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domingo, 30 de junio de 2024

Cuando la cal envolvía con su blancura nuestras casas

El patio de la casa con el pozo al fondo. Foto del archivo del autor.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo de la niñez, y tienen muchos de los que rozan mi edad por la parte que les toca, es el color blanco que refulgía en las paredes de la casa en que morábamos. Mi casa, la casa de mis padres, como otras muchas de Palma del Río, lucía el color blanco impoluto que proporcionaba la cal. La mayoría de las paredes se blanqueaban, se encalaban, se enjalbegaban o jabelgaban, según como se denominase en cada territorio la costumbre de pintar de blanco con la cal. Generalmente esto se hacía una vez al año, pues ese color blanco se deterioraba, y era costumbre reponerlo en primavera, antes de que llegara el verano, o a principios de este, ya que el buen tiempo aseguraba su durabilidad y así nos preparábamos contra el calor, suavizando las temperaturas en el interior.

Mi hermano Roberto limpiando tras el blanqueo. Foto del archivo del autor.


En mi casa se encargaba de blanquear mi madre, contando con la ayuda muchas veces de una hermana de mi padre, la tía Adelina, pues la casa era de grandes dimensiones. Cuando crecimos mi hermano Roberto y yo, más de unas vacaciones escolares de verano la iniciamos ayudando con el blanqueo, de las muchas paredes de la casa. Nos vestíamos con ropa vieja, tapándonos la cabeza, pues se desprendían muchas gotas y chorreones. También se cubrían con sábanas viejas los muebles y lámparas para no mancharlos, y después había que limpiar el suelo, como se ve a Roberto ayudando con la fregona en el patio de la casa, junto a la escalera, en presencia de mis padres.

Rocas calizas. Foto del autor.


Mi madre compraba la cal en una de las diferentes tiendas que se encargaban de su venta en aquellos tiempos en Palma (hoy desaparecidas), concretamente recuerdo una que había en la calle Nueva, entonces calle Écija, donde íbamos frecuentemente. Se compraba la cal viva, es decir la cal en terrones, que luego se apagaba mezclándolos con agua. Los terrones los recogían con unas cajas de madera para obtener el almud, que era la medida que se empleaba entonces para calcular la capacidad de diferentes áridos, y que hoy día está prácticamente en desuso. En casa teníamos en el corral una tinaja alargada donde se apagaba la cal, echando los bloques en agua, para obtener la pintura necesaria. Durante el apagado, el agua hervía a borbotones, por lo que mi madre siempre lo hacía alejándonos para no quemarnos, pues es una reacción que provocaba nuestra curiosidad.

El Arquito y la Muralla Almohade. Foto del Catálogo Artístico y Monumental del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba.


Mi casa, cuya exacta antigüedad desconocíamos, aunque sabíamos que formó parte de otro edificio muy remoto dividido en varias viviendas no mucho tiempo atrás, tenía muros de tapial (mezcla de tierra, cal y piedras, como cantos rodados, apisonada en un encofrado de madera), reforzados posteriormente con ladrillo en algunas zonas, una técnica que desde la Edad Media se empleaba en Palma, como en muchas zonas del Mediterráneo, y estaban encalados, aunque en algunas paredes, si rascabas, aparecían diferentes colores antiguos que las singularizaron antaño. Las Murallas Almohades de nuestro recinto histórico, como atestiguan fotografías con algunos años ya donde se ven restos, también estaban blanqueadas para proteger sus lienzos y torreones. Los anchos muros de tierra que se empleaban antiguamente en la construcción proporcionaban frescor en verano y retenían el calor en invierno, sobre todo si se impermeabilizaba su superficie con cal. No obstante, como pasaba en nuestra casa, las humedades que se filtraban desde el terreno hacían que estas rezumaran al interior de las habitaciones, provocando rugosidades y no pocos desconchones, que desprendían incómodos caliches que había que eliminar, y reparar con nuevos blanqueos de las paredes. Mi calle, antiguamente conocida como Calle Carnicerías desde la Edad Media, hasta que la denominaron José de Mora en el siglo XIX, era perpendicular a la Calle Río Seco, y por lo tanto cercana al lecho del Genil, con abundantes mantos freáticos, como certifica el pozo del que nos surtíamos, y eso contribuía a las humedades.

Fachada de una de las “casas amarillas”. Foto de Miguel Santos Enríquez.


La costumbre de blanquear las casas en Andalucía es relativamente reciente pues, tras la conquista castellana ganaron presencia los colores en las fachadas, frente a la costumbre musulmana de las fachadas blancas, aunque después el blanco de la cal se impuso por higiene, ya que previene las infecciones, por ser bactericida y antimoho, y por estética, y porque da frescura en verano, como bien sabían los que impusieron su cultura durante ocho siglos en la Península Ibérica. Una frescura que se complementaba con la que aportaban las macetas de colores en los patios, que contrastaban con el blanco de las paredes, aportando también belleza por las flores y la masa vegetal. En algunos sitios, como vemos en los famosos patios de Córdoba, o en La Mancha, los zócalos o recercados de puertas o ventanas se pintan de azul o añil con pintura o mezclando tintes de ese color con la cal. En Palma también existía esa costumbre, aunque con una paleta de color más amplia, como en el caso de las conocidas “casas amarillas”, las 72 casas que construyó en 1956 la Delegación Nacional de Sindicatos en Duque y Flores, por el uso de ese color para los zócalos, que sus moradores siguieron conservando bastante tiempo.

El colgadizo del corral con cubo, lebrillo y las brochas para blanquear. Foto del archivo del autor.


En otra fotografía de mi casa, bajo el colgadizo del corral (“el colgaíso” como lo llamábamos nosotros) se ven un cubo con las manchas de cal y las escobillas o brochas, hechas con palmito, la palmera enana tan abundante antaño en nuestras tierras, como las fabricadas en la llamada fábrica de vegetal (también conocida como fábrica de crin vegetal), que había en la calle Siete Revueltas, sustituyendo el emplazamiento de un molino aceitero del siglo XVIII, propiedad de la familia España, una de las industrias tradicionales de Palma del Río, que empleaban materias primas producidas y recolectadas en la zona, como lo era también el esparto, del que se hacían serones, persianas, esteras y otros productos entonces muy usados, y que elaboraban, por ejemplo, en la casa de Delfín Lopera que tenía en la calle Salvador. Esas brochas eran atadas frecuentemente en el extremo de una caña para llegar a sitios altos, aunque se usaran también escaleras.


Patio de Córdoba. Foto del autor.


El procedimiento de obtención de la cal desde las piedras calizas, abundantes en la zona, por ser rocas sedimentarias, formadas tras el retroceso del mar por la colmatación de materiales en la depresión del Guadalquivir, se ha descrito muchas veces. Los hornos, alimentados con madera, ramas o incluso carbón, en los lugares en que este combustible abundaba, donde se cocían las piedras calizas, a muy alta temperatura, y durante varios días, se llaman caleras o calerines. La roca caliza cocida adquiría el color blanco característico, y se conoce como cal viva. Todavía en algunos puntos de Andalucía se conserva la tradición de hacer cal con los hornos que importaron los musulmanes, aunque posteriormente las técnicas cambiaran. 

Calera Los Chaparros. Foto de la página web de Turismo de Hornachuelos.

En El Baldío, hay una calle con el nombre Los Calerines, en recuerdo de las caleras, los hornos donde se hacía la cal. La familia Jerez, la propietaria del cine de la calle José de Mora, tuvo un edificio conocido como El Calerín, en la calle Santo Domingo (hoy Madre Carmen) haciendo esquina con la Fuentecilla de los Frailes que adquirió hace unos años el ayuntamiento palmeño para ampliar la plaza con una zona ajardinada. En Palma, como en toda la comarca, la presencia de hornos para fabricar la cal ha sido frecuente, tanto por la abundancia de la materia prima, como por su uso. La fotografía es de una antigua calera, Los Chaparros, del vecino municipio de Hornachuelos.

Naranjos con el tronco blanqueado. Foto del autor.


Hoy día la pintura ha sustituido a la cal, lo mismo que las técnicas constructivas han cambiado con el uso de otros materiales conglomerantes, como el cemento (que también se obtiene empleando, entre otros materiales, piedras calizas), con enfoscado y enlucido con pinturas plásticas más resistentes y con menos mantenimiento. Pero la cal se sigue vendiendo como pasta, ya apagada, que se mezcla con agua para aplicarla. Incluso, se está poniendo de moda en determinados ámbitos como la decoración, por ser un producto ecológico, sencillo e higiénico. Donde sí podemos todavía encontrarla es en nuestras calles por la costumbre ancestral de blanquear los troncos de los naranjos agrios, porque evita que los animales ataquen los troncos y los adorna. Así, en la primavera en que nos encontramos, podemos disfrutar del olor a azahar cuando deambulamos por nuestros pueblos engalanados de naranjos repletos de flores y protegidos por este producto natural, que los embellece aún más si cabe, como hileras semejantes a un desfile de trajes de novias perfumadas, orgullosas y radiantes, y recordar cuando la mayoría de nuestras viviendas se renovaban para lucir ese blanco que hacía más luminoso nuestro entorno.

(Artículo publicado en la revista de la Feria de Mayo de 2024)

domingo, 23 de junio de 2024

Salud


Cuando la pandemia del Covid 19 solía felicitar los cumpleaños y otras celebraciones deseando felicidad y salud. Lo segundo, obviamente por motivos lógicos, pues qué mejor deseo que no padecer una enfermedad, como la hasta entonces con repercusión desconocida, causada por un virus nuevo. Mi última entrada en el blog fue también felicitar, el 31 de diciembre pasado, por la entrada en el año nuevo, con una de las imágenes que capté hace años en una visita al Parque Nacional de Doñana, con una naturaleza hermosa. Entonces me sentía mal y esa imagen me reconfortaba de alguna manera. Por la tarde, cuando Ana, mi mujer, volvió de casa de las hermanas, donde habían estado preparando la tradicional cena de Nochevieja, me trajo un test del covid y di positivo. Otro año más, el segundo consecutivo, encerrados en casa, aquejado de la dichosa enfermedad, de la que, seguro, me contagié en la "tarde buena" del 24 de diciembre. Menudo comienzo de año. Tuvimos que improvisar una cena para los dos en mi casa y felicitar a la familia y amigos desde el WhatsApp.


Pero no ha sido este el único problema de salud. Como había ganado mucho peso en las Navidades y antes, y este año teníamos la boda de Anita y Miguel, volví a hacer ejercicio con la bicicleta estática que me había buscado hace unos años y con la que pretendía ponerme en forma. Vamos sumando años y cada vez es más difícil perder kilos y mantener la agilidad. Así que, con irregularidad, por cierto, me puse a "hacer kilómetros" por las tardes dentro de casa. Además me iba a venir bien para mi idea de disfrazarme en carnaval y pasar el Domingo de Piñata entero en la calle disfrazado, como en los viejos tiempos. A mediados de febrero empecé a sentir dolor en la pierna izquierda y mis varices se estaban inflamando. Ya el día 12 de febrero usé por última vez la bicicleta, pensando que me habría lesionado de tanto abusar en tiempo y supuestos kilómetros. El 18, Domingo de Piñata, salimos disfrazados, como había previsto, y por la noche, casi tenía que ir arrastrando la pierna por el dolor. El martes conseguí cita con el fisio para que me tratara el miércoles 21, afortunadamente, pues solo caminar y conducir eran un verdadero suplicio. Cuando me tumbé en la camilla me dijeron que eso no tenía pinta de lesión muscular ni de tendones, que parecía una flebitis. Me recomendaron acudir al especialista cardiovascular. De allí me fui a mi médico que, tras reconocerme, me indicó que fuese a urgencias al hospital Reina Sofía, que no esperase a pedir cita, ya que podría ser una tromboflebitis, y el riesgo de embolia, si se soltaba algún trombo y se desplazaba por la vena hasta, por ejemplo, un pulmón, podría tener consecuencias muy graves.

Eso hicimos, nos fuimos a urgencias y allí estuvimos toda la madrugada, haciéndome prueba tras prueba, hasta que en radiología, cuando me hicieron una ecografía, me confirmaron que tenía "un trombo enorme", y que me derivaban a medicina interna. Allí me reconocieron y me hicieron un informe para pedir cita en medicina externa del hospital, recetándome heparina e inyectándome la primera dosis. El informe decía: "Se objetiva contenido ecogénico en cayado que se extiende por safena mayor en todo su trayecto. Hallazgos en relación con extenso trombo."

El especialista de medicina interna, que me vio más de cuarenta días después, me confirmó la gravedad del asunto al afectar al cayado, una parte de la safena que comunica con otras venas internas, por donde se puede escapar algún trombo y alojarse en el pulmón y me cambió el tratamiento de anticoagulantes (estaba cansado de tanta inyección), dándome cita para finales de mayo, mandándome análisis y nueva ecografía previamente. Durante más de tres meses he estado de baja laboral, hasta el 31 de mayo, ya que de la ecografía posterior se deduce que tengo: "Trombosis completa de vena safena magna que comienza unos 6 cm distal al cayado y afecta a los tercios medio e inferior del muslo." Es decir, que sigo teniendo dos tercios de la safena con trombosis, aunque el cayado ya no esté afectado. Vamos, que sigo enfermo, aunque podamos haber salido de la zona de peligro, posiblemente, y ya pueda seguir "Dieta y régimen de vida normales." Con un tratamiento de anticoagulantes durante un año, y con revisión en diciembre.

Y en esto nos encontramos, con una enfermedad de larga duración, durante la que he perdido más de diez kilos de peso, por una dieta autoimpuesta, y por los numerosas caminatas que he hecho y debo seguir haciendo, ya que también es bueno para diluir el trombo. Por eso llevo sin publicar nada en lo que va de año, ya que son pocas las ganas que he tenido de escribir, con una baja de larga duración, con dolores, con miedo, con dificultades para moverme, desanimado. Aunque, por fin, estoy volviendo a la normalidad, pese a la enfermedad.


Ya Ana y Miguel se casaron a principios de junio, pidiéndome que les oficiase la ceremonia privada, que salió muy bien y muy emotiva, con su preciosa niña acompañándonos en un lugar muy hermoso. Luciendo yo "tipito" (lo que pude), y olvidando por un momento mis problemas de salud. Problemas que, desde ahora, espero, no me impidan seguir atendiendo el blog.

martes, 6 de junio de 2023

Las discotecas, de las pioneras a hoy día

Salón del Club Juvenil, con los aparatos de efectos luminosos que instaló la OJE. Foto del Archivo municipal.

La feria es sinónimo de fiesta, de diversión. Cuando éramos jóvenes las ferias eran un momento especialmente esperado para una diversión diferente. Aunque también durante las ferias algunas maneras de divertirnos, de disfrutar de las fiestas, coincidían con las que conocíamos durante el resto del año. Era el caso de las discotecas, de los bailes, que algunos de ellos trasladaban su sede en el verano hasta el Paseo para seguir funcionado al aire libre.

El Candil o Munsters Club. Entre otros, Antonio Peréz Limones, Conchi Vargas, Paqui Ruiz. Y Julio Lopera. Principios de los setenta. Foto de Manolín Fernández, cedida por Paqui Ruiz.

En invierno existió durante unos años el Mesón El Candil, en la Calle Cuerpo Cristo, que en verano se trasladaba, como hemos dicho, al Paseo. Lo fundó el cura Don Tomás, Tomás Pérez, sacerdote que dejó una profunda huella en Palma y que murió en Villafranca hace años. El Mesón El Candil ocupaba una casa antigua con un bonito patio, donde edificaron la sala de baile y la barra de bar, al que se entraba por un largo pasillo. Tenía árboles y el sabor de una casa típica de la arquitectura popular palmeña. En la planta alta había una vivienda donde se alojó la familia Lopera,  cuyos hijos fundaron la Imprenta Lopera con empleados de la antigua Imprenta de Leonardo Fijo. La discoteca tuvo varias épocas de vida, siendo gestionada por varias personas, entre otras, Antonio Pérez Limones y Manolín Fernández, los dos del grupo local de "música ligera" (como se decía entonces) Los Munsters, y con el nombre de Munsters Club fue conocida, desde entonces. Ahora permanece cerrada. 


Otra discoteca o baile frecuentado era el de la Organización Juvenil Española, que compartía el edificio anejo al Ayuntamiento, entrando por al calle Ruiz Muñoz, con la Escuela Unitaria de Niños dependiente del Consejo de Protección Escolar del Frente de Juventudes que dirigía Antonio García Chaves. El salón del edificio disponía de salas de juegos, de lecturas, de televisión, etc, y era la sede de la OJE, que ofrecía sus actividades como los campamentos, excursiones, actividades deportivas o la famosa banda de cornetas y tambores, y era usado los fines de semana como discoteca, a la que asistíamos dando los primeros pasos como jóvenes "bailongos" los amigos del barrio y del instituto. En la Transición Democrática se abrió allí el Club Juvenil, gestionado por diversas asociaciones juveniles y culturales. Sus bailes se siguieron desarrollando en el salón principal, ocupando los disc-jockeys una parte que se había cerrado con una valla de ladrillo y reja en el zaguán de la entrada por Ruiz Muñoz. Djs fueron, por ejemplo, Francisco Gómez, "Quiquín", y mi hermano Roberto, amantes de la música y los aparatos eléctricos. 


Elección de la reina de las fiestas. Entre otros, Juan Liñán, Emilia Reyes, Rafael Ceballos, M. Carmen Peso, Brígida Trujillo, Miguel Delgado, M. Victoria Peso, Antonio Delgado y Belén Flores. Atrás varios componentes de Los Munsters. Foto de Paqui Ruiz.

Volviendo a las ferias y a los veranos en general, estos bailes, que hemos comentado, se desarrollaban al aire libre en las dos casetas que había en el Paseo Alfonso XIII. El Mesón El Candil, luego Munsters Club, se trasladaba al final del Paseo a la izquierda. Recordamos sus muros blancos y su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros de la fachada, mirando al exterior. Durante la época de Don Tomás se realizó allí un concurso, entre jóvenes palmeñas, de reina de las fiestas, con sus damas de honor, durante varias ediciones de Feria.


Caseta de verano de la OJE, luego del Club Juvenil. Foto del Facebook de Pepe Ortega.

Enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil  celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras del Paseo de los años 90.


Entrada del Munsters Club en la Feria. Foto de Francisco Gómez, "Quiquín".

Más "bailes" de feria se celebraban en las dos casetas de obra que había, y cuyos edificios perviven, ya adaptados a los nuevos tiempos, como eran la Caseta de la Amistad, propiedad del ayuntamiento, a la izquierda, y la del Casino, o Círculo de Recreo, a la derecha, que era privada. También, ya en los años ochenta, el ayuntamiento se hizo con el Cine Coliseo España para destinarlo a caseta de Feria, que estuvo funcionando antes de hacer las obras del Teatro, como establecimiento de hostelería durante el verano, celebrándose diversos eventos festivos como conciertos musicales, teatro, cine, etc.


Componentes del grupo Los Munsters. Foto del Facebook de Paqui Ruiz.

Después de tener el Munsters Club, Antonio Pérez Limones fundó la Discoteca Tato´s. La gran discoteca de Palma. Famosa por sus bailes de carnaval, o de nochevieja. Y por los desfiles de modelos, bodas, conciertos y otros actos. Tenía dos pistas, la de “rápido” con música propiamente discotequera, con muchos efectos luminosos, a la que se bajaba por unos escalones y la de “lento”, donde sonaban baladas, para el “baile agarrado”, sin iluminación estridente, a fin de no molestar a las parejas danzantes, en la que aprovechábamos su oscuridad para escarceos erótico-festivos, fuera de miradas indiscretas. Además de la barra y los asientos y mesas repartidos por ambas zonas.


Entrega de premios deportivos de Radio Palma en la terraza de Tato´s. Foto de M. Muñoz Rojo.

Disponía de una terraza al aire libre ajardinada, que diseñó Pepe Bejarano, el pintor, como también el logo, el de perrito. Sus mesas y sillones eran de forja (que todavía podemos ver en la terraza de Los Cabezos), con otra barra de bar, muy adecuada para el verano, y una parte que luego cerraron con cristaleras para el invierno. Cuando se cerró se instaló allí un centro de diálisis.

En la calle Coronada, encontrábamos la discoteca Géminis, otra veterana, fundada por Rafael García Belmonte, que también fue Mesón, más tarde trasladado a la calle José de Mora, junto a la piscina que abrió en el antiguo solar de la casa que le vendió mi padre al principio de los años ochenta. Tuvo varias épocas, con otros gerentes, y ambientes (por ejemplo, fue disco-joven, en horarios vespertinos, sin servir alcohol, e incluso en horario nocturno abría desde los jueves). Ya cerró hace varios años.


Interior de la discoteca Géminis. Foto del Facebook de Paqui Méndez.

Otra muy conocida era la Discoteca Marathón, en la calle Barbera, de Iván Gamero. También tuvo varias direcciones, y una de ellas la llamaron Omaira durante un tiempo. 

Funcionaron además disco-pubs, como el Disco-pub Lord Byron, junto a la Pizzería Michelangelo, de Jesús Morales, dueño del pub del mismo nombre, pionero de los pubs en Palma y de muy grata memoria. Y otro en la calle Ana de Santiago. Además en la calle Río Seco funcionaron el Cubo´s (más tarde Coco Bongo) y El Patio (luego La Barraca).


Entrada actual del inmueble donde se ubicó el Mesón El candil. Foto del autor.

No podemos olvidar que durante los años sesenta causó sensación el fenómeno del guateque. Las fiestas que se organizaban en las casas, locales, cocheras, etc. para bailar, beber y ligar. Quien tenía un pick up (el "picú", el tocadiscos portátil) se convertía en el dj del baile y casi seguro ligaba pinchando los éxitos de la temporada, como los de Nino Bravo, Karina, Los Brincos, Camilo Sesto.... Más tarde la música disco dio un salto con la banda sonora de la película "Fiebre del sábado noche", o la música negra de la Tamla-Motown, sones populares que recuerdan el programa Aplauso de RTVE, con el gran José Luis Fradejas. Eran los tiempos del pantalón de campana, las solapas anchas, la melena, los colores rabiosos, los lunares en las camisas, la psicodelia, los collares (recuerdos de la era hippie, pero menos ostentosos), el funk, el soul, la música disco, cuyo precursor fue el Sonido Philadelphia. 

El fenómeno de las discotecas fue menguando con el tiempo. Abrieron la Orange en las inmediaciones del Paseo, que creo que es la única que resiste. El botellón y el acceso a la música por internet y con baratos medios de reproducción han hecho que estos negocios dejasen de ser rentables en nuestro municipio (no en las zonas costeras y de gran afluencia turística, ni en las ferias, con las disco-casetas que sí proliferan). También los que frecuentábamos estos establecimientos nos hemos hecho mayores y hemos cambiado nuestras costumbres de ocio. Pero no está mal haber echado la vista atrás y haber recordado estos espacios que un tiempo fueron lugar de encuentro y diversión cada fin de semana de nuestras vidas.

(Artículo publicado en la revista de Feria de Mayo de 2023)

lunes, 26 de diciembre de 2022

Murió Francisco Santos, el de las tortillas


El domingo 25 murió, con 94 años, Francisco Santos, el regente de la taberna que hay junto a la Mezquita de Córdoba, la Taberna Santos, famosa por sus grandes tortillas de patata. Un local pequeñito al que muchísima gente acudía a degustar un pincho de su famosa tortilla de varios kilos, casi siempre fuera del local, haciendo largas colas, junto a los muros del también famoso antiguo templo musulmán cordobés de la época califal.


De joven, cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Córdoba, fui muchas veces a esa taberna. Uno años viví en el piso de mi amigo Leonardo, con el que estoy en la foto, y la teníamos cerca. Su dueño era un tipo magnífico, de buen trato y su exquisita tortilla nos sirvió más de una vez de cena. Hablamos de hace más de 35 años (¡como pasa el tiempo!), pero todavía sigue existiendo. De esta foto hace más de once años, cuando Ana y yo fuimos a Córdoba a pasar el día, y nos encontramos con Leo, y degustamos su tortilla, recordando vivencias de juventud, como comenté en una entrada del blog.

Espero que su recuerdo, encarnado en su taberna y en sus tortillas, siga presente entre nosotros.

martes, 14 de abril de 2020

40 aniversario del pub Lord Byron, El Pub


Estamos en 2020, y en 1980 surgió el primer pub en Palma del Río, el Pub Lord Byron. En este año se cumple, por tanto, el cuarenta aniversario de su fundación (que fue concretamente el 14 de febrero de 1980). Estaba situado en la calle Ancha, en el bajo comercial de los pisos de la familia Morales. Se anunció como "English pub", un bar estilo inglés, en cuya decoración se recreaba una taberna típica del Reino Unido. Lo abrieron la familia Morales (los hermanos Jesús, Manolo, Mariano, Óscar y Cesar) aunque Jesús era quien se hizo cargo del establecimiento. Luego abrirían la Pizzería Michelangelo (Mariano), el Disco-Pub Lord Byron y la taberna (o bodeguita) Lord Byron (ambos Jesús), en la planta baja del Edificio Santiago, el que se hicieron en el barrio de Goya. Era un lugar de encuentro, una especie de club de amigos, donde hallar, además de diversión, complicidad, confianza y afecto entre los clientes y respecto de los que allí trabajaban. Una especie de Cheer`s (el de la serie de televisión) de Palma.

La familia morales en la Bodeguita o taberna Lord Byron (foto del Facebook familiar)

Debido a su éxito, posteriormente en Palma se abrieron muchos pubs: el Gardiner, el Decuma (luego, el pub Chico), el TXSKO, el Alamillos Street, el Tiziano, el Blandi (primero Azahara, el del “porcelanosa”), el Waikiki, el Túnel (después +kná), Venus, el Pelotazo (antes Rusticana), el Zulú (luego el del Mochu, el 127), el Cubo´s (más como disco-pub, luego Coco-bongo), el Patio, el Saratoga, cada uno con su estilo y personalidad... pero el Lord Byron no era un pub más, era “el pub” por antonomasia. Dio la campanada, y mantuvo su afluencia hasta su cierre, pasando a manos de otros gerentes, con otros nombres, tras el retiro de Jesús.

Jesús, en carnaval, con dos clientes disfrazados

El Lord Byron lo dirigía Jesús Morales, con su oronda y feliz corpulencia de maestro cervecero. Una anatomía resaltada de mofletes colorados, y amplia sonrisa, no escondida en su perenne barba. Todo simpatía y ganas de hacer amigos. Era como un Papá Noel tabernero, a la vez bonachón y picaruelo, que se podría pasear por Munich sirviendo cerveza para la concurrencia. Un Baco de pintura barroca. O escanciador de la hidromiel a los dioses del Walhala, mientras walkirias danzan y ríen el son de sus contagiosas carcajadas. Un personaje, sin duda.

Cenicero del décimo aniversario

Abrió en 1980, cuando acabábamos en el instituto y estuvimos en la inauguración, ya que uno de la pandilla, Manolo Pérez, es familia, primo. Costaba un cerveza un pastón (para nosotros, claro), pero empezaron siendo de tercio, no quintos, ni cañas (más tarde pondrían el grifo y el barril). Pensamos la primera vez que no volveríamos, pues estábamos acostumbrados a los precios del bar el Gallo o el Guerra, por ejemplo, precios para obreros y estudiantes, sin lujos, ni música, ni ambientes foráneos. Te ponían al principio un cuenco con maíz tostado y otros frutos secos (el “pienso”), un atractivo más. Progresivamente fue ampliando el “menú de comidas”: sandwiches, hamburguesas, perritos calientes... en su última etapa pusieron de moda las tostas, cuando instalaron cocina en el rincón derecho de la barra (donde estuvo la diana de dardos).

Manolo Morales, el “Tomizo” y una clienta

Al local se entraba por una puerta de madera, que asemejaba a una inglesa, con un letrero con la silueta del escritor británico colgado sobre ella, al estilo de los bares de aquellas tierras. Una jardinera con una hiedra y un ventana completaban la fachada. Por esa puerta se accedía al local, en una zona amplia con la pared del hueco de la escalera del edificio al fondo. A la izquierda estaba la barra, sobre una zona más elevada, con unas barandas de madera para proteger a los clientes del escalón. La zona central de la barra estaba retranqueada, para dejar el mismo ancho de pasillo sorteando el hueco de la escalera. Al penetrar nos encontrábamos con otro espacio cuadrangular a la derecha para mesas y bancos, como en el de la entrada, además de los servicios. Al fondo una puerta de emergencia y una ventana, cerca de la barra, donde hubo un juego de dardos y la televisión, más tarde. La decoración se componía, al principio, de láminas, tipo cacería del zorro, caballos y otras estampas decimonónicas inglesas, para completarse, tiempo después, con otros objetos. Un zócalo de madera recorría el local, y la barra tuvo más tarde, además de los estantes para los productos en la pared de atrás, otro armazón encima de la barra.

Jesús con otro cliente, e ilustre “tabernero” ya fallecido, Manolo Blasco

Un atractivo que tenía y que nos encantaba, es que se podía escuchar la música del momento, por supuesto en Lps de vinilo: Miguel Ríos, Orquesta Mondragón, Radio Futura... Incluso grabamos más de un disco para poder reproducirlo en nuestros cassettes. Jesús siempre tenía actualizada su discoteca, y con nuestra edad, aquello nos hizo frecuentar sus instalaciones, con el éxito de la movida.

Jesús con Rafa Limones, y “Altomira” el de los azulejos

Nos acostumbramos a ir todos los días y pasábamos muchas horas allí, aunque consumiésemos menos de lo que quisiese el dueño. Los sábados empezábamos la “jornada de fin de semana” allí y luego nos íbamos de discoteca (Tato´s, Omaira-Marathón, El candil...), para volver al pub a “echar la penúltima” antes de irnos para casa. Los fines de semana también nos citábamos al medio día, a echar la cervecita con los amigos. Durante los años que estuvo abierto, muchas amistades se fraguaron allí, también numerosas parejas se formaron (o rompieron) en el pub. En la barra se podía charlar, pues la música no era estridente y de alto volumen. Hasta los camareros se convirtieron en nuestros amigos. Varios pasaron a prestar sus servicios: Flores, Carmelo (tristemente ya fallecido), Antonio, un pariente de los Morales, el Viri (Rafael Cumplido), Tomizo ... y otros cuyos nombres ya no recuerdo.

Uno de los camareros, Flores

Otro atractivo que tenía eran los juegos, con los que amenizar las estancias: la máquinas recreativas, el billar americano, la diana de dardos, los juegos de mesa (dados, tres en raya...). Una excusa más para pasar largos ratos en compañía de amigas y amigos.

Otro de los camareros, Rafa Cumplido, el “Viri” (foto de su Facebook)

En los años que frecuenté ocurrieron muchas anécdotas, como no podía ser menos. Los primeros cubalibres, las primeras borracheras, los ligoteos. En las tardes de domingo Jesús bajaba el proyector de Super 8 y nos ponía películas. Por las noches cambiaba la temática hacia el cine de adultos (“aquí hay tema” decía Jesús riendo mientras hacía con su brazo un gesto que indicaba el tamaño del miembro del protagonista). Más tarde, con la adquisición de nuevas tecnologías, llegó el vídeo, continuando con las proyecciones, y además las grabaciones, como aquella, que repetimos una y otra vez, del concierto que dio Miguel Ríos en las Ramblas de Barcelona, cuando el campeonato mundial de fútbol de España de 1982, con el disco Rock & Ríos.

Jesús asomado a la ventana de la C/ Ancha, con unos clientes

A Jesús le gustaba sorprendernos. De vez en cuando aparecía con alguna botella singular, como las que contenían bebidas exóticas (con lagartos y cosas así). También recuerdo el ron de Rute, Virtuoso, que se podía beber sin mezclar con nada. Muchos recuerdos, seguro, que asomarán a las mentes de quienes pasaron por allí y lean estas humildes palabras, con motivo de las cuatro décadas transcurridas desde que apareció el Lord Byron en nuestras vidas.

Jesús en la fachada original

Como dije al principio, en Palma hubo una época donde se prodigaron muchos pubs, pero el Lord Byron fue, sigue siendo y será siempre (con artículo determinado y mayúsculas)... El Pub. Algo que, sin duda, merece la pena recordar.

lunes, 3 de febrero de 2020

Vuelta a La Puebla para la Candelaria


La fiesta de la Candelaria sigue viva, aunque en algunos lugares haya desaparecido o esté presente con menos vigor que en otros tiempos.  El aumento del nivel de vida, con la lógica mejora en nuestras poblaciones, en lo que a equipamiento urbano se refiere, ha hecho que cada vez haya menos candelas en nuestros pueblos, por los daños que el fuego provoca. Aun así, en algunos puntos de nuestro entorno, cada vez tiene más pujanza. Es el caso de La Puebla de los Infantes, población cercana a Palma del Río, en la Sierra Norte de Sevilla, a la que vamos casi todos los años desde hace una buena temporada, por motivos familiares. La celebración del Encuentro de Paramotores (este año en su 24 edición), además del empuje de los vecinos, potencia, sin duda, esta fiesta popular. El año pasado dediqué una entrada a la visita que realizamos para la Candelaria, y terminé con “El año que viene volveremos.” Así ha ocurrido.
Las candelas que hemos visto, mejor dicho los boliches (el montón de leña) y los muñecos que hemos visto para ser quemados en el fuego ritual, pues nos hemos desplazado por la tarde antes de que prendieran el fuego en cada barrio, han vuelto a tocar temas de actualidad. Muestro algunas fotografías de diferentes zonas.

La ecología y el futuro de nuestro planeta ha estado presente en buena parte de las candelas. Como esa donde hablaban irónicamente de lo limpias que están las aguas del pantano de José Torán (el embalse que está cerca, y donde se celebra la concentración de paramotores), en el que van a refugiarse animales marinos envenenados y atacados por los dichosos plásticos que contaminan las aguas de nuestro planeta.


También el calentamiento global tuvo su presencia en otra candela, incluso con la emisión de un vídeo en una pantalla, sobre este tema, que sirvió incluso para que los niños se concienciasen de este enorme problema a escala mundial.



Hubo recuerdos entrañables para profesiones antiguas, como la de las telefonistas que nos comunicaban antes de que la marcación automática se extendiera y generalizara. El letrero seguro que traerá muchos recuerdos a  los más mayores.



La exhumación de los restos del general Franco del Valle de los Caídos también tuvo su recuerdo en esta otra candela, comentada con el gracejo popular que caracteriza este tipo de fiestas.



Como popular es esta otra muestra de “mobiliario urbano”, que vimos de paso, entre candela y candela: una fuente callejera, que servía tanto para surtir de agua a la población como para que calmasen su sed los animales de transporte y carga que antaño eran útiles imprescindibles en poblaciones rurales como esta.




Las fogatas fueron prendidas, tras el paso del  jurado que valora y puntúa a las que entran en concurso (por cierto, este año, uno de ellos familiar de mi mujer), como muestra este vídeo, donde encienden el boliche por diversos puntos ayudados de un combustible guardado en una botella de plástico.



Como siempre, terminamos en la Candela de la Cruz, degustando (como en ocasiones anteriores) las exquisitas sopaipas con las que el vecindario de La Puebla repone fuerzas tras montar las candelas y con las que obsequian con generosa hospitalidad a todo el que se acerca para visitarles.

martes, 5 de noviembre de 2019

Se nos fue Pepe, el doctor, el último de los Domínguez López



El miércoles 30 de octubre pasado, sobre las diez de la mañana, en Almuñécar (Granada), falleció mi hermano Pepe, José Domínguez López, el mayor de los varones. Había nacido el 8 de septiembre de 1935 en Palma del Río (Córdoba), con lo que, recientemente, había cumplido 84 años. El 20 de octubre publiqué la última entrada en el blog, sobre Rafael Nieto y sus bares. En ella incluí dos fotografías de la boda de Pepe con Elena, pues se celebró el banquete en el Cine San Miguel, cuyo ambigú regentaba Nieto. Me extrañó que mi cuñada no comentase nada. Algo raro debía pasar. Y, así, el sábado 26 me llamó Elena comunicándome el estado de Pepe y sus esfuerzos por asistirle en los que esperaban que iban a ser sus últimos días de vida.

José Domínguez Godoy y Soledad López Cabrera
Los padres de Pepe eran el practicante José Domínguez Godoy y Soledad López Cabrera, su primera esposa. Sus hermanos, Soledad Domínguez López, nacida el 22 de diciembre de 1933 en Palma del Río y fallecida el 7 de octubre de 1992 en Reconquista (Santa Fe), República Argentina; y Mari Carmen Domínguez López, nacida en Palma del Río el 1 de septiembre de 1945 y fallecida en Málaga el 18 de enero de 2013. Era, por tanto, el último de los Domínguez López que quedaba vivo hasta ahora. Tras el segundo matrimonio de mi padre, con Carmen Peso Nieto, tuvo dos hermanos más: Roberto Domínguez Peso (11 de enero de 1963) y un servidor, Francisco Javier Domínguez Peso (8 de noviembre de 1961).

Sole, Mari y Pepe
De muy niño, como párvulo, estuvo en el Colegio de la Inmaculada, el colegio de las monjas, donde coincidió con el canónigo archivero emérito de la Catedral de Córdoba, Manuel Nieto Cumplido, y tuvo como maestra a sor María Gracia, con la que también estuvimos en ese centro los menores. Después estudió en la escuela de Doña Julia, la teresiana que influyó en Sole para que entrara en su orden, a la que ayudaba la tía de mi mujer, Anita Santos. Posteriormente estuvo interno en un centro de los Salesianos, donde tuvo que repetir un curso, posiblemente debido a su afición y buen hacer en el fútbol, lo que provocó que mi padre no quisiese saber nada de estos docentes, y que los menores estudiásemos en el Colegio San Sebastián, tras cerrar el suyo Antonio G. Chaves. Más de una vez me contó la anécdota que le ocurrió cuando un amigo de nuestro padre le dijo que “hay que ver lo bien que juega al fútbol Pepito”. Papá le respondió seriamente que se equivocaba, que su hijo no jugaba al fútbol. Más tarde le llamó y le cayó una buena reprimenda. Su madre, mientras le consolaba, le dijo con gracia: “te han querido poner una corona, y ha terminado siendo una corona de espinas, como la de nuestro Señor”

Revista Guadalgenil de 17 de junio de 1961: Reseña con la vuelta de Sevilla a Palma de Pepe en las vacaciones de sus estudios de Medicina
Estudió Medicina en la Universidad de Sevilla, especializándose en Cardiología, profesión que le otorgó cierta fama de buen médico entre los paisanos, primero, que muchos lo conocían como “el médico el lechugo” (apodo familiar de los hermanos de mi padre, que tan poca gracia le hacía a este, pero que Pepe no despreció aparentemente por la publicidad que le daría entre los conocidos), y en general, también, siendo uno de los referentes de esta rama de la medicina en Córdoba y fuera de esta provincia. 

Visita a Santander, donde estaba Sole con las teresianas
Vivió de estudiante en Sevilla en un piso alquilado a un pariente de mi padre, al que llamábamos el tío Aurelio, con Mari, cuando ella se fue a estudiar en la primera promoción de Ayudantes Técnicos Sanitarios, continuando allí al terminar la carrera ya en sus primeros trabajos como doctor. En la capital hispalense coincidió con otros estudiantes palmeños, como Rafael Carrasco o Manolo Carmona.

Boda con Elena, en la ermita de Belén
Se casó con Elena Alconchel Cabezas, nacida en Santa Fe (Granada) pero criada en Palma del Río donde los padres se vinieron, con otros familiares, y pusieron una tienda en la antigua carretera de la Campana, hoy Avenida de Andalucía. Tuvieron dos hijos, Pepe, que, a su vez, tiene otros dos hijos, Pepe (con Margarita, su anterior pareja) y Álvaro (con la actual, María), y David, casado con Inmaculada, con dos hijas: Reyes y Fabiola.

Pepe y Sole de niños
Cuando nací yo en 1961, Pepe ya no vivía en Palma, sino en Sevilla, donde estudiaba, como tampoco vivía Sole, la mayor, que, como teresiana, se dedicaba a la enseñanza y recorrió varios destinos, hasta que, desde Málaga, se marchó a Argentina a principios de los años setenta. Mari, al casarse mi hermano, se trasladó a Málaga, donde todavía permanecía Sole, y allí haría toda su vida, trabajando en el Hospital Carlos Haya, casándose con Antonio Miguel Olmedo y teniendo una hija, Macarena.

El abuelo Pepe con sus nietos y otros familiares
Sin embargo Pepe no dejó de venir a la casa paterna, en la calle José de Mora, número 3, ya que durante unos años pasó consulta, primero los lunes y martes de cada semana, más tarde solo los lunes, para dejar solo la consulta de Córdoba un tiempo después, cuando ya residía allí tras su matrimonio. No faltaba casi ningún domingo a la cita en la vieja casa del “abuelo Pepe”, para traer a la familia y que nuestro padre disfrutara de sus nietos. Además, nos juntábamos, cuando era posible, en las vacaciones y coincidíamos todos los hermanos y hermanas en la casa paterna, y muchas veces también después, cuando mi padre vendió aquella casa y nos fuimos a vivir a un piso cerca del Ayuntamiento. Como anécdota, en una de esas visitas, Elena nos trajo unos tebeos y los acogimos con tanto entusiasmo, que, cuando oí reír a Roberto, al leer uno, salí corriendo de la cocina donde estaba preparando la merienda, y tropecé con el andador de mi sobrino Pepito, que estaba tras una cortina, y caí con tan mala suerte que me partí el brazo izquierdo. Mi padre y Pepe me socorrieron, entablillando el brazo y algún día más tarde él me llevó al hospital, entonces Princesa Sofía, para que lo escayolaran.

Pepe, con la bata de médico, nuestro padre, mi madre, Roberto y yo, en la antigua casa
Como siempre se dedicó a la medicina privada, pasaba consulta en Córdoba en su propia vivienda, un piso alquilado a un banco en la Avenida del Gran Capitán número 25, luego número 23, tras una renumeración de la calle. Intentó entrar en la sanidad pública, y me consultó sobre la posibilidad de acceder a un puesto vacante en el Servicio de Cardiología del Hospital Reina Sofía, pues alguien le había informado que, por sus méritos y curriculum, él podía hacerse con el puesto, cosa que no fue posible ya que estaba reservado a personal estatutario del Servicio Andaluz de Salud, y él no lo era. La última vez que precisó de sus servicios mi madre, que también fue su paciente, por sus problemas de corazón, fue en septiembre de 2000, desplazándome a su casa a por recetas, ya que estábamos de visita en casa de mi tía Ascensión, en Córdoba, durante las fiestas de la Fuensanta, y un mes después falleció de cáncer. Incluso yo también fui “paciente” suyo a temprana edad, pues ya sentía esos extrasístoles tan molestos, que hace algo más de dos años me diagnosticaron, tras mucho tiempo sin sentirlos. Recuerdo que dijo que no tenía nada grave, algo muy frecuente, como han confirmado luego los especialistas de la sanidad pública. 

Comida de Navidad, con todos los hermanos, y mis padres aún vivos
Se jubiló a los 70 años, cerrando su consulta en Córdoba y trasladándose a Almuñécar a vivir en la casa que años antes se habían comprado allí cuando, en compañía de otros médicos, adquirieron una finca y fundaron una empresa para producir y comercializar frutas subtropicales, típicas de la zona, empresa que no prosperó por la falta de agua. Estaba todavía en plenas condiciones físicas y mentales, a pesar de la edad, conservando su figura espigada y elegante de galán, como me demostró un día de 2007, en que se vino a Palma a la presentación de un libro, a la que asistió su amigo de la infancia, el canónigo Manolo Nieto, y se volvió para Almuñécar de madrugada, él solo en el coche, a pesar de haberle ofrecido yo que se quedase en el piso.

De paseo con su familia, Mari y Antonio, mis padres y los hermanos menores
Durante nuestra niñez le gustaba llevarnos en su coche de paseos por el campo o la sierra. También hizo muchas de las fotografías que forman parte del álbum familiar. Una vez que Roberto y yo fuimos con él a la sierra nos paramos de vuelta en la Venta de El gallo, a tomar un refresco. Hacía tanto calor que Roberto se bebió una coca cola de un solo trago... y luego eructó tan estruendosamente que casi se cae de espaldas. El camarero le amonestó con un prolongado “¡niñooooo!” y todos reímos un buen rato. Le recuerdo con varios coches, varios Renault (un Gordini, un R8, R12...), y tuvo también una moto Sanglas, como las de la Guardia Civil de tráfico. Con uno de los coches, volviendo una vez de noche a Palma, chocó con un campesino que iba con su burro en la carretera a oscuras. Afortunadamente no hubo consecuencias graves, pero aún conservo en la memoria el agujero en el capó blanco, donde se estrelló el burro atropellado, con un tornillo sobresaliendo.

En la antigua casa, con la tía Adelina y Carmeli, su familia, Mari y Antonio y nosotros “los niños”
Cuando pasaba consulta en casa, mis primos Juan y Sebastián (“Chanín”), hijos de mi tía Belén (que, por cierto, era la última hermana viva de mi madre y falleció en febrero pasado en Fuenlabrada) que venían mucho a casa a jugar con nosotros, tenían vedada la entrada, del ruido que montábamos y que molestaba en las dependencias de la consulta. Una vez, cuando se despedían, mi primo Juan dijo “hasta mañana” y mi madre le advirtió que tocaban visitas médicas, a lo que él respondió: “¡Ah, claro! Que no podemos venir, que viene tu tío, o tu hermano, o... (hecho un lío ya por los apellidos y las edades diferentes) ¡el tío que venga!”. Nos reímos también un buen rato. Más tarde, cuando éramos Roberto y yo algo más mayores, aprendimos a “dar los números”, o sea, las citas para los pacientes de Pepe, tanto a los que venían a casa a pedirla y se las dábamos en un papel que imprimíamos nosotros con un tampón y un sello, como a los que lo hacían por teléfono y apuntábamos todos en una agenda.

Elena, Matilde (su madre), Pepe, nuestro padre, y yo colándome en la foto
Pepe me acompañó cuando me saqué el DNI por primera vez. Como había trabajado de inspector médico de la Policía conocía al comisario de Córdoba de entonces y concertó la cita para que fuese el mismo comisario el que hiciese el trámite en su propio despacho, en una planta alta del edificio que hay frente a la Cruz Roja. Recuerdo que, esperando a que le trajesen los útiles para tomar las huellas y otras cosas, mi hermano se dio cuenta de que se había dejado los faros del coche encendidos. Entonces me dio las llaves para que bajara y los apagase. Eso hice, y al volver a entrar, el policía que estaba de guardia en la puerta me indicó que entrase por otra que había en el lateral. Al hacerlo me interceptaron dos agentes uniformados con un “¿dónde vas?”. Me asusté, les quise contar que venía con mi hermano, que era inspector, pero no me salía la palabra, de los nervios, y les dije algo así como “teniente” o “general médico”, con lo que se quedaron mirándome con cara muy seria. Pensé que iba a ser  detenido en ese momento, y, entonces, les dije que había venido “a hacerme el carnet de identidad” (con voz temblorosa). Se rieron y me dejaron pasar. Seguro que se habían compinchado todos para gastarme una broma. Como yo ya andaba en contactos con la izquierda clandestina de Palma por entonces, mi temor fue más que justificado, aunque todavía no me había dado a conocer como activista político. Afortunadamente.

En casa de Roberto, en Extremadura, en julio de 2010, reunión familiar
Pepe fue un gran aficionado a la Historia, coleccionista de antigüedades y apasionado de la numismática. Tenía predilección por el mundo romano antiguo y una colección de la que se deshizo hace años. Al conservar amistades en Palma, también compartía con ellos dichas aficiones, como  pasaba con Pepe Cuevas, al que conocía de los juegos de la niñez, y con Antonio Pérez, “Chanca”, cuyos familiares también fueron clientes de la consulta, entre los que se encontraban muchas personas humildes, a las que ayudó, desde los primeros tiempos de sanitario, como aquellos que vivían en los chozos de la Mesa de San Pedro, o los que buscaban remedio a sus males de corazón procedentes de otras zonas rurales y casi aisladas de la provincia. Una vez vino a Palma, ya jubilado, para proponer al Alcalde, Salvador Blanco, la edición de un libro que estaba preparando sobre la biografía del obispo de Cartagena de Indias, Dionisio de Santos, nacido en Palma del Río en el siglo XVI y que era poco conocido por sus paisanos (no sé si terminaría con aquel proyecto, pues no lo presentó). Ya en Almuñécar mantuvo frecuente contacto con el Club de Patrimonio de Motril. Con él yo sí podía hablar de política (algo vetado en el hogar familiar), aunque, más bien, era él el que lo hablaba casi todo, pues su locuacidad era prolija y famosa, y me influyó, tras algunas conversaciones, para derivar hacia la socialdemocracia. También me sirvió para informarme sobre nuestra extensa familia (nuestros abuelos paternos se casaron varias veces, procreando holgadamente además), aunque hayan quedado pendientes aspectos que hubiera querido que me clarificara y me informase más. 

Con Pepito en brazos, todo un padrazo
Como buen profesional era serio y severo en su trabajo, como su padre, pero al mismo tiempo, se distinguía por el gracejo heredado de su madre, su simpatía. Era chistoso, y parlanchín, y afectuoso con la clientela (pacientes y familia), familiares y amistades, ganándose la fama de persona cercana y excelente profesional de la medicina. Marcelino Canovaca me decía que tenían un pacto para cuando coincidían en las bodas: en cada celebración le tocaba charlar a uno de los dos, alternándose, de tan dicharacheros que eran. 

Fiesta del 84 cumpleaños, en Almuñécar. Foto de su hijo Pepe
Últimamente se comunicaba conmigo por correo electrónico, haciendo muchos comentarios a lo que publicaba yo en el blog en este formato porque no se encontraba cómodo publicando  directamente en el blog. Me ha ayudado mucho en la redacción de muchas entradas sobre Palma del Río y sus gentes, recordando cosas de su niñez y juventud, y aportando datos valiosos para completar mis escritos. Tras sus achaques, que comprobamos en el funeral de Mari, en Málaga, y el ictus que le impedía orientarse y posteriormente moverse, la comunicación se hizo menos frecuente. Sus padecimientos fueron similares a los que se llevaron a Mari hace seis años. Y la última vez que hablé con él fue el día de su onomástica. Ya le noté en varios momentos “como despistado”, pues me habló de cosas que, más bien, podrían haber formado parte de la conversación con otras personas. 

En mi boda, los tres hermanos varones. 2008
Mucha gente me preguntaba, al verme, por “el doctor”, familiares, amigos, antiguos pacientes, lo que era síntoma del cariño que le profesaban en Palma. Ya solo puedo contar algunos de los muchos recuerdos que tengo de él, como lo he hecho de las demás hermanas que ya no están. El último de los Domínguez López nos dejó, y siento tener que comunicarlo a quienes se interesaban por él. Se ha ido quedándose con las ganas de que el Ayuntamiento hubiese puesto el nombre de nuestro padre a una de las calles de Palma, a pesar de la petición de algunos vecinos. Un deseo que me expresó varias veces, como reconocimiento a la gran labor social que hizo, e hicieron los sanitarios que, como él, trabajaron por la salud de los palmeños en precarias condiciones tras la contienda civil. Sirvan, en este caso, estas breves líneas para que su recuerdo no se pierda en la memoria de los palmeños y de los que le conocieron en vida, y que esta forme parte del listado de personas señeras que esta hermosa tierra ha visto nacer.