Mostrando entradas con la etiqueta primavera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta primavera. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

jueves, 17 de mayo de 2018

La feria, un organismo vivo


Como ocurrió el pasado año, al iniciarse la feria de mayo de Palma del Río, hoy publico mi colaboración en la revista de feria que edita Coleopar Ceparia, con Imprenta Lopera, y con el patrocinio del ayuntamiento palmeño, que se presentó el viernes pasado.


La feria, un organismo vivo

La feria es una entidad viva. Como otros seres dotados de esta cualidad, a lo largo del tiempo, pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes. Cuando uno peina canas puede hacer un repaso de primera mano de esas diferentes épocas de la feria que ha vivido. Es mi caso, pues he conocido la feria (las dos ferias de cada año), en diversos momentos, con sus esplendores y sus altibajos y hasta he participado también en su preparación.

El autor, su hermano Roberto y su madre en la caseta de la OJE

De niño la feria se reducía a que te llevaran los padres o algún otro familiar durante un rato, y a actividades como montarse en algunas atracciones (los “cacharritos”), que te compraran un juguete, o que comieras jeringos, patatas fritas o el delicioso turrón, manjar que solo se prodigaba cuando llegaban las navidades. Más tarde, cuando empezabas a salir en pandilla con los amigos, cambiaban las atracciones que frecuentabas, podías consumir algún refresco en los aguaúchos sin la tutela de los mayores, y, encima, intentabas hablar a las niñas que conocías o te arriesgabas a conocer, mientras esperabas a montarte en los coches de choque, por ejemplo. De joven ya intentábamos “organizar” nuestra propia feria. En mi caso eso ocurrió a finales de los años setenta y durante los ochenta y noventa del siglo pasado. Es en esos primeros tiempos cuando un fenómeno “nuevo” surge: empiezan a proliferar las casetas (antes eran escasas), gracias a grupos de amigos (El cañaveral, Manicomio 79...), clubes deportivos, empresas, partidos políticos, sindicatos, etc. Los jóvenes que nos agrupábamos en la Asociación Cultural Vientos del Pueblo llegamos a montar varias veces una caseta en los terreros que había junto a la Fábrica de Harina, donde hoy está el mirador del Genil. Era la época donde no había un recinto exclusivo para las casetas, estando éstas repartidas por el Paseo, junto a los cacharritos, y en sus alrededores. Solo destacaban como edificios de obra los aguaúchos, el Casino, la Caseta de la Amistad y los bailes de final del Paseo (El Munster club y la OJE, primero, y más tarde Club Juvenil).

Los Munsters y Los Broncos
Poco a poco fueron surgiendo establecimientos nuevos en las ferias al calor de su pujanza: “La Bombilla” (en la antigua casa de los “Juncos”), “El tenderete de los impresentables” (en el anterior sitio de la empresa COPALCRO), “La marcha fresca” (en el Quiosco de la Música) y otras que aprovechaban, sobre todo el verano, para ofrecer a los jóvenes su entretenimiento. Porque es sobre todo en los ochenta cuando la feria de Agosto cobra mayor protagonismo. Los jóvenes en mayo teníamos exámenes y en agosto vacaciones. En mayo llovía (y llueve) muchas veces. En verano teníamos más ganas de diversión, y más tiempo y mejor clima. Y pasábamos todo el día en la Feria, porque, a pesar del calor, aguantábamos allí, y siempre había un alma caritativa que cogía una manguera de riego y nos refrescaba mientras bailábamos y nos rebozábamos con el polvo del albero. Además, entonces, los emigrantes palmeños (en Cataluña, Madrid, País Vasco, Alemania, Francia, etc) aprovechaban las vacaciones de verano para volver al pueblo, con lo que la población aumentaba, con ganas de diversión y de pasar unos días con familiares y amigos, alejados el resto del año. Eso provocó la costumbre de agasajarles en Feria con un arroz, en la caseta municipal, el antiguo Cine Coliseo España, que había comprado el Ayuntamiento para este fin. 

Entrada al Paseo en los años 70
Este fenómeno se refuerza con las obras que se hicieron en el Paseo en 1991, que permitieron trasladar las atracciones a un solar frente al colegio San Sebastián, y disponer de un recinto de casetas donde antes se instalaba la calle del infierno, dotado de sombra, calles urbanizadas y estructuras y lonas alquiladas por el Ayuntamiento, dando más realce, belleza y orden al recinto, además de permitir dos tipos de casetas, unas de estilo tradicional y otras (en otra parte) para música de discoteca. Las casetas que se multiplicaron antes pudieron instalarse en el nuevo recinto, lo que mantuvo el protagonismo de la Feria de Agosto, como feria más concurrida, durante unos años. 

Mi hermana Soledad
Siendo concejal participé en más de un debate sobre el futuro de las ferias. Uno de ellos era la posibilidad de unificar la Feria de Agosto con las Fiestas Patronales, fiestas estas últimas que también empezaron a decaer, desde aquellos tiempos en que no había espacio para montar quioscos, de la demanda que había de suelo, hasta hoy día, en que casi no hay establecimientos que sirvan en la Velá. Un debate que, como el Guadiana, aparece y desaparece, para surgir más tarde ante nuestros ojos, sin llegar a cuajar. Recuerdo una reunión con la directiva de la Hermandad de la Virgen de Belén, donde nos manifestaron que su mayor interés eran los actos litúrgicos y no tanto potenciar los aspectos lúdicos, además de preservar la identidad y singularidad de sus conmemoraciones, manteniendo fechas y lugares de celebración (en los setenta ya hubo intentos de trasladarla al Paseo y fueron un fiasco). Era lógico lo que pretendían y, como responsables de su organización, los únicos legitimados para decidir. Así que, en mucho tiempo, no volvimos a plantearles el tema. 

Escenario y público de la feria de agosto de 2017
La Feria de Agosto es ya una feria diferente a la de Mayo. No hay casetas (las que se montan en Mayo también son menos, paulatinamente), solo perviven los tradicionales quioscos del Paseo (los aguaúchos), que prestan un magnífico servicio a quienes asisten a la feria, como siempre. Las atracciones, aunque en menor número (pues son numerosas las ferias y fiestas de los pueblos de nuestro entorno), siguen concurriendo y sirviendo de diversión para niños y más jóvenes. La feria de día ha desaparecido, pues nos hemos vuelto cómodos y no queremos pasar calor, pero por las noches hasta cuesta trabajo encontrar una mesa donde sentarse a tomar una copa y una tapa. Y lo llamativo es que el Ayuntamiento programa las actuaciones, que antes se desarrollaban en la Caseta Municipal, al final del Paseo. En otras épocas se había intentado, pero los palmeños y palmeñas hemos preferido bailar en recintos cerrados, no “en la calle”, salvo cuando nos íbamos a las ferias de los alrededores, como la de Hornachuelos o Fuente Palmera, donde sí nos desmelenábamos bailando hasta altas horas de la madrugada delante de la orquesta que actuaba en la plaza del pueblo. Hace dos años asistí atónito al espectáculo de verme entre decenas y decenas de personas que deambulaban por el Paseo, tras haber estado toda la noche bailando y cantando delante de las orquestas, casi a las ocho de la mañana, sin saber qué hacer pues no había ya ningún establecimiento abierto, y con más ganas de feria. Si me lo cuentan, no me lo hubiera creído, pero lo vi con mis propios ojos. Y pensé: si a estos les dices que le vas a quitar la Feria de Agosto, te quitan a ti de en medio. 

Caseta “Los Aburríos” 1950
¿Que hay gente que se va a la playa durante la feria (no solo en la de Agosto, también ya en la de Mayo)? Libres son, nadie está obligado a permanecer aquí, pero también hay mucha gente que se queda y que tiene derecho a disfrutar “su Feria”, sin fastidiar a otros; como hay palmeños y palmeñas que no participan en otras celebraciones y no, por ello, claman por su desaparición. ¿Que los jóvenes ya no montan casetas, como hacíamos los de nuestra generación hace años, porque tienen una “feria barata” cada fin de semana con el botellón? Da igual, si les dices que les vas a quitar la feria, se enfadan y te sueltan eso tan socorrido de que “en Palma es que no hay nada”. ¿Es que tenemos que cargarnos la Feria para potenciar otras actividades? La Feria de Agosto es una feria que forma parte de nuestro Acervo Histórico y Cultural, que tiene siglos de vida (desde 1451, más antigua que la Feria de Sevilla) y que solo se suspendió en el siglo XIX por una epidemia animal, lo que dio lugar a la aparición de la Feria de Mayo. No tiene sentido suprimirla si hay motivos históricos, económicos, tradicionales, y habitantes dispuestos a seguir manteniéndola, de la manera que ellos la entienden. ¡Defendamos y protejamos nuestras ferias!

Roberto, la tía Adelina y el autor en los cacharritos
Las ferias, como decía al principio, son como los seres biológicos, pasan por diversas vicisitudes durante su existencia, y terminarán pereciendo. ¿Está muerta la feria de Agosto? A mi juicio, no. Ni al criterio de las miles de personas que van al Paseo en esos días de fiesta. No seamos nosotros los que le demos la estocada final, cuando hay muchos paisanos y paisanas (además de los que siguen visitándonos de los alrededores) que sienten su feria como algo propio, sin distinción de credos, ideologías u ocupaciones. Es ya una feria diferente, sí, diferente a la de Mayo, diferente a las ferias de otras épocas, que, por mucho que las recordemos con añoranza, no volverán. Pero sigue viva. Las ferias serán lo que queramos los habitantes de este hermoso pueblo, todos; pueblo que vive según los tiempos que nos ha tocado en suerte. Disfrutemos de las Ferias, las dos. En Agosto, y, por supuesto, en la que empieza ahora, la Feria de Mayo. ¡Que tengan una buena feria!

jueves, 18 de mayo de 2017

Feria de mayo de 2017, y recuerdos


Como anunciaba ayer, con motivo de la publicación de mi artículo en la revista de feria, hoy se inicia la Feria de Mayo de Palma del Río. Una feria que podremos disfrutar gracias al buen tiempo, que las previsiones meteorológicas nos auguran. Aunque no tengamos ya las fuerzas que de jóvenes nos impulsaban a gozar el máximo de tiempo posible de estos eventos festivos, seguro que no faltaremos a la cita diaria en el Paseo. Y, una vez más, eso me impulsa a hablar de recuerdos. Primero por la fotografía que me facilitó un primo, que vive lejos de nuestro solar de nacimiento, donde aparece mi madre, de joven, vestida con el popular traje de gitana, el de la época, cuando todavía estaba soltera. Se le ve contenta, luciendo su vestido de lunares, y posando antes de salir al recinto ferial, con el mantón y las flores en el pelo. Desconozco la fecha, pero intuyo que fue antes de 1960, año en que contrajo matrimonio con mi padre, tras su vuelta de Horcajo y de Madrid.


La otra es una adquisición reciente. Es una foto de 1960 de la antigua "Caseta de la Amistad", durante la feria del mediodía. La caseta está engalanada con las tradicionales lonas y repleta de público. A su lado vemos unas bicicletas y una silla de ruedas. La barra estaba montada fuera de la parte techada, cubierta por un toldo o lona, para ganar espacio. Es en las ferias de mayo, en la primavera, cuando hemos podido disfrutar de la feria de día, al no hacer todavía el calor que nos impide en agosto estar en la calle con las altas temperaturas. Así se ve en la foto, cedida por José Luis de las Heras, hijo de José de las Heras, el autor de la imagen, a quien agradezco su colaboración. 

¡Disfruten de las fiestas! que, para descansar, ya vendrá el lunes.

lunes, 10 de abril de 2017

El walkman o lorillo de mi juventud


En estos días se está moviendo un grupo de personas, de las que fueron a las excursiones de semana santa a la comunidad de Taizé, para revivir aquellos viajes en forma de un viaje cultural por las localizaciones que están relacionadas con literatos y artistas españoles. La idea surgió porque en uno de esos viajes se hizo una parada en Colliure (Francia), donde está enterrado Antonio Machado, tras huir al exilio. En aquel viaje, se dejó depositada una bandera con los colores de la República, que hicieron con una bandera oficial a la que añadieron un trozo morado abajo. El trozo lo consiguió mi hermano Roberto, cortando la cola del traje de nazareno de mi padre (un modelo antiguo, pues los actuales de esa cofradía no llevan esa cola), con la excusa de ponérselo algún día al salir en procesión (como hizo más de una vez, por cierto). Mi hermano fue a aquel viaje, yo no. Ni llegué a visitar Taizé. Solo hice el último viaje que se organizó, que fue a Italia, en 1982, sin pasar ya por ese lugar. En los anteriores, además de la visita a la comunidad (por cierto, creada por el protestante "hermano Roger"), se aprovechaba para hacer algo de turismo por los alrededores. Eso hizo que se apuntase mucha gente con el exclusivo interés de viajar a precios baratos, y no de participar en actos ecuménicos religiosos. Otros iban porque en aquel lugar se encontraba mucha gente, entre ellas de varias comunidades españolas, dando rienda suelta a los deseos de libertad que surgieron tras la muerte de Franco. Se terminó solo con el turismo, en ese viaje a Italia. La idea del nuevo viaje es partir de Granada y terminar en Colliure, visitando ciudades relacionadas con la cultura que aprendimos de jóvenes.

En el albergue de Roma (1982), el grupo de viajeros. Yo, de pie, el que tiene los brazos en jarras (Foto de Rafi García)

En una parada de aquel viaje a Italia, que hicimos en Andorra, compré un reproductor de cassette, que estaba de moda entonces, por su pequeño tamaño. Los había de diferentes tipos: solo reproductores, grabadores... Con el tiempo se fueron haciendo cada vez más pequeños, aunque los más extendidos eran los que usaban las cintas estándar, las mismas que para aparatos mayores. Lo que les hizo populares era que se podían usar caminando, cómodamente, de ahí el nombre de walkman, aunque nosotros lo conocíamos también como "lorillos".


Durante el viaje fuimos muchos los que disfrutamos de la música, individualmente, gracias a estos aparatos. Yo me llevé varias cintas de mis discos favoritos grabados para poder escuchar música, e, incluso, me compré un trabajo muy de éxito entonces: el ROCK & RÍOS, de Miguel Ríos. Recuerdo cómo un amigo, durante un trayecto en autobús, se volvió desde el respaldo de su asiento, riéndose a pierna suelta de nosotros. Le pregunté el motivo y me dijo que la mayoría estaba bailando, solos, sentados, cada uno a su aire, con los auriculares puestos, y el autobús estaba en silencio. Una escena muy cómica.


La calidad de sonido de estos aparatos era buena, para la técnica de la época, reproduciendo en estéreo, a través de auriculares pequeños (cascos). Y se podían colgar de una cinta, en bandolera, o con una pinza que llevaban en el estuche donde se guardaban, que servía para fijarlos al cinturón, por ejemplo. Te permitían correr, andar, y llevarte tu música donde quisieras, sin cargar con pesados y voluminosos aparatos. Más tarde se empezaron a usar con CDs, pero de esos no he tenido ninguno.


El que compré en Andorra (todavía no se habían extendido los bazares, propiedad de marroquíes, indios, y más tarde, chinos, que vendían más barato que los comercios especializados en aparatos electrónicos, por lo que merecía la pena aprovechar estos viajes para hacer compras) es el que reproduzco en las imágenes. Es muy ligero y de tamaño reducido. Se alimentaba a pilas, aunque tenía una toma para adaptador de corriente que empleé mucho. Tenía incluso un micrófono que te permitía grabar sonidos, como hacían los reporteros con sus aparatos en ruedas de prensa que veíamos en televisión. Mi hermano me hizo unos pequeños bafles con un altavoz cada uno en una caja de plástico, que me permitió disfrutar del aparato como equipo de música para ambiente, usándolo en mis tiempos de estudiante en los pisos de Córdoba en los que viví de alquiler con amigos. Con el tiempo se fue estropeando (la cabeza reproductora se iba desviando, empeorando el sonido), y, además, las cintas de cassette se han ido perdiendo con el paso a los formatos digitales. Pero todavía funciona. Ahora es solo una pieza de museo entre mis cachivaches viejos de la juventud.

lunes, 20 de junio de 2016

Verano por partida doble


Hace unos días volvimos a vivir una primavera normal. Las temperaturas bajaron, llegando a hacer algo más que fresquito en la semana pasada. Hoy el calor ha vuelto a hacer acto de presencia de forma apabullante. Hoy volvió el verano climático que se nos había adelantado las pasadas semanas, con niveles más propios del mes de julio. 


Esta noche entramos en el verano astronómico. A las 22.34 horas del meridiano de Greenwich acabará la primavera y entraremos en la siguiente estación. Pero como nosotros tenemos el horario alemán, por obra y gracia del Generalísimo, y encima lo tenemos adelantado una hora, por el horario de verano que empezó en marzo, en España entraremos a las 0.34, esta madrugada. Entraremos por partida doble: el día 20 de junio (en calendario oficial de la Europa occidental) y realmente el 21 en nuestro país. Cosas de nuestra querida España.


Así que yo me adelanto en darle la bienvenida al estío. Una bienvenida a una entrada nocturna, que, espero, no signifique una noche calurosa, que nos deje descansar, como nos merecemos. La Luna llena, por cierto, acompañará al inicio de la estación en que el Sol es el gran protagonista de nuestro país. Un sol que nos reporta cuantiosos ingresos del turismo desde hace décadas. 


Muchas noches de Luna llena veraniega han resultado calurosas. Algo que me ha permitido hacer una broma con mi mujer, diciéndole que muchas noches de calor sofocante y cansino se dan con Luna llena. Ella siempre responde que el calor no tiene nada que ver con la Luna (y tiene razón, claro), pero la coincidencia me parece divertida. Ojalá esa conjunción no se dé esta noche.

viernes, 3 de junio de 2016

La foto del viernes: París inundada


Mientras aquí tenemos temperaturas veraniegas, que amenazan en la próxima semana con subidas más propias de julio, y las lluvias nos han dejado hace semanas, en el centro de Europa sufren inundaciones que han llegado a costar la vida de algunas personas en Alemania. En París la crecida del Sena por las lluvias está provocando también que el agua ocupe zonas antes reservadas a los ciudadanos. Hoy mismo han tenido que cerrar símbolos tan importantes como el Museo del Louvre por el peligro de anegación. La ciudad de la luz, tan querida por los turistas, se está convirtiendo en la ciudad de las nubes y los desbordamientos. No es la primera vez que esto ocurre en la capital francesa. Y, como en otras ocasiones en las que hay registro fotográfico, como en 1910, cuando París se convirtió en Venecia durante unos días, la Torre Eiffel permanecerá por encima de las aguas, vigilando la permanencia del legado histórico de la bella capital de Francia.

viernes, 20 de mayo de 2016

Nuestra feria de la infancia

Mi madre, de joven, con amigas en el Paseo (Archivo personal)
Hablar de las Ferias antiguas de Palma del Río es hablar, sí o sí, del Barrio de San Francisco y el Paseo Alfonso XIII. Desde que tengo memoria, las ferias se han celebrado aquí, lejos los tiempos en que tenía lugar solo en agosto la feria concedida por Juan II de Castilla en 1451, en la calle con su mismo nombre. El Paseo no estaba ni está ligado solo a la feria, ya que los aguaúchos (aguaduchos, según la Real Academia) funcionan desde la primavera hasta finales de septiembre, aunque algunos ya abran desde hace tiempo todo el año, con menor clientela.

El llano de San Francisco, con el Coliseo a la derecha y al fondo la torre de la parroquia de la Asunción. Foto desde la Harinera, de Miguel Santos Enríquez

El Paseo está junto a uno de los barrios populares de Palma, el barrio de San Francisco, nombrado por su antiguo convento franciscano. De niño íbamos a las azoteas de los pisos “blancos” (los de 1957), con compañeros de colegio, para ver el cine del Coliseo gratis. Los otros pisos, los del 18 de julio, se construyeron después y también alojaron a amigos de la infancia.

El convento y los pisos de San Francisco. Foto de Miguel Santos Enríquez

El Paseo de antaño ya no es el de hoy día. El autoservicio casi no existe. Quedan atrás aquellos tiempos en que se pedía en la barra y, cuando estaba el pedido, te avisaban para que te lo llevases. Se han impuesto los camareros, que toman nota y luego te sirven en mesa. Ya no se escucha, a viva voz o por los altavoces de los más adelantados, aquellos avisos de “¡Pepe, los calamares!”, “¡Belén, la ensaladilla!” Algo que permitía saber quienes estaban y, también de sus gustos culinarios. El tiempo avanza y, con él, las comodidades, cosa de agradecer, aunque añoremos el viejo sistema.

Antiguo quiosco de El Casino. Foto publicada por Saxoferreo

Todavía la parte central sigue de albero, algo bonito que aporta frescor, al ser regado cada tarde. Ideal para que los niños jueguen, con los padres en los aguaúchos, seguros de que no sufrirán percances. Eso ha condicionado nuestras ferias, pues hemos dispuesto de quioscos, que hacía innecesario el montaje de casetas. Sin embargo, éstas también se montan. Desde que yo recuerde, repartidas, como aquellas El cañaveral de los amigos, el Encuentro, las de los partidos políticos, La Bombilla, etc. También había dos casetas de obra, la de La Amistad y el Casino, además de los bailes del final: el Munster Club y la OJE. Y sin olvidar el quiosco de la música, donde tocaba la banda municipal. Luego, desde 1991 en un recinto propio en el llano de San Francisco, donde antes se montaban las atracciones (los cacharritos), que pasaron a la zona junto a la Chirritana. Casetas, muchas de ellas, montadas por amigos o asociaciones, solo por interés de pasarlo bien o recaudar fondos para sus actividades.

Mi tía Adelina con mi hermano Roberto y conmigo en los "cacharritos" (Archivo personal)

Casetas de tiro, tómbolas y otros puestos siempre han completado las atracciones. También el famoso Teatro Chino de Manolita Chen. En los años ochenta, en el Jardín Reina Victoria se celebraron conciertos, como aquel que presenté de Hilario Camacho. Ahora es donde los jóvenes se entretienen con el “botellón” todo el año, cosa que ha terminado prácticamente con las disco-casetas. Como también han dejado de instalarse algunas casetas tradicionales.

Mi hermana Sole de niña, con traje de gitana (Archivo personal)

Todavía recuerdo cuando el cine Coliseo España no cerraba en la feria. Incluso, desde que se construyó en 1932, se aprovechó para que actuasen los “cantaores” célebres (Juanito Valderrama, Marifé de Triana, Pepe Marchena, el Príncipe Gitano...), algo que daba color a las ferias y noches de verano. El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal, bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido cine de verano. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla parte de la Feria de Teatro en el Sur y otras actividades culturales e institucionales. 

Mi tía Adelina y yo en un aguaúcho (Archivo personal)

De niños teníamos ganas de que llegara la feria de mayo. Mi madre nos llevaba a los cacharritos, y, si era posible, nos compraba algún juego en los puestos o un helado en el quiosco del Bollito o Los Valencianos. Otro sitio típico era el puesto de turrón, donde comprar, además, otras golosinas (garrapiñadas, tiras de coco, etc). Como también el quiosco de churros, cita con vecinos o familiares al volver a casa, para degustar las ruedas, o las patatas fritas artesanas. Y, una última mirada al interior del Bar Charneca, para ver las fotos de los toreros, especialmente de El Cordobés.

jueves, 19 de mayo de 2016

Feria de Mayo 2016


Esta noche comienza la Feria de Mayo. La feria de la primavera, la que en Palma del Río cogemos con ganas. Temíamos por el tiempo que estaba haciendo en semanas pasadas, frío y muy lluvioso. El calor, no obstante, se ha venido encima, sin previsiones de lluvia, esa lluvia que otras ferias no pocas veces nos ha acompañado. Eso hace que nos vuelva la ilusión por pasar unos momentos divertidos con familia y amigos. 

Ya contaremos nuestras andanzas. Mañana no os perdáis el suplemento especial del Diario Córdoba dedicado a la feria palmeña. Espero que mis recuerdos de la feria de la niñez os devuelva a la memoria los buenos momentos pasados en otros meses de mayo.

martes, 10 de mayo de 2016

Visita al Parque Nacional de Doñana, un placer


El puente del primero de mayo lo hemos pasado en Sanlúcar de Barrameda, como ya he comentado. Aprovechamos la estancia para conocer un patio, del que ya hablé hace días, para visitar la Feria del Caballo de Jerez, y para conocer el Parque Nacional de Doñana, en una visita guiada. El Parque Natural, o mejor, una parte del mismo, el Pinar de la Algaida y las Marismas de Bonanza, ya lo visitamos hace tiempo, e hice referencia a ello cuando publiqué la entrada sobre la Laguna de Tarelo. 


El Parque Nacional es una joya de nuestro territorio. En nuestra visita pudimos hacer un recorrido de unos 70 kilómetros, contemplando diversos ecosistemas que lo componen.


Empezamos cruzando el río Guadalquivir en Bajo de Guía, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), para ir al Parque, en Huelva. Lo hicimos en una barcaza, a las nueve de la mañana.


En la otra orilla nos esperaban los camiones, unos vehículos especialmente fabricados para hacer la ruta por los diversos espacios del Paque. Nos montamos y emprendimos un viaje que nos llevó por varios puntos, sin repetir por ninguno del recorrido.


Entramos por la zona de bosque y matorral mediterráneo, haciendo una parada en un poblado, el Poblado de la Plancha. Es un antiguo asentamiento humano, anterior a la declaración de parque nacional. En él vivían quienes se dedicaban a la producción de carbón vegetal, en los llamados ranchos. 


Solo quedan pocas familias allí, permitiéndoles vivir hasta que lo dejen por buscar nuevas formas de ganarse la vida. En el poblado se conservan sus cabañas y los utensilios, además de ofrecernos información sobre la flora y fauna del parque.


En el bosque, compuesto fundamentalmente de matorral, pinos piñoneros y sabinas (el árbol original del territorio) pudimos contemplar parte de la fauna del lugar: gamos, ciervos... Además algunas aves, especialmente patos y milanos negros, nos acompañaron en el camino.


Bordeamos el Palacio de las Marismillas. Antiguo pabellón de caza (no se olvide que este terreno era antes conocido por Coto de Doñana) de los anteriores dueños (el duque de Tarifa), antes de pasar al Estado. Está edificado con estilo inglés, y actualmente es la residencia de los presidentes del gobierno y de jefes de estado y gobierno extranjeros invitados, en sus vacaciones, tras reservar el Palacio de Doñana a labores de investigación del CSIC.


Posteriormente entramos en la zona más conocida e importante a nivel internacional, la zona de marisma. Un extenso terreno arcilloso, donde normalmente se forma un humedal, cuando la estación de lluvias es normal, no como en este año ni el pasado (casi de sequía), donde se pueden observar numerosas aves migratorias, como los flamencos. 


Este año nos presentó un aspecto similar al del verano, con la tierra seca y cuarteada, sin apenas aves, ni vegetación. Las únicas especies, los omnipresentes milanos y algunos patos.


Pasamos por la llamada Vera, zona que delimita la marisma con las arenas. Una zona rica en vegetación por la presencia permanente de agua. Eso mismo permite que exista una abundante fauna silvestre, como los ciervos o gamos. 


Aunque también se encuentren animales de propiedad particular, como las vacas mostrencas (raza autóctona, criada para carne) o caballos, que viven allí de forma asilvestrada, y son explotados por sus dueños.


Luego, atravesando la Vera, entraríamos en una zona llana, y boscosa, donde se ha procedido a la tala para preservar el hábitat de los animales. Además de los cérvidos, se nos mostró (de lejos, eso sí) un árbol con un nido de águila, otra de las rapaces importantes del parque, animal protegido por su escasez. Como ocurre con otra de las joyas de la fauna en peligro de extinción, los linces, de los que quedan pocos ejemplares, aunque se intenta mantenerlos introduciendo presas (numerosos conejos) para que sobrevivan.


Durante el paseo vi un jabalí, aunque no pude captarlo con la cámara, por la velocidad con que se escondió en la maleza, asustado por nuestra presencia.


Pasando por terrenos arenosos, nos adentramos en otro de los ecosistemas claves del lugar, la zona de dunas móviles, una barrera entre el mar y la marisma. Contrariamente a lo que pudiésemos pensar, es un espacio poblado, tanto de flora como de fauna.


En él encontramos de nuevo los pinos, además de otras plantas, como juncos, o las clavellinas, que dan color al espacio y sirven para fijar la arena del suelo.


Reptiles (serpientes, lagartos...), escarabajos, alacranes y otras especies, incluso mamíferos, se mueven por el lugar, especialmente a las horas de menos calor. Sus huellas, junto a las nuestras, los delataban.


Las dunas móviles avanzan desde la costa hacia el interior, de forma lenta pero inexorablemente. A su paso van cubriendo las especies vegetales, que son ahogadas, con tiempo para que puedan depositar sus semillas, que germinarán cuando la arena se haya desplazado, dejando paso a un nuevo bosque, en el valle entre duna y duna.


Los pinos van quedando como esqueletos que sirven de abono para las próximas generaciones arbóreas, una vez que la duna se ha adentrado en el parque. Pudimos ver el proceso desde lo alto de una de ellas, haciendo un alto en el camino.


Tras las dunas entramos en la playa. Kilómetros de playa virgen, que puede ser visitada sin usar vehículos de motor. A un lado dejamos, a lo lejos, la playa de Matalascañas, donde vivimos de jóvenes una jornada de terror nocturno, gracias a las especies de la zona (especialmente los alacranes), tras un incendio. Girando a la izquierda, emprendimos el camino de vuelta, cerrando el circuito.


En la playa nos encontramos con diversas especies de aves: gaviotas, charranes, ostreros, y los simpáticos correlimos, que no paraban de hacer carreras en la arena, tras bajar las olas, en busca de alimento.


También había boyas artesanales de las redes de los pocos pescadores que pueden faenar en la zona protegida y otros restos, como una tortuga muerta.


Nos contaron que la limpieza de esta playa no es mecánica, como en otras turísticas, por obvias razones de conservación del medio, con lo que nunca llegaba a estar limpia del todo.


Frente al faro de Chipiona, el más alto de España, tercero de Europa y quinto del mundo, se ve el famoso barco del arroz, una nave que encalló allí, rompiéndose en dos partes, cuyo pecio nunca ha sido eliminado, no se sabe por qué. Afortunadamente la carga no causó los daños que hubiese provocado otro tipo de mercancías, como el petróleo.


Nuestro viaje concluyó de nuevo donde desembarcamos, tras recorrer uno 15 kilómetros de playa natural, con la única presencia de las aves y algunos pescadores, dejando atrás los búnkeres que instalaron durante la II Guerra Mundial.


Un viaje por la naturaleza espléndido, que puede hacerse también en sentido contrario, ya que hay diversas entradas. Y que rematamos con un aperitivo propio del lugar, tras cruzar de nuevo el Guadalquivir, en un establecimiento de Sanlúcar, donde volvimos a encontrarnos a cierto famoso actor de un culebrón televisivo, que también hizo la ruta con nosotros.


Me alegré del viaje. Y se lo recomiendo a quienes no conozcan el parque y les guste la naturaleza. Lo disfrutarán.