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domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

viernes, 24 de agosto de 2018

La Feria de Palma del Río y sus actividades típicas de otros tiempos


El mes de mayo pasado reproduje en este blog un artículo que publiqué en la revista de la Feria de Mayo donde defendía la existencia y pervivencia de la Feria de Agosto de Palma del Río, a pesar de los cambios que ha experimentado en los últimos tiempos. Afirmaba que la feria, como festividad y actividad económica, es como un organismo vivo, que “pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes”. Ahora que comienza la feria de agosto de este año podemos recordar algunos aspectos que formaron parte de esta fiesta de otros tiempos.


La Feria de Agosto tiene sus raíces en el siglo XV, y más concretamente en 1451, año en que Juan II concedió a Martín Fernández Portocarrero una feria libre y perpetua que durase quince días desde la Asunción de la Virgen, privilegio que sería ratificado más tarde por los Reyes Católicos. Esta feria, como mercado, tenía dos vertientes: mercado de ganados, y mercado de productos del campo, artesanales y otras mercaderías. En un principio se vino desarrollando en la calle que surgió en el arrabal próximo a la entrada Este (Arco del Sol) del Recinto Amurallado, llamada posteriormente, por ello, Calle Feria, en locales y soportales, muchos de ellos de propiedad eclesiástica, y con la feria del ganado en dirección a la antigua Puerta de Marchena, donde desemboca la conocida Calle Portada, en el llano de San Francisco, por su cercanía con el convento franciscano. Esa posibilidad de vender y adquirir productos que normalmente no eran asequibles, debido al fuerte intervencionismo de los poderes públicos, hizo que además de la actividad comercial fuese acompañada de actividades lúdicas y festivas, musicales y gastronómicas, que son las que hoy día caracterizan a las ferias.

La foto del principio de la entrada muestra esa feria de ganado, concretamente en el año de 1962, foto publicada en la revista Guadalgenil en septiembre de ese año. En ella vemos las bestias y los tratantes y compradores de ganado en plenas negociaciones o tratos, con los pisos de San Francisco como escenario. Dos de los protagonistas se dan la mano, dando formalidad a la compra y la venta recién conseguida a satisfacción. La profesión de tratante de ganado exigía conocimientos de esas especiales mercancías (el ganado, por ser seres vivos), temple en el carácter, capacidad de persuasión y otras habilidades comerciales. Una profesión ambulante en declive hoy día, por el retroceso de estos mercados, como pasó en Palma en el siglo pasado (donde dejó de celebrarse la feria de ganado) y por la escasez de los animales ofrecidos en ellos.


En esta otra foto vemos los puestos de feria que se colocaban en la Calle Portada, puestos que llegaban desde el Paseo hasta la Plaza de España actual, junto a la Plaza de Abastos o la Farmacia de Chacón, engalanándose la calle con banderines, como vemos en la foto de Juan Muñoz Figueroa, donde este monta en bicicleta, junto a su padre. Paulatinamente este espacio de la calle Portada fue retrocediendo como sede ferial, siendo ocupado en los años 70 y 80 con los puestos de turrón, que más tarde han ido concentrándose en el Paseo y alrededores.


Y cerramos este apresurado repaso a actividades de antiguas ferias con los toros, espectáculo que se ha intentado revitalizar durante estas fiestas en los últimos años, y que este solo ha tenido presencia en mayo. Para ello reproduzco una inserción publicitaria de la revista Guadalgenil, de agosto de 1961, con el anuncio de varias novilladas de feria, contando con la presencia, entre otros, de diestros locales como son “El Barquillero” y “El Hortelano”, Manuel García “Palmeño” y el famoso ya Manuel Benítez “El Cordobés”, que un año antes ya había toreado en nuestra ciudad, cosechando un rotundo éxito, como dimos testimonio en una entrada pasada, cuando toreó por primera vez aquí.

Como vemos, las ferias han ido evolucionando en su contenido durante los siglos de su existencia, incluso si nos fijamos solo en los decenios más recientes, quedando hoy día en acontecimientos festivos, con más o menos atractivos (algunos de los cuales varían según el público que los acoge o demanda), pero dignas, no obstante, de respeto y protección por su valor histórico y cultural evidentes. ¡Disfrutemos de nuestra feria!

jueves, 17 de mayo de 2018

La feria, un organismo vivo


Como ocurrió el pasado año, al iniciarse la feria de mayo de Palma del Río, hoy publico mi colaboración en la revista de feria que edita Coleopar Ceparia, con Imprenta Lopera, y con el patrocinio del ayuntamiento palmeño, que se presentó el viernes pasado.


La feria, un organismo vivo

La feria es una entidad viva. Como otros seres dotados de esta cualidad, a lo largo del tiempo, pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes. Cuando uno peina canas puede hacer un repaso de primera mano de esas diferentes épocas de la feria que ha vivido. Es mi caso, pues he conocido la feria (las dos ferias de cada año), en diversos momentos, con sus esplendores y sus altibajos y hasta he participado también en su preparación.

El autor, su hermano Roberto y su madre en la caseta de la OJE

De niño la feria se reducía a que te llevaran los padres o algún otro familiar durante un rato, y a actividades como montarse en algunas atracciones (los “cacharritos”), que te compraran un juguete, o que comieras jeringos, patatas fritas o el delicioso turrón, manjar que solo se prodigaba cuando llegaban las navidades. Más tarde, cuando empezabas a salir en pandilla con los amigos, cambiaban las atracciones que frecuentabas, podías consumir algún refresco en los aguaúchos sin la tutela de los mayores, y, encima, intentabas hablar a las niñas que conocías o te arriesgabas a conocer, mientras esperabas a montarte en los coches de choque, por ejemplo. De joven ya intentábamos “organizar” nuestra propia feria. En mi caso eso ocurrió a finales de los años setenta y durante los ochenta y noventa del siglo pasado. Es en esos primeros tiempos cuando un fenómeno “nuevo” surge: empiezan a proliferar las casetas (antes eran escasas), gracias a grupos de amigos (El cañaveral, Manicomio 79...), clubes deportivos, empresas, partidos políticos, sindicatos, etc. Los jóvenes que nos agrupábamos en la Asociación Cultural Vientos del Pueblo llegamos a montar varias veces una caseta en los terreros que había junto a la Fábrica de Harina, donde hoy está el mirador del Genil. Era la época donde no había un recinto exclusivo para las casetas, estando éstas repartidas por el Paseo, junto a los cacharritos, y en sus alrededores. Solo destacaban como edificios de obra los aguaúchos, el Casino, la Caseta de la Amistad y los bailes de final del Paseo (El Munster club y la OJE, primero, y más tarde Club Juvenil).

Los Munsters y Los Broncos
Poco a poco fueron surgiendo establecimientos nuevos en las ferias al calor de su pujanza: “La Bombilla” (en la antigua casa de los “Juncos”), “El tenderete de los impresentables” (en el anterior sitio de la empresa COPALCRO), “La marcha fresca” (en el Quiosco de la Música) y otras que aprovechaban, sobre todo el verano, para ofrecer a los jóvenes su entretenimiento. Porque es sobre todo en los ochenta cuando la feria de Agosto cobra mayor protagonismo. Los jóvenes en mayo teníamos exámenes y en agosto vacaciones. En mayo llovía (y llueve) muchas veces. En verano teníamos más ganas de diversión, y más tiempo y mejor clima. Y pasábamos todo el día en la Feria, porque, a pesar del calor, aguantábamos allí, y siempre había un alma caritativa que cogía una manguera de riego y nos refrescaba mientras bailábamos y nos rebozábamos con el polvo del albero. Además, entonces, los emigrantes palmeños (en Cataluña, Madrid, País Vasco, Alemania, Francia, etc) aprovechaban las vacaciones de verano para volver al pueblo, con lo que la población aumentaba, con ganas de diversión y de pasar unos días con familiares y amigos, alejados el resto del año. Eso provocó la costumbre de agasajarles en Feria con un arroz, en la caseta municipal, el antiguo Cine Coliseo España, que había comprado el Ayuntamiento para este fin. 

Entrada al Paseo en los años 70
Este fenómeno se refuerza con las obras que se hicieron en el Paseo en 1991, que permitieron trasladar las atracciones a un solar frente al colegio San Sebastián, y disponer de un recinto de casetas donde antes se instalaba la calle del infierno, dotado de sombra, calles urbanizadas y estructuras y lonas alquiladas por el Ayuntamiento, dando más realce, belleza y orden al recinto, además de permitir dos tipos de casetas, unas de estilo tradicional y otras (en otra parte) para música de discoteca. Las casetas que se multiplicaron antes pudieron instalarse en el nuevo recinto, lo que mantuvo el protagonismo de la Feria de Agosto, como feria más concurrida, durante unos años. 

Mi hermana Soledad
Siendo concejal participé en más de un debate sobre el futuro de las ferias. Uno de ellos era la posibilidad de unificar la Feria de Agosto con las Fiestas Patronales, fiestas estas últimas que también empezaron a decaer, desde aquellos tiempos en que no había espacio para montar quioscos, de la demanda que había de suelo, hasta hoy día, en que casi no hay establecimientos que sirvan en la Velá. Un debate que, como el Guadiana, aparece y desaparece, para surgir más tarde ante nuestros ojos, sin llegar a cuajar. Recuerdo una reunión con la directiva de la Hermandad de la Virgen de Belén, donde nos manifestaron que su mayor interés eran los actos litúrgicos y no tanto potenciar los aspectos lúdicos, además de preservar la identidad y singularidad de sus conmemoraciones, manteniendo fechas y lugares de celebración (en los setenta ya hubo intentos de trasladarla al Paseo y fueron un fiasco). Era lógico lo que pretendían y, como responsables de su organización, los únicos legitimados para decidir. Así que, en mucho tiempo, no volvimos a plantearles el tema. 

Escenario y público de la feria de agosto de 2017
La Feria de Agosto es ya una feria diferente a la de Mayo. No hay casetas (las que se montan en Mayo también son menos, paulatinamente), solo perviven los tradicionales quioscos del Paseo (los aguaúchos), que prestan un magnífico servicio a quienes asisten a la feria, como siempre. Las atracciones, aunque en menor número (pues son numerosas las ferias y fiestas de los pueblos de nuestro entorno), siguen concurriendo y sirviendo de diversión para niños y más jóvenes. La feria de día ha desaparecido, pues nos hemos vuelto cómodos y no queremos pasar calor, pero por las noches hasta cuesta trabajo encontrar una mesa donde sentarse a tomar una copa y una tapa. Y lo llamativo es que el Ayuntamiento programa las actuaciones, que antes se desarrollaban en la Caseta Municipal, al final del Paseo. En otras épocas se había intentado, pero los palmeños y palmeñas hemos preferido bailar en recintos cerrados, no “en la calle”, salvo cuando nos íbamos a las ferias de los alrededores, como la de Hornachuelos o Fuente Palmera, donde sí nos desmelenábamos bailando hasta altas horas de la madrugada delante de la orquesta que actuaba en la plaza del pueblo. Hace dos años asistí atónito al espectáculo de verme entre decenas y decenas de personas que deambulaban por el Paseo, tras haber estado toda la noche bailando y cantando delante de las orquestas, casi a las ocho de la mañana, sin saber qué hacer pues no había ya ningún establecimiento abierto, y con más ganas de feria. Si me lo cuentan, no me lo hubiera creído, pero lo vi con mis propios ojos. Y pensé: si a estos les dices que le vas a quitar la Feria de Agosto, te quitan a ti de en medio. 

Caseta “Los Aburríos” 1950
¿Que hay gente que se va a la playa durante la feria (no solo en la de Agosto, también ya en la de Mayo)? Libres son, nadie está obligado a permanecer aquí, pero también hay mucha gente que se queda y que tiene derecho a disfrutar “su Feria”, sin fastidiar a otros; como hay palmeños y palmeñas que no participan en otras celebraciones y no, por ello, claman por su desaparición. ¿Que los jóvenes ya no montan casetas, como hacíamos los de nuestra generación hace años, porque tienen una “feria barata” cada fin de semana con el botellón? Da igual, si les dices que les vas a quitar la feria, se enfadan y te sueltan eso tan socorrido de que “en Palma es que no hay nada”. ¿Es que tenemos que cargarnos la Feria para potenciar otras actividades? La Feria de Agosto es una feria que forma parte de nuestro Acervo Histórico y Cultural, que tiene siglos de vida (desde 1451, más antigua que la Feria de Sevilla) y que solo se suspendió en el siglo XIX por una epidemia animal, lo que dio lugar a la aparición de la Feria de Mayo. No tiene sentido suprimirla si hay motivos históricos, económicos, tradicionales, y habitantes dispuestos a seguir manteniéndola, de la manera que ellos la entienden. ¡Defendamos y protejamos nuestras ferias!

Roberto, la tía Adelina y el autor en los cacharritos
Las ferias, como decía al principio, son como los seres biológicos, pasan por diversas vicisitudes durante su existencia, y terminarán pereciendo. ¿Está muerta la feria de Agosto? A mi juicio, no. Ni al criterio de las miles de personas que van al Paseo en esos días de fiesta. No seamos nosotros los que le demos la estocada final, cuando hay muchos paisanos y paisanas (además de los que siguen visitándonos de los alrededores) que sienten su feria como algo propio, sin distinción de credos, ideologías u ocupaciones. Es ya una feria diferente, sí, diferente a la de Mayo, diferente a las ferias de otras épocas, que, por mucho que las recordemos con añoranza, no volverán. Pero sigue viva. Las ferias serán lo que queramos los habitantes de este hermoso pueblo, todos; pueblo que vive según los tiempos que nos ha tocado en suerte. Disfrutemos de las Ferias, las dos. En Agosto, y, por supuesto, en la que empieza ahora, la Feria de Mayo. ¡Que tengan una buena feria!

lunes, 10 de abril de 2017

El walkman o lorillo de mi juventud


En estos días se está moviendo un grupo de personas, de las que fueron a las excursiones de semana santa a la comunidad de Taizé, para revivir aquellos viajes en forma de un viaje cultural por las localizaciones que están relacionadas con literatos y artistas españoles. La idea surgió porque en uno de esos viajes se hizo una parada en Colliure (Francia), donde está enterrado Antonio Machado, tras huir al exilio. En aquel viaje, se dejó depositada una bandera con los colores de la República, que hicieron con una bandera oficial a la que añadieron un trozo morado abajo. El trozo lo consiguió mi hermano Roberto, cortando la cola del traje de nazareno de mi padre (un modelo antiguo, pues los actuales de esa cofradía no llevan esa cola), con la excusa de ponérselo algún día al salir en procesión (como hizo más de una vez, por cierto). Mi hermano fue a aquel viaje, yo no. Ni llegué a visitar Taizé. Solo hice el último viaje que se organizó, que fue a Italia, en 1982, sin pasar ya por ese lugar. En los anteriores, además de la visita a la comunidad (por cierto, creada por el protestante "hermano Roger"), se aprovechaba para hacer algo de turismo por los alrededores. Eso hizo que se apuntase mucha gente con el exclusivo interés de viajar a precios baratos, y no de participar en actos ecuménicos religiosos. Otros iban porque en aquel lugar se encontraba mucha gente, entre ellas de varias comunidades españolas, dando rienda suelta a los deseos de libertad que surgieron tras la muerte de Franco. Se terminó solo con el turismo, en ese viaje a Italia. La idea del nuevo viaje es partir de Granada y terminar en Colliure, visitando ciudades relacionadas con la cultura que aprendimos de jóvenes.

En el albergue de Roma (1982), el grupo de viajeros. Yo, de pie, el que tiene los brazos en jarras (Foto de Rafi García)

En una parada de aquel viaje a Italia, que hicimos en Andorra, compré un reproductor de cassette, que estaba de moda entonces, por su pequeño tamaño. Los había de diferentes tipos: solo reproductores, grabadores... Con el tiempo se fueron haciendo cada vez más pequeños, aunque los más extendidos eran los que usaban las cintas estándar, las mismas que para aparatos mayores. Lo que les hizo populares era que se podían usar caminando, cómodamente, de ahí el nombre de walkman, aunque nosotros lo conocíamos también como "lorillos".


Durante el viaje fuimos muchos los que disfrutamos de la música, individualmente, gracias a estos aparatos. Yo me llevé varias cintas de mis discos favoritos grabados para poder escuchar música, e, incluso, me compré un trabajo muy de éxito entonces: el ROCK & RÍOS, de Miguel Ríos. Recuerdo cómo un amigo, durante un trayecto en autobús, se volvió desde el respaldo de su asiento, riéndose a pierna suelta de nosotros. Le pregunté el motivo y me dijo que la mayoría estaba bailando, solos, sentados, cada uno a su aire, con los auriculares puestos, y el autobús estaba en silencio. Una escena muy cómica.


La calidad de sonido de estos aparatos era buena, para la técnica de la época, reproduciendo en estéreo, a través de auriculares pequeños (cascos). Y se podían colgar de una cinta, en bandolera, o con una pinza que llevaban en el estuche donde se guardaban, que servía para fijarlos al cinturón, por ejemplo. Te permitían correr, andar, y llevarte tu música donde quisieras, sin cargar con pesados y voluminosos aparatos. Más tarde se empezaron a usar con CDs, pero de esos no he tenido ninguno.


El que compré en Andorra (todavía no se habían extendido los bazares, propiedad de marroquíes, indios, y más tarde, chinos, que vendían más barato que los comercios especializados en aparatos electrónicos, por lo que merecía la pena aprovechar estos viajes para hacer compras) es el que reproduzco en las imágenes. Es muy ligero y de tamaño reducido. Se alimentaba a pilas, aunque tenía una toma para adaptador de corriente que empleé mucho. Tenía incluso un micrófono que te permitía grabar sonidos, como hacían los reporteros con sus aparatos en ruedas de prensa que veíamos en televisión. Mi hermano me hizo unos pequeños bafles con un altavoz cada uno en una caja de plástico, que me permitió disfrutar del aparato como equipo de música para ambiente, usándolo en mis tiempos de estudiante en los pisos de Córdoba en los que viví de alquiler con amigos. Con el tiempo se fue estropeando (la cabeza reproductora se iba desviando, empeorando el sonido), y, además, las cintas de cassette se han ido perdiendo con el paso a los formatos digitales. Pero todavía funciona. Ahora es solo una pieza de museo entre mis cachivaches viejos de la juventud.

lunes, 5 de septiembre de 2016

La primera calculadora que compré y usé


En busca de una cosa que no viene a cuento ahora mencionar, me encontré con mi vieja calculadora de bolsillo. La primera calculadora la compré en el viaje de fin de curso de octavo de EGB, mientras estudiaba en el Colegio San Sebastián, cuando fuimos a Ceuta. La mayoría se compró otros aparatos, debido a que entonces eran más baratos que en la península, debido a su diferente régimen fiscal. Por ejemplo, walkie talkies, con los que estuvimos dando la tabarra en el hotel de Algeciras, donde pernoctamos, tras el viaje al continente africano. Yo preferí algo más útil, en teoría. Luego he tenido otras calculadoras más completas (aunque sin llegar a calculadoras científicas, pues me incliné a estudiar letras) y otras que se hicieron necesarias cuando introdujeron el euro, para hacer las correspondencias de precios entre pesetas y la nueva moneda. Me serví de ésta los primeros años. 

Tenía (o, más bien, tiene) pocas funciones: sumar, restar, multiplicar, dividir, calcular tantos por ciento y raíces cuadradas, cambiar de positivo a negativo, y memoria. Es un modelo de bolsillo relativamente moderno para ser de finales de los 70 (la excursión la hicimos el verano de 1976). Dispone de una pantalla o display fluorescente de vacío color verde, no pantalla LCD o LED como las más modernas, un tipo de pantalla que se dejó de usar por gastar demasiada energía. Tiene las correspondientes teclas y una llave para encendido y apagado, además de una toma para adaptador de corriente alternativo, ya que se alimenta con dos pilas de 1.5 voltios. Venía con instrucciones (en inglés) y funda negra.

La marca era Logitech, pero no de la empresa suiza fundada en 1981, dedicada a componentes informáticos, que conocemos. Posiblemente fuese una empresa de Taiwan, como he visto en otras calculadoras antiguas. No tiene el rótulo que indica donde fue fabricada.


Está algo desgastada la carcasa, por su uso. Le he puesto pilas, y... ¡oh! todavía funciona (aunque defectuosamente). Al menos he sentido alegría al ver los números luminosos de color verde en su pantalla. Me ha traído un montón de recuerdos al haberla encontrado. 

lunes, 29 de agosto de 2016

La UNED de Calatayud, en una sorprendente y bella ciudad


Uno de los lugares donde hemos estado este pasado viaje de vacaciones es Calatayud, ciudad de similar población a Palma del Río, cabecera de comarca y con denominación de origen vinícola, en la provincia de Zaragoza. Allí hicimos noche, tras el regreso del País Vasco, para visitar al día siguiente el Monasterio de Piedra. Calatayud nos sorprendió por sus casco histórico, que visitamos de forma somera, apresurada, es cierto. 


No preguntamos por la famosa "Dolores", pero pudimos apreciar desde el exterior la belleza de la Colegiata de Santa María, joya del mudéjar aragonés, con aportaciones de otros estilos, del que se conserva su torre de 70 metros octogonal, el claustro y el ábside, declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 


También pudimos disfrutar de su portada plateresca de alabastro. 


Paseamos por sus calles, donde los rótulos nos indican su origen judío, musulmán o cristiano. Con su trazado estrecho y con fachadas sorprendentemente inclinadas hacia el interior en algunos edificios. 


Hasta llegar a la puerta de Terrer y la Fuente de los Ocho Caños. Terrer, población cercana que nombra el Cantar de Mio Cid. Y fuente del siglo XVI que antes tuvo once caños, uno de ellos reservado al verdugo de la ciudad y otro para las personas infames.


No vimos los castillos (solo de lejos), ni otros edificios importantes, ni el ayuntamiento, así que no pude hacerme la foto que tengo por costumbre en la fachada de esas casas consistoriales de las poblaciones que visitamos. Pero sí encontré la sede del centro asociado de la UNED y sí me hice una foto. El motivo es la gran ayuda que me prestó mientras cursaba los estudios de la licenciatura de Derecho, ya que dispone de un depósito de exámenes actuales y de años atrás, que me sirvieron, como a otros muchos alumnos, para preparar mis estudios y las pruebas correspondientes. Como agradecimiento a esa ayuda hoy le dedico esta entrada.

sábado, 27 de agosto de 2016

Calle mayor


Calle mayor es una película de Juan Antonio Bardem de 1956, premiada ese año en el Festival de Cine de Venecia, que fue rodada fundamentalmente en Logroño, pero empezando en Madrid y luego en Palencia. Tuvo que dejar esta última ciudad, tras ser detenido el director por su militancia política en el Partido Comunista. 


Cuando visitamos Palencia a principios de agosto, estuvimos en su Calle Mayor, nombre que comparte con calles principales de otras ciudades. Viendo los soportales que todavía quedan en muchos de sus tramos, me acordé de ciertas imágenes de la película. Entonces no pregunté si tenía algo que ver con la película, pero luego lo he comprobado.


Palencia se daba bien como escenario para desarrollar el argumento de la película, basada en la obra de teatro de Carlos Arniches La señorita de Trevélez, pero sin matices cómicos. 


En ella se narra las peripecias de unos bromistas que engañan a una solterona, haciéndoles creer que uno de ellos quiere casarse con ella, lo que provoca diversos problemas, derivados del ambiente moral de una ciudad de provincias en aquellos años 50, tras la posguerra.


La calle mayor de Palencia, afortunadamente todavía conserva ese sabor a ciudad pequeña, donde todos se conocen, y donde las viviendas y los locales comerciales guardan esencias del pasado, con una notable presencia de esos soportales que nos llamaron la atención y numerosos edificios de estilo modernista de gran belleza.

jueves, 25 de agosto de 2016

Camiseta muy personal


Como sabréis, tengo por costumbre comprar camisetas los veranos. Si encuentro algo que me divierta o esté relacionado con mis aficiones, adquiero una o varias. El año pasado visitamos Asturias y esta camiseta me gustó. El usar el logo de una conocida empresa o nombre comercial no es algo infrecuente, sobre todo para hacer chistes. Esta camiseta está en esa línea. Y, encima, me permite algo: valerme de mis características, que otros podrán ver como defectos. Así no engaño a nadie. Cada uno presume de lo que tiene. Y encima no somos tan pocos los que hemos sonreído con placer al verla. A fin de cuentas, en estos tiempos, todo se puede poner de moda.

domingo, 21 de agosto de 2016

Turismo problemático


El turismo es una fuente de recursos importante para muchos de nuestros territorios, ricos en atractivos, como el sol, las playas, los paisajes. Es más, muchas ciudades y pueblos se esfuerzan por mejorar  sus calles, sus monumentos, su pasado y sus recursos naturales, con tal de vender su interés y lograr la ansiada visita de los turistas, que dejen en las arcas locales los preciados euros. Pero el turismo, sobre todo si se masifica, como toda moneda, tiene dos caras, tiene inconvenientes, como es el caso del turismo barato que busca playas y alcohol. No es extraño, por tanto, que provoque molestias a los vecinos y que éstos se rebelen. Dos muestras de estas protestas vecinales hemos visto este año en nuestras visitas. La primera es de Salamanca, hermosa ciudad del interior peninsular, de rico patrimonio cultural e histórico. Eso no impide a que algunos turistas no se comporten con el civismo necesario y terminen molestando a los residentes. Como indican los carteles, con redacción humorística, el ruido y los olores de ciertas basuras y evacuaciones, de los turistas con mala educación, no son bienvenidos, lógicamente. No obstante, nos desean una feliz estancia ociosa.


La segunda imagen es de Cuenca, otra ciudad interior que tiene un gran número de visitas turísticas. Su casco histórico es muy frecuentado, y tiene el inconveniente de encontrarse en un punto elevado, en una zona escarpada, con grandes acantilados lindantes con dos ríos (el Huécar y el Júcar), formando un elevado cañón de unos cien metros. Prácticamente todo el casco antiguo está abierto al tráfico rodado (a diferencia de la mayoría de estas zonas similares que conocemos), con lo que es peligroso caminar como visitante. Y de ello se nos quejó un taxista, que nos llevó al barrio del castillo (la parte más alta), donde iniciamos la primera visita, bajando en busca de un lugar donde cenar y para ver el lugar, y luego dirigirnos a nuestro hotel, situado en la parte nueva. Los letreros aluden a la mala convivencia entre turismo y residentes. El casco histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad, y ello ha servido para hacer un juego de palabras alusivo a esos problemas que presenta el armonizar turismo y conservación del patrimonio, con una ciudad viva y habitada. En fin, que nunca llueve a gusto de todos.

viernes, 19 de agosto de 2016

La foto de viernes: Día mundial de la fotografía. Mi aportación.


Hoy se celebra el Día Mundial de la Fotografía. Hace 177 años el Estado francés compró la patente del daguerrotipo, el primer procedimiento fotográfico, para que todo el mundo pudiera usarlo libremente. Unos dicen que fue en julio, otros que el 19 de agosto de 1839. Da igual, desde entonces la fotografía se ha colado en nuestras vidas como una necesidad más para conocer y conservar el mundo que nos rodea. Muchos hoy exponen sus trabajos. Este blog usa mucho de la fotografía para completar sus textos. Entre ellas las hay de mi autoría (aunque yo no sea un buen fotógrafo). Por ello voy a hacer mi modesta aportación con una imagen, de archivo, una foto que hice al lago de la cueva, en el parque natural de Somiedo, en Asturias. Una fotografía que mezcla colores fríos y cálidos, en un contexto natural de paz y tranquilidad. Espero que os guste.

jueves, 18 de agosto de 2016

Feria de Agosto 2016, el cartel


Hoy da comienzo la Feria de Agosto. Y me coge trabajando, con lo que esta noche no podremos disfrutarla hasta altas horas, como era costumbre cuando el viernes no se trabajaba. Da igual, iremos a la cita anual del encendido del alumbrado. Sin obligaciones esta noche. En los días siguientes intentaremos divertirnos lo que podamos. A pesar del calor que nos anuncian. A pesar de las amenazas de elecciones en Navidad, otra vez, si Rajoy no consigue la investidura cuya sesión primera en el Congreso será el día 30. Podían haberla adelantado una semana, evitando así la votación con turrones y polvorones, villancicos y belenes (si pasan los dos meses desde la primera votación sin salir nadie elegido), de haber querido. Pero así no podrían culpar al PSOE de esa estrámbotica jornada electoral. Otra forma de presionar, ésta de Rajoy y Rivera. Bueno, eso ya se verá. Ahora toca feria, ya comentaremos estas "jugadas" y otros asuntos de actualidad entre copas de fino o manzanilla, cervezas varias y tapas tradicionales, en los quioscos, pues las casetas son escasas (al menos hay dos este año). Que tiempo hay para relajarse, antes de volver a la cotidiana labor el próximo lunes (los que se queden, los que nos quedemos, por no irnos a la playa el fin de semana, como hacen muchos que se quejan de la feria... y no la frecuentan). El ayuntamiento continua ofreciéndonos música en el paseo, con actuaciones varias. Os dejo el cartel, para que sepáis de ellas. Yo me voy a la ducha, que podamos salir pronto y volver a una hora prudente. Ya llegará el fin de semana. ¡Y que no nos quiten la feria!

sábado, 13 de agosto de 2016

Carreras de caballos junto al mar


Ayer volvimos al hipódromo de Sanlúcar de Barrameda. Ese hipódromo improvisado, cuyas carreras se desarrollan en la playa, donde el Guadalquivir desemboca en el océano Atlántico. De estas carreras ya os hablé hace cinco años. Quien quiera conocer más detalles, puede hacerlo pinchando en este enlace, donde os comenté su desarrollo y origen, además de incluir varias fotos de todo lo que sucede alrededor del acontecimiento deportivo, como son los quioscos de apuestas que los niños montan en la playa, y otros detalles interesantes. 


Hoy me limito a colgar algunas fotos de esta singular prueba deportiva, que tiene lugar en la playa, frente al Parque Nacional de Doñana, y que pudimos tomar en una tarde calurosa con viento de levante.


Ayer fue la primera carrera del primer ciclo que se celebra este fin de semana, coincidiendo con el puente de las fiestas patronales de Sanlúcar. Al final de agosto será el segundo ciclo de carreras, cuando las mareas vuelvan a estar por las tardes en su ciclo más bajo.


Caballos junto al mar. Una curiosa y bella estampa que se repite aquí cada verano.