llamaron Omaira durante un tiempo. 

Funcionaron además disco-pubs, como el Disco-pub Lord Byron, junto a la Pizzería Michelangelo, de Jesús Morales, dueño del pub del mismo nombre, pionero de los pubs en Palma y de muy grata memoria. Y otro en la calle Ana de Santiago. Además en la calle Río Seco funcionaron el Cubo´s (más tarde Coco Bongo) y El Patio (luego La Barraca).


Entrada actual del inmueble donde se ubicó el Mesón El candil. Foto del autor.

No podemos olvidar que durante los años sesenta causó sensación el fenómeno del guateque. Las fiestas que se organizaban en las casas, locales, cocheras, etc. para bailar, beber y ligar. Quien tenía un pick up (el "picú", el tocadiscos portátil) se convertía en el dj del baile y casi seguro ligaba pinchando los éxitos de la temporada, como los de Nino Bravo, Karina, Los Brincos, Camilo Sesto.... Más tarde la música disco dio un salto con la banda sonora de la película "Fiebre del sábado noche", o la música negra de la Tamla-Motown, sones populares que recuerdan el programa Aplauso de RTVE, con el gran José Luis Fradejas. Eran los tiempos del pantalón de campana, las solapas anchas, la melena, los colores rabiosos, los lunares en las camisas, la psicodelia, los collares (recuerdos de la era hippie, pero menos ostentosos), el funk, el soul, la música disco, cuyo precursor fue el Sonido Philadelphia. 

El fenómeno de las discotecas fue menguando con el tiempo. Abrieron la Orange en las inmediaciones del Paseo, que creo que es la única que resiste. El botellón y el acceso a la música por internet y con baratos medios de reproducción han hecho que estos negocios dejasen de ser rentables en nuestro municipio (no en las zonas costeras y de gran afluencia turística, ni en las ferias, con las disco-casetas que sí proliferan). También los que frecuentábamos estos establecimientos nos hemos hecho mayores y hemos cambiado nuestras costumbres de ocio. Pero no está mal haber echado la vista atrás y haber recordado estos espacios que un tiempo fueron lugar de encuentro y diversión cada fin de semana de nuestras vidas.

(Artículo publicado en la revista de Feria de Mayo de 2023)

lunes, 26 de diciembre de 2022

Murió Francisco Santos, el de las tortillas


El domingo 25 murió, con 94 años, Francisco Santos, el regente de la taberna que hay junto a la Mezquita de Córdoba, la Taberna Santos, famosa por sus grandes tortillas de patata. Un local pequeñito al que muchísima gente acudía a degustar un pincho de su famosa tortilla de varios kilos, casi siempre fuera del local, haciendo largas colas, junto a los muros del también famoso antiguo templo musulmán cordobés de la época califal.


De joven, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Córdoba, fui muchas veces a esa taberna. Uno años viví en el piso de mi amigo Leonardo, con el que estoy en la foto, y la teníamos cerca. Su dueño era un tipo magnífico, de buen trato y su exquisita tortilla nos sirvió más de una vez de cena. Hablamos de hace más de 35 años (¡como pasa el tiempo!), pero todavía sigue existiendo. De esta foto hace más de once años, cuando Ana y yo fuimos a Córdoba a pasar el día, y nos encontramos con Leo, y degustamos su tortilla, recordando vivencias de juventud, como comenté en una entrada del blog.

Espero que su recuerdo, encarnado en su taberna y en sus tortillas, siga presente entre nosotros.

viernes, 7 de enero de 2022

El colmenero o apicultor


El uso de la miel y la cera, productos que nos proporcionan las abejas, está acreditado históricamente desde hace miles de años. Hay pinturas rupestres que muestran la recolección de la miel de las colmenas silvestres. Los antiguos egipcios ya usaban colmenas artificiales para criar abejas y obtener sus frutos. Y todas las civilizaciones cercanas han considerado a las abejas como aliados muy beneficiosos. Por tanto el oficio de apicultor es de gran antigüedad, y en nuestra tierra está también arraigado tradicionalmente.

Colmenas en huerta de La Pimentada, junto al antiguo embarcadero de la Barqueta (Foto del autor)

Palma del Río cuenta y ha contado desde siempre con colmenas y apicultores que han se han aprovechado de ellas. La cercanía de Hornachuelos, donde la apicultura tiene una gran presencia y valor, y nuestros cultivos y flora local han permitido que la producción de miel haya estado presente con cierta importancia. Las abejas polinizan la vegetación de sierra, como el tomillo, el romero, el castaño, la encina, el madroño, y también las plantas cultivadas, como el azahar de los naranjos y limoneros, tan abundantes en la zona. Y eso hace que produzcan diversos tipos de miel con diferentes sabores y propiedades. Otros productos son el propóleo, útil para combatir bacterias, virus u hongos, o la jalea real.

Rafael Lora, con Mariano Rosa Castiñeyra y alumnos de apicultura (Foto Museo Municipal)

Conozco a una persona que se dedicó a la apicultura, aunque lo dejó hace tiempo, Rafael Lora López. Su vocación viene de familia, pues a su madre la conocíamos en casa como Rafaela “la de la miel”. Rafaela tuvo un puesto en la plaza de abastos y en su casa la miel era algo fundamental. Todavía sus hijas elaboran algunas veces la meloja, un dulce de miel con cidra, parecido a la mermelada, que ya nos traían a casa cuando Rafaela la hacía en su casa de la “Calle Mangueta” (Manga de Gabán, en su denominación popular) y disfrutábamos de pequeños.

Interior de colmena (Foto Museo Municipal)

Rafael fue mancebo de botica en la Farmacia de Chacón, donde lo recomendó mi padre, el practicante José Domínguez Godoy, como más de una vez me ha recordado. Después se fue al Ejército del Aire. Y a su vuelta ejerció de colmenero, enseñando también a otras personas este oficio, y los secretos  de la cría de las abejas (como el emplear dos abejas reina en cada colmena, aumentando el rendimiento) y el proceso de extracción de la miel y la cera. En las fotografías encontramos una de sus clases prácticas, junto a Manuel Rosa Castiñeyra, que era el profesor teórico, y algunos alumnos de entonces. También tuvo una tienda de productos apícolas en la Avenida de la Paz e hizo de comentarista taurino en medios locales, afición a la tauromaquia que compartía con su tío materno Manuel López Cumplido, “Chacoque”, que fue becerrista en sus años mozos.

Desoperculando el panel de una colmena mediante un cuchillo o peine (Foto Museo Municipal)

En el Museo Municipal colaboró en el montaje del apartado dedicado a la miel, dentro de la sección de Usos y labores tradicionales, de donde proviene la mayoría de las fotografías expuestas en este artículo. También se ofreció en muchas ocasiones al Ayuntamiento, tanto para exponer y enseñar su trabajo, con verdadera pasión, e interesar a los jóvenes y los escolares en el oficio, como a retirar enjambres de abejas que se habían situado en cornisas, ventanas, u otros espacios habitados por los humanos, provocando la alerta entre los vecinos. 

Prensa para sacar la cera (Foto Museo Municipal)

Hoy día tenemos el problema de la disminución en el número de abejas en nuestros campos, problema a nivel mundial que se viene observando desde hace años, debido seguramente al cambio climático. Con ello la masa vegetal ve amenazada su existencia al disminuir la ayuda a la polinización, necesaria para su reproducción Un motivo más para luchar contra este inconveniente tan grave.

Colmena silvestre en edificio (Foto Museo Municipal)

Afortunadamente, hay más palmeños que sienten la pasión por las abejas y no faltan colmenas en nuestra localidad, así como productores y comercializadores de miel y otros derivados. Esperemos que este oficio tradicional no se pierda, por el servicio que, además, presta a la humanidad, para bien de todos.

(Entrada publicada en la web del Ateneo Científico y Artístico de Palma del Río)

lunes, 3 de febrero de 2020

Vuelta a La Puebla para la Candelaria


La fiesta de la Candelaria sigue viva, aunque en algunos lugares haya desaparecido o esté presente con menos vigor que en otros tiempos.  El aumento del nivel de vida, con la lógica mejora en nuestras poblaciones, en lo que a equipamiento urbano se refiere, ha hecho que cada vez haya menos candelas en nuestros pueblos, por los daños que el fuego provoca. Aun así, en algunos puntos de nuestro entorno, cada vez tiene más pujanza. Es el caso de La Puebla de los Infantes, población cercana a Palma del Río, en la Sierra Norte de Sevilla, a la que vamos casi todos los años desde hace una buena temporada, por motivos familiares. La celebración del Encuentro de Paramotores (este año en su 24 edición), además del empuje de los vecinos, potencia, sin duda, esta fiesta popular. El año pasado dediqué una entrada a la visita que realizamos para la Candelaria, y terminé con “El año que viene volveremos.” Así ha ocurrido.
Las candelas que hemos visto, mejor dicho los boliches (el montón de leña) y los muñecos que hemos visto para ser quemados en el fuego ritual, pues nos hemos desplazado por la tarde antes de que prendieran el fuego en cada barrio, han vuelto a tocar temas de actualidad. Muestro algunas fotografías de diferentes zonas.

La ecología y el futuro de nuestro planeta ha estado presente en buena parte de las candelas. Como esa donde hablaban irónicamente de lo limpias que están las aguas del pantano de José Torán (el embalse que está cerca, y donde se celebra la concentración de paramotores), en el que van a refugiarse animales marinos envenenados y atacados por los dichosos plásticos que contaminan las aguas de nuestro planeta.


También el calentamiento global tuvo su presencia en otra candela, incluso con la emisión de un vídeo en una pantalla, sobre este tema, que sirvió incluso para que los niños se concienciasen de este enorme problema a escala mundial.



Hubo recuerdos entrañables para profesiones antiguas, como la de las telefonistas que nos comunicaban antes de que la marcación automática se extendiera y generalizara. El letrero seguro que traerá muchos recuerdos a  los más mayores.



La exhumación de los restos del general Franco del Valle de los Caídos también tuvo su recuerdo en esta otra candela, comentada con el gracejo popular que caracteriza este tipo de fiestas.



Como popular es esta otra muestra de “mobiliario urbano”, que vimos de paso, entre candela y candela: una fuente callejera, que servía tanto para surtir de agua a la población como para que calmasen su sed los animales de transporte y carga que antaño eran útiles imprescindibles en poblaciones rurales como esta.




Las fogatas fueron prendidas, tras el paso del  jurado que valora y puntúa a las que entran en concurso (por cierto, este año, uno de ellos familiar de mi mujer), como muestra este vídeo, donde encienden el boliche por diversos puntos ayudados de un combustible guardado en una botella de plástico.



Como siempre, terminamos en la Candela de la Cruz, degustando (como en ocasiones anteriores) las exquisitas sopaipas con las que el vecindario de La Puebla repone fuerzas tras montar las candelas y con las que obsequian con generosa hospitalidad a todo el que se acerca para visitarles.

domingo, 20 de octubre de 2019

Rafalillo Nieto, sus bares y el ambigú



Retomamos los paseos por nuestros recuerdos de otros tiempos relacionados con la diversión, el ocio y las relaciones sociales, o sea, con los bares de Palma del Río. Y no podía faltar uno de los profesionales de la hostelería que conocí en mi infancia: Rafael Nieto Rodríguez, al que mi padre llamaba Rafalillo Nieto. Rafael vivía con su mujer, Carmen Cumplido, en la calle Feria, en la planta alta de un edificio donde se situaba, en su planta baja, el comercio de textiles El barato, la zapatería de Pepe Nieto y la accesoria que, al abrir sus puertas, nos sumergía en un mundo de ilusiones, por los juguetes que se vendían allí, además de las revistas y tebeos, y las chucherías, y que regentaba Pineda.


En el centro Rafael y Carmen, junto a Virginia y camareros empleados

Pepe Nieto era uno de los hijos de Rafael y Carmen, padre de nuestro amigo Rafa Nieto, que demasiado pronto abandonó una vida con un futuro espléndido de historiador por delante, por una repentina enfermedad. También Rafael y Carmen tuvieron otros hijos, como Curro, que fue director de la oficina local de CajaSur, el canónigo archivero de la Catedral de Córdoba e hijo predilecto de Palma del RíoManuel (y también compañero de estudios de mi hermano Pepe en el Colegio de la Inmaculada, el colegio de las Monjas), y Trini, la madre de mi amigo Federico, el catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social de la Universidad de Córdoba, que ostenta la medalla de la ciudad desde 2018.


Trini Nieto Cumplido

Trini estaba casada con Vicente Navarro, “maestro de la villa” del Ayuntamiento palmeño. Tuvieron cuatro hijos, Carmen (que viven en Cádiz y está casada con Javier, con quien conviví algún tiempo cuando era estudiante en Córdoba, y tenía las fotos que hoy publico en esta entrada, y me pasó Federico), Vicente (“Ferre”, que tuvo un comercio de aparatos eléctricos en la accesoria cuando cerró Pineda y otra familia que mantuvo el puesto), Rafael (“Rafalito”, que se fue a Sevilla y tuvo un hijo futbolista en el Betis, Rafael Navarro Mazuecos, ahora en el Deportivo Alavés) y Federico. Por desgracia, Trini murió a temprana edad y de Federico se hicieron cargo sus abuelos maternos. La recuerdo como una mujer simpática y cariñosa. Y creo que la última vez que la vi fue cuando asistió a la consulta de mi hermano mayor, en la casa de la calle José de Mora. Una pena.


Federico el día de Andalucía de 2018, medalla de la ciudad

Siempre he tenido relación con esta familia, pues vivíamos cerca, y estuve en la escuela de Antonio García Chaves con Federico y sus hermanos varones. A Carmen, la mujer de Rafael, la recuerdo como el típico ejemplo de “la abuela”. Siempre era amable con nosotros y nos trataba como de la familia, cuando íbamos a su casa. A Rafalillo (perdonadme la licencia) lo recuerdo con su sempiterno cigarrillo, asomado a la puerta de su casa, y, como no, tras la barra del Cine San Miguel.


Publicidad de la revista Guadalgenil

Rafael tuvo un bar, el bar Mezquita, en la calle Portá (la calle Queipo de Llano, entonces) y un aguaúcho o quiosco en el Paseo, donde alguna vez nos llevó mi padre a tomar algún aperitivo, pues era asiduo del establecimiento. Recuerdo escuchar las interpretaciones musicales de la Banda municipal de música, que dirigía el maestro Ángel Martínez de Chomón, desde la terraza, algo que se perdió, desgraciadamente, hace mucho tiempo. Otro establecimiento que contribuía a que los veranos y, como no, las ferias de Palma tuviesen su complemento hostelero conveniente.


Rafalillo, con unos clientes

Pero, como he recordado antes, también tuvo a su cargo el ambigú, del cine San Miguel, la barra donde vendían las chucherías típicas, y muchos espectadores esperaban el inicio de la sesión de cine tomando un refrigerio, o en los descansos entre sesión y sesión, o si la película era de muy largo metraje, como Los diez mandamientos” o Lo que el viento se llevó”, lo que obligaba a hacer un intermedio, que aprovechaban muchos para tomar algo.


Sala de proyección del cine San Miguel, con el hall al fondo, poco antes de ser demolido el edificio. (Foto de Carmelo Expósito)

El ambigú estaba situado a la derecha del hall o vestíbulo del cine, previo a la sala de proyección, en una plataforma a la que se accedía por unos escalones, junto a la escalera del “gallinero” y de unas terrazas que comunicaban con el cinema Jardín, el cine de verano contiguo al cine de invierno.


Elena con la familia Doblas

El cine San Miguel, ubicado en la calle Alamillos, otra añorada instalación palmeña, desapareció hace tiempo, para dejar paso a un grupo de casas, tras llevar varios años cerrado, y que solo se abrió en varias ocasiones para el concurso de murgas de los Carnavales. Sus dependencias también sirvieron para servir numerosos banquetes de bodas. Mi hermano Pepe, cuando se casó con Elena, siendo yo niño, también celebró su banquete de bodas en este Cine. En las fotos que publico se ve a unos familiares de Málaga, los Doblas, en esas terrazas a las que me refería anteriormente.


Pepe con los Doblas

No recuerdo cuándo se jubiló Rafael Nieto, supongo que cuando cerró el cine. Lo que sí recuerdo es que falleció antes que Carmen, y esta, para no quedar sola en su casa, se fue a Córdoba con su hijo Manolo, el sacerdote, falleciendo ya muy mayor. Su funeral fue todo un acontecimiento en Palma.


Rafael, a la izquierda, de nuevo con la clientela del bar

Una vez más recordamos esos lugares donde nuestros paisanos echaban sus buenos ratos de ocio, y a un gran profesional que los atendió, que, aunque nos quede lejos su recuerdo, también merece su sitio en esta historia entrañable de los palmeños que nos alegraron la vida con su esfuerzo.